viernes, agosto 04, 2017

'Transformers. El último caballero', rizando el rizo de lo absurdo

Película tras película, Michael Bay ha ido consiguiendo que la serie de Transformers se fuera enterrando cada vez más en un pozo de absurdos, incoherencias y flagrantes fallos cinematográficos. Pero el director, aclamado por el público y habitualmente despedazado por la crítica, ha vuelto a rizar el rizo en esta espiral de cine palomitero lamentable, estúpido y desprovisto de toda inteligencia. Se podrá argumentar que no todas las películas tienen que hacernos pensar, que tiene que haber un hueco para el cine de escapismo y efectos especiales sin pretensiones. Desde luego que sí. Pero ese se puede hacer bien o mal. El que hace Bay es del malo. Y además lo hace conscientemente. El último caballero es, visto desde una esfera irónica, una burla del director hacia sus críticos, cargada de dobles intenciones en sus diálogos, que no ayudan a la película pero sí al debate sobre la supuesta genialidad de Bay.

Su cine no la demuestra. No lo hace desde hace muchos años, desde los 90, en los que sí se presentó como un prometedor director de acción. Transformers, curiosamente la serie que más dinero le ha dado, es una colección de todos sus defectos. Y El último caballero es, así, la quintaesencia. Es un galimatías que no hay por donde coger, una historia que roza la estupidez tanto en su rocambolesco argumento como en la ejecución final que vemos en la pantalla, es la enésima demostración de que no hay un solo personaje interesante, bien escrito o bien desarrollado en Transformers, y que a Bay le importa muy poco ser un director coherente, porque las fronteras del espacio y del tiempo no le afectan a la hora de meter y sacar personajes de las escenas. Todo le da igual a Bay si puede hacer su mix de estrenos veraniegos para mostrarnos un campo de batalla medieval, un escenario nazi de la Segunda Guerra Mundial, muchos robots haciendo chistes, presentaciones a lo Escuadrón Suicida y explosiones desde el mismo logo de Paramount que abre la película.

En una historia con diálogos que parecen escritos por adolescentes, en la que desfilan actores que valoran más el cheque que sus reputaciones y en la que hay constantes traiciones a la misma franquicia de la que forma parte (a lo que el propio Bay ha contado en sus películas y, sobre todo, al material de referencia), es difícil encontrar algo rescatable. Si acaso, que los actores hacen un esfuerzo ímprobo por creerse sus difíciles papeles, más sencillo en el caso de los héroes de acción, Mark Wahlberg y Josh Duhamel, y mucho más complicado en la cuota femenina, la que firman Laura Haddock o Isabela Moner, o en el caso de los actores consagrados, reducidos a meras comparsas cómicas como Anthony Hopkins, John Turturro (¿para qué sale realmente en la película?) o Stanley Tucci. Ni siquiera los Autobots o los Decepticons importan. Optimus Prime y Megatron son reducidos a secundarios, Bumblebee a acróbata desmontable y los Dinobots a la nada más absoluta.

¿Qué hay entonces en El último caballero que pueda convencer? Prácticamente nada. Si acaso, el hecho de que forma parte de una franquicia que, sin contar prácticamente nada, repitiendo esquemas, y con tono autoparódico en la filmografía de Bay cada vez más acusado, sigue cosechando un éxito increíble. Los muchachos de efectos digitales se lo habrán pasado en grande con los inexplicados y cada vez más numerosos poderes de los robots, pero más allá de eso es difícil encontrar nada positivo en una película larga, por momentos bastante aburrida, con un humor de dudoso acierto ("te has cargado el momento", le dice Anthony Hopkins a un robot en cierta ocasión, analizando a la perfección la forma en la que Bay usa el humor) y que ojalá, como ha dicho su propio director, sea su última incursión en la serie. A saber si alguien puede reflotar esto, cinematográficamente hablando porque en taquilla va de fábula, pero que le dejen intentarlo lejos de las garras de Bay.

viernes, julio 28, 2017

'Spider-Man. Homecoming'. el toque Marvel sienta bien una vez más

Se tiende a pensar que Marvel ha encontrado una fórmula y no hace más que repetirla. Pero es una sensación falsa, que cada estreno viene a desmentir. Cierto que en Doctor Strange sí estaba la fórmula Iron Man, pero en realidad el resto de películas no son tan parecidas entre sí. Spider-Man. Homecoming viene a ser no solo una demostración más, sino probablemente el título llamada a romper esa ilusión reiterativa para quienes aún la tengan. Y esta vez el mérito es doble, porque el toque Marvel le ha sentado de maravilla a un personaje que ve su segundo reboot en apenas cinco años. No se trata de comparar los méritos de Homecoming con los de las tres películas de Sam Raimi o las dos de Marc Webb, a estas alturas ya resulta algo innecesario, pero sí es que es evidente que Marvel Studios sabe lo que hace con sus personajes. Los usa, los glorifica y los actualiza de una manera sencillamente espectacular.

Así, John Watts, sorprendente nombre el que Marvel escogió para esta película, cuenta una primera historia con el personaje como protagonista pero entendiendo dos cosas. Por un lado, que forma parte de Marvel, que tiene que encajar con los Vengadores (y ojo a las sorpresas, que hay muchas, sobre todo para quienes pensaran, equivocadamente aleccionados por los trailers, que el Tony Stark de Robert Downey Jr. iba a ser el único enlace) pero que al mismo tiempo desarrolla un universo propio. Y ese universo, por fin, nos muestra el Peter Parker adolescente, el del instituto, el de una edad que todavía no le coloca cerca de ser un adulto responsable. Eso es lo que vemos aquí, por primera vez en una película de Spiderman. Es verdad que es entorno será un shock para el aficionado clásico, porque es una actualización en toda regla que se acerca más a los cómics del universo Ultimate que a los primeros tebeos de Stan Lee, cameo obligado por supuesto, y Steve Ditko.

Todas estas buenísimas sensaciones no se podrían conseguir de haber errado con el protagonista. No es mérito de Homecoming, puesto que Tom Holland ya debutó como Spiderman en Capitán América. Civil War, pero Watts le lleva francamente bien. El chico tiene un talento natural para hacer de superhéroe, y eso no solo se nota cuando la película deriva hacia un drama bastante adecuado, sino incluso con el lenguaje corporal que aporta a Spiderman, siguiendo la estela de algo que Andrew Garfield ya había tratado de incorporar. Y es que el Trepamuros es mucho más que piruetas y efectos visuales, que los hay y de un nivel espléndido, pero es también un personaje muy bien construido, que lucha por convertirse en un héroe, por estar a la altura de la figura paterna en la que se convierte Tony Stark y para tener la oportunidad de convertirse en un Vengador y participar en grandes misiones. 

Pero, como se ha dicho más arriba, la película rinde homenaje, casi pleitesía, al universo personal de Spiderman. Su final es todo un canto de amor a lo que es el personaje, pero por el camino tenemos la oportunidad de ver homenajes a cómics clásicos y no tan clásicos, para aderezar el enfrentamiento con un villano clásico hasta ahora nunca visto, el Buitre, y aquí remasterizado con brillantez para la ocasión con un Michael Keaton brillante dándole vida. Spider-Man. Homecoming acaba siendo así una película que juega muy bien con la acción, con la comedia y con el drama, que sabe ser clásica y moderna, que genera una sensación de diversión desenfadada durante toda la película (incluyendo, por supuesto, la segunda de las dos escenas postcréditos) y que. una vez más, demuestra que el superhéroe en el cine sigue teniendo todavía mucho que decir, por eficacia, por brillantez y por originalidad. Había perspectivas regulares y lo han bordado.

viernes, julio 21, 2017

'Dunkerque', cine bélico antológico

Hace ya casi veinte años, Steve Spielberg nos puso el pelo de punta, la piel de gallina y el corazón en la mano mostrándonos cómo era realmente la guerra. La escena inicial de Salvar al soldado Ryan, el desembarco de Normandia, cerró para siempre la imagen idealizada de la guerra de la que solo el disidente Oliver Stone se había apartado hasta entonces. La guerra producía héroes. Pero desde Ryan, hablamos de supervivientes. Y en muchos casos con unos traumas reales y realistas que hacen que este tipo de historias puedan alcanzar un impacto emocional salvaje. Pero cuesta hacerlo. Hay que tener un dominio de cine inmenso para que la guerra, algo tan desconocido para el espectador medio, nos inunde de una manera absoluta. Y Dunkerque lo hace. Mejor de lo que se podría haber soñado, siendo un ejercicio de estilo deslumbrante, que coloca a Christopher Nolan entre los más grandes, pero sin olvidar que hay mucho más detrás de los fuegos artificiales.

Sin ánimo de contar nada más, porque, como siempre, merece la pena descubrirlo todo en la pantalla (y mejor, sin duda, en la gran pantalla), Dunkerque es la historia de la evacuación de las tropas británicas desde esa localidad francesa durante la Segunda Guerra Mundial. Nolan nos cuenta ese drama desde tres puntos de vista: desde la tierra, con un soldado que busca la manera de abandonar la playa; desde el mar, con los ojos de un hombre que lleva su pequeña embarcación movilizada para a los soldados de allí; y desde el aire, con un pequeño escuadrón que tiene que impedir que los cazas alemanes bombardeen a los barcos de rescate. Tres partes de un mismo relato que Nolan conjunta de una manera más emocional que temporal, modifica el encaje de los eventos para que le sirvan a los propósitos más dramáticos de una manera que encumbra el arte del montaje.

Antes ya ha encumbrado la de la dirección. Nolan es un innovador en el terreno visual, pero nunca lo había hecho como aquí desde una perspectiva tan clásica. La épica bélica que nos muestra es realista, está basada en escenarios, extras y movimientos de cámara naturales, no en efectos especiales y piruetas imposibles. No es esa la guerra que Nolan nos quiere enseñar. La suya es la de verdad, aquella en la que las balas silban sobre nuestras cabezas y provocan un ruido ensordecedor cuando se topan con un objetivo, en la que el ruido de los aviones genera pánico entre quienes no tienen dónde protegerse, en el que el agua no es más que un entorno en el que se puede morir a cada momento. Guerra, como la vivimos en Normandia de la mano de Spielberg, pero esta vez ampliada a los 106 minutos que dura Dunkerque, una duración mucho más ajustada de lo que es habitual, también para Nolan, pero que equivale a una experiencia vital antológica.

Nolan es un maestro, y merece que se le reconozca por ello. Es hábil, es eficaz, es atrevido. Pero ya, sobre todo eso, es un maestro. Cómo rueda, cómo monta, cómo dirige a un puñado de actores tan variopintos, que van desde la juventud de Fionn Whitehead a la veteranía de Kenneth Branagh o Mark Rylance, pasando por sus actores fetiche habituales como Cillian Murphy o Tom Hardy (¿cómo es humanamente posible crear un personaje tan espléndido si solo le vemos los ojos en el 90 por ciento de sus planos?). Cómo hace cine. Nolan es puro cine, y no es de extrañar que sus referentes partan del cine mudo más épico. Su cine es atemporal pero sabe aprovechar la tecnología de su tiempo para crear un espectáculo emotivo que nos enseña que el cine es mucho más que el avance técnico de turno. El cine es emoción, es inmersión, es empatía. Y eso, en Dunkerque es bestial, es una película que atrapa y no suelta hasta el final. Clásico instantáneo.

miércoles, julio 12, 2017

'La guerra del planeta de los simios', otra portentosa lección de cómo hacer blockbusters

Incluso asumiendo que El origen del planeta de los simios es una película ligeramente sobrevalorada, es evidente que ya podemos decir que este serie es, con diferencia, uno de los mejores reboots que se ha realizado nunca. Quizá debiéramos decir que el mejor, así, sin tapujos. La guerra del planeta de los simios, tercera entrega de la serie moderna, confirma las magníficas sensaciones que dejó la anterior entrega, El amanecer del planeta de los simios. Y lo hace además, saliéndose del camino más sencillo, el que en realidad marca su propio título. Estamos en guerra, sí, pero no es exactamente la guerra lo que vemos. No a una escala gigantesca, como podríamos haber pensado. Y sin embargo, funciona. Como guerra, como planeta de los simios y, sencillamente, como película. La forma en la que Matt Reeves está dignificando el blockbuster hollywoodiense con las dos últimas entregas de esta serie no tiene parangón.

Reeves supo aprovechar un personaje magistralmente detallado en la primera película, de Rupert Wyatt, y lo ha convertido en leyenda. En La guerra consigue servirnos una película que mezcla géneros a conveniencia, por momentos parece un western, pasa a ser un drama carcelario con su correspondiente huido, no deja de ser una película bélico y, por supuesto, es una sensacional muestra de ciencia ficción. El director maneja con tiento cada fase de la película, mima cada personaje que aparece en pantalla y ofrece un relato que alcanza un nivel de intimismo que no suele verse en las superproducciones norteamericanas. Hay mucho diálogo y mucha expresión que comunica. Hay planos mudos, que sirve a la historia con una sencillez descomunal, que transmiten más que películas enteras, y que demuestran que, por encima de todo, estamos ante una magnífica historia. No es una secuela forzada. No es solo cine para recaudar. Es cine. Y punto.

¿Por qué este entusiasmo? Porque estamos ante una película de imponentes efectos visuales, protagonizada de una manera muy acusada por un grupo de simios creados digitalmente a partir de actuaciones tan soberbias como la de Andy Serkis (¿cuánto tiempo se va a resistir Hollywood a que trabajos como este puedan ser nominados a un Oscar de interpretación?), que desemboca en un clímax épico y espectacular, pero que tiene su base en la historia, en los personajes, en la metáfora, en el homenaje a grandes títulos de la historia del cine y, por qué no decirlo, a nuestro presente oscuro, al miedo a lo diferente. Hay tantas capas en La guerra del planeta de los simios que es una película que no cesa de sorprender. Lo hace con sus transformaciones de género, con la forma en la que cambia el propio César, y por el añadido de personajes tan opuestos como el de la encantadora niña a la que da vida Amiah Miller o el despiadado general que interpreta un brillante Woody Harrelson.

Todo engancha con una naturalidad que parecía imposible cuando el mundo decidió lapidar a la en todo caso entretenida revisión de este universo que hizo Tim Burton en 2001. Esta serie está convenciendo porque ha encontrado un camino nuevo y diferente, arriesgado y valiente, pero firme y decidido. No es que tenga un sublime cuidado técnico, que lo tiene, es que a nivel narrativo y cinematográfico está a un nivel colosal. La forma en la que Reeves rueda por igual tiroteos y escenas con personajes llorando es inaudita. El cine espectáculo está evolucionando, y por este camino nos reconcilia a cualquier con las propuestas de los grandes estudios. Estamos en pleno verano, y muchas películas nos harán olvidar esta tendencia, nos defraudarán y nos recordarán que esa es la faceta más idiotizante del cine moderno. Pero siempre nos quedará El planeta de los simios para recordar que es posible hacer cine con mayúsculas gastando y recaudando mucho dinero.

viernes, julio 07, 2017

'Baby Driver', cómo alargar demasiado una muy buena idea

Nadie podrá negarle a Edward Wright que Baby Driver es una pieza osada, incluso brillante en muchos momentos. Pero es una propuesta que no sabe desarrollar ni hacer que resulte igual de interesante a lo largo de las casi dos horas que dura. Lo que nos plantea es una película de atracos. O más bien de huidas en coche en esos atracos. El protagonista, un chaval (Ansel Elgort) que conduce como nadie y que haciendo ese trabajo salda una deuda con un mafioso (Kevin Spacey), el ideólogo de todos los golpes. Y la gracia, un problema auditivo del joven que solo puede mitigar escuchando música, una música que le acompaña en los atracos y que al director le sirve para montar unas secuencias de acción vibrantes, cargadas de adrenalina, con una planificación soberbia no solo en el movimiento sino también en la forma en la que la música encaja. Pero sí, esto que tiene toda la pinta de ser un videoclip es, efectivamente, un videoclip. Y los videoclips no duran dos horas.

El problema de Wright es que no sabe cómo coronar sus buenas ideas y la película se le va derrumbando poco a poco. Si no empezara tan bien, si no tuviera una primera media hora tan descomunal, o incluso hasta su primera hora con un nivel bastante notable, no se notaría tanto el bajón. Pero el caso es que el director consigue que los dos primeros golpes funcionen a todos los niveles, también en el dramático porque el tono de cada uno de ellos es diametralmente opuesto, pero después no sabe continuar con la película de la misma manera. El caos se apodera de la película de una forma hasta incomprensible y los personajes empiezan a traicionarse a sí mismos por lo que hacen y por lo que no hacen, llevando la historia hacia un nivel de violencia prácticamente paródico que no termina de encajar con naturalidad con lo visto en la primera hora.

No hay más que ver la deriva de los personajes de Jaime Foxx o John Hamm, o la manera en la que los personajes femeninos, los de Lily James o Eiza González, quedan prácticamente vacíos de contenido, la primera como interés sentimental del protagonista y arquetípica puerta de salida del mundo criminal en el que está metido Baby, que así se hace llamar el joven, y la segunda como simple reclamo sexy. A Wright se le escapa la película por todas partes. Las brutales coreografías de persecución que monta en la primera mitad, desaparecen en la segunda. El uso con estilo y brillantez de la música se convierte en una simple acumulación de canciones. Y el drama que sí se atisba en los mejores momentos de la película acaba desembocando en una resolución sin demasiada fuerza y con menos sentido.

Al final, el juicio sobre Baby Driver dependerá mucho del cariño que se le tenga a un autor, Wright, que es claramente irregular, que casi siempre tiene ideas brillantes pero que todavía no ha sido capaz de redondearlas de una manera eficaz. En esta película, apenas la sexta de su filmografía, alcanza algunos de sus mejores momentos. Y como estos llegan al principio, da la sensación de que este puede ser su gran largometraje, el que de verdad confirme esa genialidad que muchos le ven para seguirle con tanta fe como para atacar despiadadamente a la todopoderosa Disney cuando decidió apartarle de Ant-Man. Pero no termina de corroborar las buenas sensaciones iniciales. El videoclip le ha quedado de lujo, pero la película se le ha escapado, mostrando lo que no se debe hacer en cine, alargar demasiado una buena idea. Con una duración mucho más ajustada, probablemente Baby Driver habría llegado a triunfar sin discusión, pero deja unos cuantos peros como para ofrecerle una valoración entusiasta.

jueves, mayo 25, 2017

'Wilson', cinismo interrumpido

Wilson tiene un buen triángulo de partida. Daniel Clowes, creador del cómic en el que está basado, es uno de los nombres más importantes del cómic independiente norteamericano, y para garantizar la pureza del proyecto se ocupa también el guión, como ya hiciera hace muchos años en Ghost World. Craig Johnson venía de rodar la muy interesante The Skeleton Twins, y parecía el director indicado para sacar toda la mala leche y el cinismo que tiene la obra de Clowes. Y Woody Harrelson es uno de esos actores que pueden meterse en la piel de personajes tan descarados como este sin el más mínimo problema. Pero Wilson no alcanzar todo su potencial. Su cinismo se ve interrumpido por un lenguaje no tan cinematográfico como cabía esperar y que acaba logrando que el gag, la anécdota, la escena suelta, sea más divertido y eficaz que la película como conjunto.

Empecemos por lo que sí funciona, y por supuesto por lo que realmente sostiene la película: Woody Harrelson. Hay una serie de actores, y es obvio que Bill Murray es un representante arquertípico, que han convertido su madurez en una forma de interpretar personajes maduros y pasados de rosca que contienen de una manera admirable. Wilson es así. Es un tipo extraño, que quiere relacionarse con la gente pero que no sabe cómo hacerlo porque es, en realidad, un bocazas, incapaz de manejar habilidades sociales básicas. Su presentación en la película, rodada a modo de gags concatenados que respetan la estructura de la novela gráfica en la que se basa el filme, es brillante, divertida y cínica. Pero el problema arranca en cuanto Johnson y Clowes quieren construir una historia a partir de ese retrato.

Quien sabe si Alexander Payne, que fue el primer director vinculado al proyecto, habría sido capaz de lograr una historia más cohesionada, pero resulta evidente que a Craig se le escapa algo el relato en cuanto se van sumando elementos, en cuanto la película se convierte en un salto a la madurez de un personaje que ni sabe ni realmente quiere ser maduro. El gag siempre funciona, incluso los más evidentes, pero a la película le falta cohesión. Y quizá incluso algo de mala leche, que se atisba, se toca en muchos momentos, pero termina resultando algo menor de lo esperado cuando la película llega hasta su último acto, si es que se puede hablar de actos en este carrusel de escenas cómicas. Ni siquiera el giro que hay en esa parte de la cinta, uno que cambia por completo el escenario, o quizá precisamente por un cambio tan radical e incluso algo inesperado, la película se escapa y deja sin mucha fuerza las escenas finales.

Wilson es divertida. Lo es. Pero el hecho de que parezca más divertida por Harrelson que por el trabajo de Clowes o Johnson, incluso con escenas bien planteadas como la de la cena o como el montaje paralelo entre los personajes de Wilson y su hija por un lado y las dos hermanas que interpretan Laura Dern y Cheryl Hines, deja una idea clara de por qué la película no es tan completa como habría sido deseable. Se deja ver con agrado, gracias también a su contenida duración que apenas supera la hora y media, pero no da la sensación nunca de que estemos viendo una historia sacada del cómic independiente americano más cínico, gamberro y políticamente incorrecto más que en el sugerente prólogo que tiene. A partir de ahí, risas esporádicas, algún momento brillante, pero un conjunto bastante irregular.

viernes, marzo 24, 2017

'Redención', Gyllenhall el boxeador

A pesar de que Redención llegue a España con casi dos años de retraso con respecto a su estreno americano o de que sea uno de los últimos trabajos de James Horner antes de su muerte accidental, la mejor razón para ver la película de Antoine Fuqua, que no es la última ya que aquí hemos visto ya la que hizo después, su remake de Los siete magníficos, es la interpretación de Jake Gyllenhaal. Viendo la carrera del actor, siempre buscando retos, casi pareced un paso lógico que se haya decidido a dar vida a un boxeador, algo que aúna sus dotes nada contradictorias para la contención y para la intensidad. Su retrato de Billy Hope, un boxeador al que conocemos en la cima, al que vemos descender a los infiernos y al que seguimos en su camino por recuperar lo que es suyo, es muy atractivo, complejo y sugerente. Es, con diferencia lo mejor que tiene que ofrecer una película que acepta los tópicos y no combate contra ellos.

Fuqua, de hecho, adopta el camino fácil. Funciona, porque el boxeo sigue siendo el deporte que mejor luce en la gran pantalla, incluso aunque los potenciales espectadores jamás hayan mostrado interés alguno por ver un combate en la vida real, pero eso no impide que sea fácil, porque maneja todos los tópicos posibles que ya hemos visto en muchas películas de esta naturaleza, y que hace que su devenir sea algo previsible. Eso lo compensan Gyllenhaal, un Forest Withaker espléndido cuando encuentra un personaje a su altura y no se deja llevar como le sucedió en Rogue One, una magnífica Rachel McAdams que aporta como siempre una naturalidad impresionante o una bastante interesante Oona Laurence, que dando vida a la hija del boxeador protagonista se suma con bastante facilidad al drama que busca la historia.

Queda claro, con lo dicho, que el principal valor de Redención está en sus intérpretes, que son los que consigue que la película sea algo más de lo que luce en el guion o con la realización de Fuqua. Y no porque haya grandes fallos en la cinta, que en realidad no los hay, pero porque se echa en falta algo de riesgo. Porque en las dos horas que dura la cinta vemos lo mismo de siempre. Con la misma eficacia de siempre, pero buscando las mismas emociones de siempre, con personajes arquetípicos, desde el propio protagonista hasta su entrenador y sus normas, pasando por supuesto por el rival que lo es a nivel personal o el promotor que quiere sacar tajada de un drama personal. Todo suena a visto. Y sí, se acepta. Pero resulta curioso que Fuqua, que triunfó sacando de la zona de confort a personajes arquetípicos en Training Day ahora se conforme con menos y, en realidad, desaproveche un espléndido trabajo actoral para que su cinta sea algo más que un tópico bien hecho.

El caso es que, aún así, Redención se deja ver bastante bien, porque la temática es siempre atractiva, tanto por el lado de los combates, bien rodados por Fuqua para que la personalidad de su boxeador protagonista se manifieste dentro del ring, como por la faceta más humana, que es la que construyen con facilidad los actores. Gyllenhaal a la cabeza, ahí es donde el disfrute de Redención se multiplica. Lo malo es que no hay sorpresas, ni siquiera en el pretendidamente emocionante final de la película, por supuesto un combate final entre el héroe redimido y un villano que en realidad no lo es tanto y al que se le da ese papel de una manera bastante artificial. Al menos la cinta mantiene más que vigente la tradición del boxeo como deporte por excelencia del cine, y queda como una de esas curiosidades a rescatar por el amplio retraso con el que llega a España, casi dos años con respecto a su estreno americano.

viernes, febrero 24, 2017

'T2 Trainspotting', viejos amigos y moraleja confusa

Aunque en T2 Trainspotting se hable de los veinte años que han pasado con respecto a la primera película, aquella alucinógena historia social que se montó Danny Boyle cuando todavía no tenía la fama que tiene hoy en día, en realidad son 21 los que han pasado desde el estreno. Y el tiempo, por muy tópico que sea decirlo, no pasa en balde. T2, lo que para muchos seguirá siendo una referencia a la secuela del Terminator de James Cameron, es, simple y llanamente, una reunión de viejos amigos y casi un epílogo de la historia original. No hay mucho más en el filme, por entretenido que pueda ser, porque su moraleja es confusa. Es difícil dilucidar cuál es exactamente el propósito de la película, más allá de esa reunión de viejos amigos, porque los propios personajes van dando tumbos hasta llegar a un final que, básicamente, nos deja en el mismo punto.

Lo de la reunión de viejos amigos, de hecho, funciona dentro y fuera de la pantalla con la misma facilidad. Boyle ha recuperado a sus actores originales (Ewan McGregor, Ewen Bremner, Jonny Lee Miller y Robert Carlyle) porque sin ellos, en realidad, no tendría mucho sentido la película. Y ellos se han metido en la piel de sus personajes con la misma facilidad que hace veinte años. En este sentido, y solo en este, no parece haber pasado el tiempo. Pero en realidad la nostalgia se apodera de todo, incluso es uno de los temas que se exploran en la película, y es probablemente la razón más poderosa para disfrutar de ella, porque el resultado es algo que, aunque se deja ver por cualquiera gracias a que Boyle hace una buena contextualización, está pensado para fans. No hay otra manera de entender que Boyle recupere planos e incluso recree escenas de la cinta original con otros autores a los capta de lejos o en planos difuminados.

Pero, claro, recuperar una película de hace veinte años para hacer una secuela requiere algo más que volver a ver a los colegas, sea en un set de rodaje o en una pantalla, y eso no termina de apreciarse. Le falta un punto del toque macarra que tenía la película original, y cuando eso sí se ve en este T2 es precisamente cuando más fácil es conectar con la película (memorable la escena en el pub en la que los personajes de McGregor y Lee Miller perpetran su primer golpe tras reunirse). Pero antes y después de ese punto hay muchos giros y requiebros, incluso después de un prólogo interesante, sublimación absoluto de la estética visual ya conocida de Boyle que se va reproduciendo en muchos momentos de la película, la historia tarda en arrancar. Eso sucede porque el director sabe que tiene que recolocar sus piezas, que ha de sentar las bases para conectar dos historias con veinte años de diferencia y cuatro personajes que explicar. Y pesa un poco, aunque finalmente arranca.

Cuando lo hace, se atisba la opción de que la segunda parte de Trainspotting llegue a algo concluyente, pero al final, con un clímax algo rocambolesco que diluye buena parte del tono crítico que se podía intuir y deja a los personajes en un punto muy, muy parecido al de partida. Pero el caso es que han pasado dos horas, un tiempo en el que no se pasa mal pero que dejan la sensación de que la película está bastante más vacía de lo que parece. Es lo que tiene la nostalgia, que por sí sola justifica en muchas ocasiones el regreso a escenarios ya conocidos pero que si no consigue algún apoyo más se convierte en un simple reclamo sin mucho más que ofrecer. Boyle, en todo caso, casi siempre ha destacado más por intentar capturar al espectador por la estética que por la historia, incluso cuando ha acumulado premios como le sucedió en la sobrevalorada Slumdog Millonaire. Y como la estética convence, la película aprueba. Pero no mucho más.

viernes, febrero 17, 2017

'Jackie', un retrato tan solemne como impreciso

Es difícil resistirse al encanto que, antes incluso de que arranque la película, tiene un retrato cinematográfico sobre Jackie Kennedy. Probablemente, estemos ante la misma sensación hipnótica que tenía la esposa de John Fitzgerald Kennedy, la Primera Dama por excelencia de la historia norteamericana moderna. Y es más difícil todavía cuando asistimos a una interpretación tan extraordinaria como la de Natalie Portman. Pero si solemne es la forma en la que Pablo Larraín da vida a Jackie, también se puede decir que es algo imprecisa. Jugando mucho con el montaje, Larraín pierde de vista un enfoque concreto y al final de la película es difícil saber si lo que pretendía con la película es glorificar la figura de su protagonista, si pretende criticar su comportamiento tras el magnicidio de Dallas o si no es más que un retrato de lo complejos que fueron aquellos días posteriores al último asesinato de un presidente norteamericano.

Si esas dudas cobran importancia es, fundamentalmente, porque Larraín apuesta por un mosaico bastante intrincado en el montaje. La película, lejos de ser lineal, se centra en tres momentos diferentes. Por un lado y como hilo conductor, la primera entrevista que concedió Jackie a los medios tras el asesinato de su marido. Por otro, el fundamental por tiempo en pantalla, la gestión del funeral de Kennedy y el dolor de Jackie. Y, finalmente, la conversación que Jackie mantiene con un cura interpretado por John Hurt, en lo que ha acabado siendo su testamento cinematográfico. Y por si fuera poco, va deslizando como flashback la famosa secuencia de Dallas vista desde el punto de vista de la Primera Dama El cineasta chileno trata por todos los medios de dar coherencia al complejo montaje y no siempre parece conseguirlo, sobre todo porque no termina de conectar las escenas de manera fluida.

Ese es quizá el gran problema que plantea una película que, casi sobra decirlo, está planteada a mayor gloria de su protagonista. Portman, una actriz tremendamente brillante cuando asume que su papel es importante, se mete en la piel de Jackie Kennedy de una manera formidable. Una vez más, resulta imprescindible recomendar que esta película se vea en versión original, aunque sólo sea para valorar el esfuerzo de la actriz con su voz. Sus gestos, su movimiento corporal y, una nueva demostración de que hay muy pocas actrices que sepan llorar en pantalla como ella son argumentos que se van a disfrutar independientemente del idioma en que se vea la película. El otro gran acierto del filme está en la pericia de Larraín para generar solemnidad. Jackie es, efectivamente, una historia solemne. Quizá lo es demasiado en escenas que necesitan esa cualidad, pero cuando llegamos al final de la película se comprende con facilidad que la pretensión del director chileno está más que justificada.

Larraín no se ha buscado un trabajo fácil para su primera película en inglés, porque la figura que representa es un icono. Pero la ventaja es que es un icono del que, en realidad, la mayoría de los espectadores sabe muy poco. Por eso la película se detiene en tantos aspectos, por eso se esfuerza en retratarla como Primera Dama, como madre, como viuda, como estrella mediática incluso y como adalid de un cambio de estilo en la Casa Blanca. ¿Pero todas esas facetas terminan conformando un personaje, un retrato, una historia? Da la sensación de que no, y si se queda al borde de lograrlo es, sobre todo, por la majestuosa interpretación de Portman, la auténtica razón para que la película perdure. No es que Larraín falle, ni mucho menos, porque la tarea era de una envergadura casi titánica. Pero la película, Portman aparte y asumiendo sus muchos aciertos, no termina de alcanzar todo lo que prometía.

viernes, febrero 03, 2017

'Resident Evil. El capítulo final', aburrido caos

Desde hace muchos años, Hollywood tiene en su conciencia popular que las películas de acción con mujeres como protagonistas no funcionan. Este saber se refiere a la taquilla, que no a los méritos artísticos, cinematográficos o espectaculares de estos productos, y sin embargo hay dos sagas que parecen resistirse a ese principio, las dos son de Sony y las dos han tenido una nueva entrega este mismo año: Underworld, con Kate Beckinsale, y Resident Evil, con Milla Jovovich. Las dos sagas han superado ya las cinco entregas, y en el caso de la segunda, la que nos ocupa, que es la sexta, lo ha hecho con la pretensión de poner, al menos, un punto y aparte. El capítulo final es el curioso aunque no del todo exacto título de una entrega que sí parece buscar el cierre de las tramas originadas ya hace nada menos que quince años, cuando Jovovich se convirtió por primera vez en la atlética Alice, una mujer dispuesta a luchar contra todos los zombis del mundo.

Porque, siendo francos, Milla Jovovich es todo lo que vamos a sacar en claro de este El capítulo final de Resident Evil. La saga, en realidad, nunca fue sobre zombis, que ya han quedado como una simple excusa para dar algo más de locura visual a alguna que otra escena. Todo esto va de ver a Milla Jovovich en acción. La pega es que Paul W. S. Anderson apuesta por un montaje atolondrado, en el que incontables planos que no llegan al segundo de duración se van juxtaponiendo para dar vida a unas escenas caóticas, imposibles de seguir, y que restan toda eficacia al trabajo de los coreógrafos en primer lugar y de los actores después. Es curioso que esta forma de entender la acción siga marcando tantos y tantos títulos, porque resulta tan mareante que no tiene demasiado sentido narrativo. Anderson, desde luego, se muestra como todo un maestro en este pretendido arte con el que busca cerrar el círculo que él mismo abrió con la primera Resident Evil.

El objetivo de la película es evidente. Es un divertimento para ya convencidos, por mucho que la cinta arranque con un completo resumen que busca que cualquiera pueda entrar en la película, incluso sin haber visto ninguna de las anteriores. Lo que resulta menos aceptable es la desidia con la que se crea la historia a partir de esa premisa. El guión quiere jugar con la idea de la identidad, pero se queda en algo completamente desaprovechado. Asusta ver que en cada escena hay por lo menos dos o tres situaciones absolutamente imposibles de explicar, salvo por el simplista argumento de que las cosas no pueden suceder de otra manera. Alice siempre tiene a mano algo que utilizar en sus combates. Los golpes no le causan heridas. Las muertes siempre se producen tal y como se espera que se produzcan. Todo es como en un videojuego de hace décadas, cuando solo había una manera de pasar de fase después de hacer que todo encajase. Pero esto es cine y eso no es suficiente.

Que nadie espere diálogos brillantes o soluciones narrativas bien pensadas, porque no las hay. De hecho, esta entrega de Resident Evil es, en general, bastante aburrida e incomprensible.Y sí, probablemente quienes hayan disfrutado de la serie hasta este punto también lo harán con esta quinta parte, porque aúna muchos guiños, sobre todo a la primera película, y cumple con bastante fidelidad con lo que sus responsables han querido ofrecer desde el principio. Pero eso no impide que estemos ante un producto más bien flojo que, pese a todo y aunque aún le quedan mercados por explotar como el español, ya ha alcanzado el taquilla el doble de dinero de lo que costó. Como Underworld, por cierto. ¿Será que para que una heroína triunfe en la pantalla hay que apostar por esta vía tan denostable desde la crítica? Porque, desde luego lo que cabe esperar es que este Capítulo final sea, efectivamente, el último.

domingo, enero 15, 2017

'La ciudad de las estrellas. La La Land', portentosa delicia

La maestría con la Damien Chazelle compuso Whiplash hacía esperar lo mejor de su siguiente trabajo. Pero La La Land supera las expectativas. Desde un formidable ejercicio de nostalgia por un género oficialmente declarado muerto pero que en sus coletazos ha dejado ya más de una obra de arte, Chazelle logra una portentosa delicia que encandila desde el brutal número inicial, en el que es imposible contar en cuántos momentos podría haber salido mal un plano secuencia de semejante complejidad, hasta el increíblemente hermoso final de la película, que deja con la lágrima en el rostro, con la sonrisa en la cara, con el corazón en un puño y con el alma feliz de haber asistido a uno de esos raros espectáculos cinematográficos en los que todo parece estar en su sitio para lograr el objetivo de conmovernos durante algo más de dos horas que desbordan tanto talento y a tantos niveles que parece difícil no caer rendidos a los pies de este filme.

Viviendo en el mundo en el que vivimos, en el que los odios se acumulan por las más pintorescas razones y a veces sin haber visto las películas, esta oleada de entusiasmo que ha generado La La Land casi obliga a ir con recelo. Ni su extraordinario trailer, toda una lección de márketing para los que piensan que es necesario destripar una película para venderla, ni el ya mencionado precedente formidable que fue Whiplash parecían contar tanto antes del incomprensiblemente retrasado estreno en España por el éxito sin precedentes en los Globos de Oro. Y sí, viendo La La Land casi parece que se despiertan las alertas intentando encontrar algo que no funcione, algo que lleve a proclamar que estamos todos exagerando, que no es tan buena como se está diciendo. Qué cosas, lo es. Es una auténtica maravilla porque Chazelle es, ahora mismo, el genio de la lámpara que ha fusionado como hacía tiempo que no se hacía el cine y la música.

No hay nadie en el cine contemporáneo que entienda mejor que él la unión entre esas dos artes. Nadie que sepa rodarla de maneras tan diferentes, en el escenario de un gran musical clásico y en el entorno cerrado de una pequeña habitación. Nadie que combine de esa manera amplios y mágicos encuadres con preciosistas primeros planos, que evidencian que Chazelle es un portentoso director de actores, que sabe extraer hasta la última gota de encanto, carisma y elegancia que tienen dentro Emma Stone y Ryan Gosling, dos actores que hacen un trabajo formidable y encantador, cargado de carisma, que triunfan en la faceta musical pero también en la dramática, que bordan cada uno de sus bailes pero que consiguen que La La Land sea una delicia porque es facilísimo entrar en sus cabezas y en sus corazones, cuando las cosas les van bien y cuando les van mal, desde la encantadora escena en el cine viendo Rebelde sin causa hasta el glorioso plano-contraplano que lleva al límite su relación.

Cuando empieza La La Land, los pies no dejan de acompañar la música. Cuando finaliza, es el corazón el que se mueve al son de lo que dicta Chazelle. Lo que se aventuraba ya con ese arranque como un gran musical (qué demonios, desde la belleza de su trailer) se convierte con el paso de los minutos en una película inolvidable, que supera la genialidad técnica que exige un despliegue coreográfico como el que necesita una producción de esta naturaleza, genialidad que no pierde en ninguno de sus números musicales, con una maestría artística de las que dejan huella y que alcanza su cenit en unos diez finales hermosos, magistrales, concentración de todo lo que ha explotado durante las casi dos horas previas y que termina de cerrar una de esas experiencias que merece la pena vivir a corazón abierto, para que el cine pueda tocarlo y enseñarnos que la magia no ha muerto y que aún es posible ver formidables cantos de amor al cine, a la música y a la vida como este.

viernes, enero 13, 2017

'Underworld. Guerras de sangre', sí hay quinto malo

Vaya por delante que tiene un mérito indudable que una saga llegue a su quinta película. Mucho más si hablamos de una serie como Underworld, en la que realmente ninguno de sus títulos previos se puede considerar como un hito en el cine fantástico. Pero sí, en contra de lo que reza el saber popular, sí hay quinto malo y Guerras de sangre, que así se titula esta cinta, que por desgracia parece que no va a ser la última a tenor de esa última escena de esta entrega. A esa escena se llega después de 91 minutos en los que no pasa gran cosa, que arrancan con un recordatorio excesivamente largo de lo que hemos visto en las películas precedentes y en el que asistimos a un olvido bastante absurdo de algunas tramas, al desarrollo a veces hasta ridículo de otras y al poco esfuerzo de hacer que haya algo nuevo, si acaso el nuevo aspecto de la Selene a la que da vida Kate Beckinsale que los pósters de la película ya se han encargado de reventar.

El caso es que Guerras de sangre tendría que ser una película pensada para fans de Underworld. Estamos ante la quinta película de la serie, no podría ser de otra manera. Y el caso es que no, que da la sensación de dar demasiadas explicaciones que no se necesitan, tanto sobre las tramas como sobre el desarrollo, con unas transiciones entre escenas tan torpes que llegan a ser incomprensibles, como los planos del tren o de Selene y el David de Theo James... montando a caballo, animales que estarían muy tranquilos sabiendo que sus compañeros de viaje son vampiros sedientos de sangre... aunque en realidad hay muy poca sed de sangre. Y poca inteligencia. Eso, en el fondo, es lo que molesta de una película como esta, que no se toma en serio a sus personajes a un lado de la pantalla ni a sus seguidores en el otro. Y así, con villanos que tampoco están a la altura ni sobre el papel ni en la pantalla, el naufragio resulta inevitable, porque no hay un progreso ni nada nuevo. Sólo rutina.

Y rutina, además, que no tiene mucho sentido. El problema de partida está en el guion de Cory Goodman, firmante de otros dos guiones horrendos como los de El sicario de dios o El último cazador de brujas, que da vueltas sin llegar a ningún sitio, que hace desfilar personajes a veces sin sentido, con acciones difícilmente explicables (¿una fortaleza impenetrable de la que se escapa rompiendo una verja con un coche y en la que se entra desmantelando la seguridad apretando un botón?; ¿para qué demonios quieren los licántropos la sangre de la hija de Selene si el personaje no tiene ninguna trascendencia en la película ni condiciona nada de lo que sucede en ella?) y, sobre todo, con giros argumentales tan fáciles de ver que casi provocan sonrojo. Es facilísimo saber qué personajes van a morir y cuándo. Eso si se llega a mostrar, porque de alguno, de cierta importancia, apenas se atisba cómo acaban en la película.

El caso es que la excusa principal para seguir viendo Underworld sigue siendo la misma, Kate Beckinsale. La actriz, que nunca ha llegado a tener una progresión real en su carrera y que nunca ha logrado ser una heroína de acción más allá del personaje de Selene aunque tenía la capacidad para ello, sigue cumpliendo con lo que se le pide, tanto en el plano físico como en el dramático, pero las películas le dan tan poco margen para hacer algo destacado que ese esfuerzo queda algo diluido. Como la presencia de Charles Dance, que casi se antoja irrelevante aunque preste algo de enjundia al asunto. ¿Suficiente? En absoluto. Tanto Beckinsale como Dance se ven arrastrados por este trabajo de andar por casa que reduce la escala de lo que tendría que se runa gran guerra a unos cuantos disparos en un escenario cerrado, a un par de peleas de coreografías más o menos resultonas o a unos efectos digitales que no destacan demasiado. Y aún así, habrá sexta película. Que el dios de los vampiros y el de los licántropos nos pille confesados.