viernes, enero 16, 2015

'Whiplash', brutal duelo de obsesiones

Cuando el cine aborda obsesiones está muy cerca de lograr lo máximo. Es un sentimiento tan cinematográfico que resulta un caramelo para cualquier director y para cualquier actor. Whiplash es un relato sobre la obsesión por la música, pero no es una obsesión sino un brutal y memorable duelo de obsesiones, la de un joven batería que sueña con ser uno de los más grandes (Miles Teller) y su profesor en la escuela de música (J. K. Simmons). Es un duelo que pasa por diferentes etapas, todas ellas formidables, hasta desembocar en un portentoso clímax, perfecta conclusión para un filme que probablemente reciba menos elogios de los que seguramente merece por su propia concepción indie o por acercarse de una forma tan concreta y, en el fondo, tan episódica, a temas tan universales. Pero la película invade el alma del espectador con tal facilidad que merece una consideración sobresaliente. ¿O acaso es posible evitar que el pie o la mano se muevan al son de la música que dicta Chazelle en Whiplash?

De alguna manera, es fácil contraponer Whiplass a cualquier película glorifcadora de la música. Pensemos, por ejemplo, en Profesor Holland, una algo desconocida pero hermosa cinta con Richard Dreyfuss en su papel principal que convierte la música en un sueño. Aquí el concepto que se ofrece es diametralmente distinto, mucho más retador, sacrificado e incluso violento. La música se domina con sufrimiento y en ese camino no hay límites para lograr la excelencia. Desdee el mismo amor por la música, esa es la clave para entender Whiplash. No es una película de personajes amables, de hermosos sueños o de caminos fáciles. Y sin embargo, es una película que explora con el mismo acierto el poder de la música a través del género escogido, el jazz. Cada plano, cada secuencia, cada personaje tiene música en la cabeza y el alma. Da igual que caigan bien o que sean insoportables como seres humanos, la música les conduce a todos ellos y eso se transmite al otro lado de la pantalla, al oído y al espíritu del espectador. Se siente desde la primera escena.

En ella, J. K. Simmons empieza a construir un personaje sencillamente memorable, cuyo poder de atracción es descomunal, construido con una exquisitez realista que el actor lleva a terrenos asombrosos. Es relativamente fácil admirar el retrato de este profesor, una maquiavélica desviación del clásico papel de mentor que con tanta frecuencia vemos en el cine, en sus momentos más exagerados, ese es el caramelo para cualquier actor. Pero por mucho que esas sean las escenas más celebradas, las más impactantes y las más divertidas, el triunfo de Simmons está en introducirlas en un retrato lleno de verdad, de sinceridad y de autenticidad. Su personaje no es una caricatura, sino un obseso, y eso le permite abrir un espectacular abanico de emociones que, aún muchos peldaños por debajo, Miles Teller recoge con mucha habilidad para dar forma a ese duelo. Son dos personajes conducidos por la obsesión y que están dispuestos a cruzar todos los límites para salir triunfantes. Que eso sea lo que se ve en la pantalla es el gran logro de Whiplash.

Más allá de que en el fondo el acontecimiento sobre el que se sustenta el filme es relativamente pequeño, y eso es algo que no tiene por que ser necesariamente negativo, es muy difícil encontrar problema alguna a Whiplash, una de esas películas pequeñas que tiene la capacidad de ir convirtiéndose, escena a escena, en grandes experiencias. Nada falla, nada desentona, todo aporta algo al conjunto final con una naturalidad brillante. Chazelle convierte la cinta es una formidable inmersión musical y psicológica, atrevida y muy bien desarrollada, tocando todos los aspectos que tiene que tocar para mostrar el duro camino hacia la leyenda musical (la soledad, la incomprensión, el sacrificio...), un brutal crescendo emocional que alcanza su cumbre cuando debe hacerlo, en su clímax final, donde sin innecesarias explicaciones o gratuitas concesiones a la comercialidad, los dos personajes protagonistas alcanzan un grado de comprensión de sí mismos y del otro que sólo puede provocar el más sincero de los aplausos. Una maravilla de película.