lunes, diciembre 30, 2013

2013, un año de cine

Se acaba 2013 y eso nos invita a todos a hacer estos balances en los que clasificamos todo. Aquí hablamos de cine, y aunque normalmente huyo de las estrellas, puntuaciones y calificaciones, sí intento agrupar todo lo que he visto a lo largo del año en categorías bastante flexibles que comparan lo incomparable y que se refieren a las sensaciones personales e intransferibles de quien escribe estas líneas. Aquí no se pontifica. Aquí se opina. Y se reciben muy bien las opiniones, las que están de acuerdo y las que no lo están, así que espero que nadie se moleste si su película favorita está entre las que no me han convencido. Se acaba 2013, decía, y ha sido un año en el que he podido ver 138 de los estrenos que llegan llegado a las salas españolas en estos doce meses, mejorando las 119 que vi en 2012. Y es que, se diga lo que se diga, siempre hay mucho cine por ver ahí fuera. Esto es lo que vi y sentí en el año que se nos va.

· La película del año: Gravity
Si el cine es una experiencia, y es como muchos lo concebimos incluso asumiendo sus facetas como arte y entretenimiento como elementos imprescindibles de una película, Gravity ha de ser por fuerza la película del año. La sencillez de su historia (una misión en el espacio sale mal y toca sobrevivir y volver a la Tierra) contrasta con la enorme cantidad de logros cinematográficos, visuales, sonoros y narrativos que tiene el filme. Desde sus planos secuencias a una fotografía deslumbrante, pasando por una actuación memorable, la de Sandra Bullock, o un 3D deslumbrante como pocas veces y que hace que esta sea la experiencia cinematográfica que más se acerque a la de estar efectivamente en el espacio. Alfonso Cuarón rueda así su mejor película y deja con la boca abierta desde el principio a ese final con homenaje incluido a una joya de la ciencia ficción.

· Lo más destacado
Bien podría haber ocupado el apartado anterior 12 años de esclavitud, una maravilla impresionantemente dura de Steve McQueen, con un reparto soberbio en el que destacan Chiwetel Ejiofor y Michael Fassbender y, entre otros logradísimos aspectos, más de una lección sobre cómo iluminar una película y dónde colocar la cámara. Es una de las películas que sonará mucho en la temporada de premios de 2014, que ya está sonando de hecho. Precisamente de las nominadas al Oscar hace un año se cuelan entre lo más destacado de 2013 en los estrenos españoles: la extrema dureza del Amor de Michael Haneke, el virtuosismo cinematográfico del Lincoln de Steven Spielberg y el original optimismo de El lado bueno de las cosas.

El cine de género ha dejado también muy buenas muestras en este 2013 que acaba. La ciencia ficción ha disfrutado con la preciosista Oblivion, de Joseph Kosinski; con Elysium, el acertado salto de Neill Blomkamp a los grandes estudios; con un sorprendente arranque de la fase dos de Marvel, con Shane Black dirigiendo Iron Man 3; y con el puro espectáculo que supone Star Trek. En la oscuridad, la segunda y al parecer última entrega de la saga que dirigirá J. J. Abrams. En el terreno de la animación, Frozen nos devolvió el mejor Disney. En el terror, La cabaña en el bosque llegó con muchísimo retraso pero con las mismas ganas de celebrar la valentía de hacer películas así. Y el drama ofreció historias tan logradas y diversas como La mejor oferta, la mejor película en años de Giuseppe Tornatore; Capitán Phillips, thriller de Paul Greengrass con un ritmo brutal y un Tom Hanks portentoso; y Prisioneros, una demoledora intriga de Denis Villeneuve en la que sólo flojea el final.

· Sorpresas positivas
Siempre hay películas que ves sin tener nada claro el resultado final y que te acaban sorprendiendo. Pasa mucho con películas modestas, esas que llegan a los cines sin grandes campañas de publicidad. Quizá por eso Bestias del sur salvaje y Rebelde (en la foto) son las dos películas más sorprendentes del año. Porque son pequeñas, sí, pero sobre todo porque tienen mucho talento detrás, mucha imaginación, guiones sólidos y puestas en escena envidiables. O como la chilena No, atractiva cinta de corte político, valiente de principio a fin. Esas películas están en la antítesis formal y comercial de superproducciones que, por qué no, también pueden sorprender. Como sucede con Pacific Rim, una película mastodóntica de robots y monstruos gigantes que entretiene por encima de sus posibilidades, o 2 Guns, donde dos actores populares, Denzel Washington y Mark Wahlberg, disfrutan y se lo hacen pasar al espectador francamente bien. O el entretenimiento sin complejos de Ahora me ves...

También lo es Coriolanus, que combate con el talento de un Ralph Fiennes debutante como director la aparente pereza que le ha dado a públicos de tan variadas procedencias por ser una valiente adaptación de un texto de Shakespeare. Un puro y sorprendente divertimento es Grand Piano, un thirller intenso aún con sus errores. Fue una gratísima sorpresa Expediente Warren: The Conjuring, espléndido y clásico cine de terror a cargo de James Wan después de que Insidious no me pareciera la reinvención del género que vieron algunos. Desde España, tres sorpresas positivas: la imaginación de Los últimos días, la tensión de Insensibles y el gran entretenimiento para todos los públicos de Justin y la espada del valor. Sorpresa fue la enorme intensidad de La caza a la hora de tratar un tema sumamente complejo. O la sana diversión que propone Memorias de un zombie adolescente. También el espectáculo visual que propone Stoker. O el buen rollo y las sensaciones personales e intimistas que dejaron Un amigo para Frank y Un invierno en la playa.

· Me gustaron... como esperaba
Ha habido mucho cine que me ha gustado. Con sus pegas y matices imposibles de desarrollar en tan poco espacio como otorga este resumen anual, pero cumpliendo con las expectativas o con los mínimos que un servidor tiene para estar entretenido delante de una pantalla durante unas dos horas. Y hay aquí películas mejores y películas peores, pero todas ellas me han divertido, emocionado o inquietado por algo, me ha gustado su reparto, su música o su forma de llevar a la pantalla una historia. No son necesariamente peliculones, pero funcionan lo suficientemente bien como para volver a verlas con agrado si surge la ocasión. El orden, por si alguien se lo pregunta, es el de su fecha de estreno, no el de su calidad.


· Decepciones
Siempre cabe insistir en lo que significa la decepción, la sensación de que no se ha alcanzado aquello que se prometía. Estar en este apartado no quiere decir necesariamente que sean malas películas, pero sí que se han quedado lejos de lo que  en otras manos o de otra manera se podría haber logrado. Quizá la película que mejor ejemplifique esa decepción pasa por Woody Allen, un director sobre el que siempre se cargan las más elevadas expectaciones y que no logra emocionarme desde hace ya casi una década, desde que estrenara Match Point en 2005, y eso que hablamos de un director que estrena una película por año. Blue Jasmine vuelve a dejarme frío, pese a la espléndida interpretación de Cate Blanchett

Lo mismo sucede con la pretenciosa The Master, de un Paul Thomas Anderson preciosista en lo visual y muy vacío en el contenido; con La noche más oscura, grande sólo por momentos; con Gangster Squad, que desaprovecha un gran reparto con unos diálogos flojos, una historia inane y una polémica absurda; con la tramposa Efectos secundarios de Steven Soderbergh, un habitual de este apartado; con la artificiosa El gran Gatbsy de Bazz Luhrmann; con la sosa Tierra prometida de Gus van Sant; con la desconcertante La espuma de los días de Michel Gondry; con la ausencia de emociones auténticas de El mayordomo del sobrevalorado Lee Daniels; con la dependencia de lo real para interesar de El quinto poder de Bill Condon; con la polémica, la excesiva duración y la libre adaptación de La vida de Adèle de Abdellatif Kechiche; y con la más que discutible fórmula con la que Peter Jackson abordar la segunda entrega de su segunda trilogía ,El hobbit. La desolación de Smaug.

· Pasables / Olvidables
No es que sean malas, pero tampoco son buenas. Son películas que, cuando uno termina de verlas, no dejan demasiado recuerdo de sus virtudes (en algunas mayores que en otras) pero tampoco siente uno ganas de pegarse cabezazos contra la pared por haberlas visto. Se ven, se disfrutan y se olvidan con la misma facilidad. Así son Mamá, Un plan perfecto, Siete psicópatas, Paker, Oz, un mundo de fantasía, Dando la nota, El chico del periódico, Grandes esperanzas, On the Road, Combustión, La gran boda, La venganza del hombre muerto, Maternity Blues, El hipnotista, The East, Llévame a la Luna, Zarafa, Guerra mundial Z, Los pitufos 2, RED 2, Cazadores de sombras: Ciudad de hueso (en la foto), Una bala en la cabeza, La gran familia española, Asalto al poder, Runner, runner, Caníbal, Insidious. Capítulo 2, Somos los Miller, Malavita, La huida, Bienvenidos al fin del mundo, 3 bodas de más, Carrie, Diana y Caminando entre dinosaurios.

· Muy malas
Muy malas, insalvables, auténticas pérdidas de tiempo e incluso las razones de justificados enfados por los nombres involucrados o las historias contadas, pero también algunas que no son tan malas pero que se engloban aquí pensando en que no apetece un segundo visionado. Ojo, que esto sigue siendo un juicio personal que se hace aún sabiendo que la inclusión de algunas de estas películas en este apartado provocará las iras de algunos encendidos fans, pero siempre quiero ser honesto con quien lee este pequeño espacio en Internet y por eso no puedo vender de otra forma películas que me parecen fallidas y equivocadas como Django desencadenado (en la foto), del para mí sobrevaloradísimo Quentin Tarantino, o El consejero, del para mí infravaloradísimo pero aquí profundamente aburrido Ridley Scott.

Esos dos son quizá los títulos más llamativos de este apartado, pero hay más, de muy distintas características aunque todos ellos con buenas razones para ser olvidados o criticados, a gusto del consumidor: El hombre de las sombras, La trama, Hansel y Gretel: Cazadores de brujas, Spring Breakers, The Host, G. I. Joe: La venganza, Un lugar donde refugiarse, Marea letal, The Lords of Salem (segunda gran candidata a peor película del año, un desmadre ininteligible), Hijo de Caín, El mensajero, Tres 60, Exorcismo en Georgia, Kick-Ass 2, Dolor y dinero. R.I.P.D., The Bling Ring, Cuerpos especiales, Sólo Dios perdona y Plan de escape (la otra gran candidata para peor película del año, porque sus dos protagonistas, Stallone y Schwarzengger han demostrado durante años que se podían hacer filmes como éste con mucha más categoría).

· La peor película del año: Movie 43
Había una competencia importante para ocupar este puesto en el 2013 que ahora acaba, pero el enorme despropósito que supone Movie 43 unido al ingente número de actores famosos y de talento que desfilan por la pantalla casi obliga a inclinarse por ésta para ser nombrada como la peor película estrenada en España en los últimos doce meses. Su apuesta por un humor escatológico, soez y, lo que es peor, sin gracia, así como su pobre relato de unión entre las diferentes historias que plantea convierte en algo asombroso que hayan participado en esta desconcertante película actores y actrices como Kate Winslet, Hugh Jackman, Hale Berry, Emma Stone, Naomi Watts, Chloë Grace Moretz, Richard Gere, Gerard Butler, Liev Schreiber o Terrence Howard. Por mucho que alguna escena pueda provocar alguna sonrisa, y no muchas, la verdad es que no hay por dónde cogerla.

· Ningún interés por verlas
No se puede decir de este agua no beberé, y por mucho que nos hayamos jurado y perjurado que no veremos las películas de tal director, actor o género siempre cabe la posibilidad caer en la trampa y verlas... y quién sabe si incluso salir gratamente sorprendidos. En todo caso, hay unos pocos títulos de 2013 que no figuran ni de lejos entre mis prioridades. Y Almodóvar siempre encabeza la lista. Los amantes pasajeros es una película que no me llama la atención y que incluso ha perdido puntos después de escuchar la opinión de algún que otro espectador que sí ha encontrado atractivos en su cine. Algo parecido me sucede ya con Alex de la Iglesia, por lo que Las brujas de Zugarramurdi tampoco me plantea mucho interés. Sagas, por supuesto. La quinta entrega de Scary Movie, la sexta de Fast & Furious y la tercera de Resacón tampoco me llaman la atención. Y si hay un personaje que pueble lo más bajo de la lista de los que podrían llevarme a una sala de cine, esa es Miley Cirus. LOL, por tanto, es otra película que trataré de evitar.

· Lo que me queda por ver
A pesar de la extensa lista de títulos que habéis visto hasta aquí, se han quedado muchas películas en el tintero de esas que, por alguna razón, apetece ver. Y quizá la más destacada sea Antes del anochecer, porque es una auténtica tarea pendiente toda esa historia que ya alcanza tres películas. Es una deuda que habrá que saldar más pronto que tarde. Como las de películas tan populares como Jobs, o en las que hay actores conocidos o atractivos como To the Wonder, 360. Juego de destinos, Hermosas criaturas, El último concierto, Mud, Un hombre solitario, Una cuestión de tiempo, Pacto de silencio, Don Jon (en la foto), Plan en Las Vegas, Mucho ruido y pocas nueces, Sobran las palabras, Nymphomaniac, La vida secreta de Walter Mitty o La leyenda del samurai. 47 ronin.

Hay películas de animación aún por ver, como Gru, mi villano favorito 2, Free Birds o Futbolín. Hay aún películas de terror que revisar como The Purge. La noche de las bestias. Hay cine europeo pendiente, como el de Renoir, La gran belleza o El médico. El cine español deja algunas películas en el tintero: Alacrán enamorado, 15 años y un día, La herida, Séptimo, ¿Quién mató a Bambi?, Diamantes negros e Ismael. E incluso queda en la lista de tareas pendientes una oriental, Una familia de Tokio. Y seguro que hay muchas más que esperan ser descubiertas en algún momento o por alguna casualidad.

viernes, diciembre 27, 2013

'Caminando entre dinosaurios', más documental infantil que película

La propuesta de Caminando entre dinosaurios es chocante. Quiere ser una especie de mezcla entre un documental para niños, una versión infantil de la conocida serie documental de la que toma su título, pero al mismo tiempo quiere plantear una aventura de dibujos animados, copiando incluso un modelo utilizado por los estudios más populares de la animación de utilizar un prólogo y un epílogo de acción con un actor conocido, en este caso Karl Urban, como maestro de ceremonias. Se aproxima más a lo primero por un detalle tan original como poco efectivo: los dinosaurios no adquieren rasgos humanos en su imagen pero sí en su voz. Hablan como si fueran personas, pero sus bocas no se mueven al mismo tiempo para pronunciar esas frases. Eso, al menos desde un punto de vista adulto, descoloca bastante pero no impide disfrutar con tanta intensidad del festín visual que supone la película, aún con un 3D que, para no variar, apenas luce en unos pocos planos.

Esa viene a ser la baza central de la película, como lo era de la serie documental: ver a los dinosaurios como nunca antes se habían visto. Pero en el mundo del cine eso topa con dos adversarios complicados. Primero, obviamente, el Parque Jurásico de Steven Spielberg, auténtico punto de inflexión de la presencia de los dinosaurios en la gran pantalla para más de una generación y aún hoy un referente ineludible. Segundo, Dinosaurio, la película de Disney que, aún habiendo transcurrido ya unos cuantos años desde que se estrenara en 2000, se mantiene como un magnífico ejemplo de animación por ordenador. Por eso, lo único que sorprende de Caminando entre dinosaurios, aún admitiendo su excelencia visual, es la elección de los protagonistas, según una norma no escrita que obliga a escoger especies diferentes siempre que se haga una película sobre dinosaurios.

En todo caso, la propuesta visual es muy atractiva. La animación es buena, hasta el punto de que no es fácil discernir el salto de la imagen real del prólogo a la animada de toda la película y de ésta al epílogo. Pero lo que sorprende y complica el visionado de la película es la decisión de dotar a los animales de voces pero no de gestos humanizados. Complica al menos desde un punto de vista adulto. Quizá los más pequeños no presten atención al detalle, pero para un público que sepa apreciar en la animación la sincronización de los labios con los diálogos que está escuchando (lucha que también se da en el debate versión original-doblaje, por cierto) el hecho de que no haya ningún tipo de intento de sincronía es un problema. Y, visto desde un punto de vista industrial, probablemente es una forma de reducir el presupuesto de la película, porque así hay mucho menos que animar.

Caminando entre dinosaurios es, aunque sólo sea por este motivo, una rareza en el panorama de la animación. Que trate de captar la atención de los más pequeños desde un punto de vista más científico y documental es algo sin duda elogiable y parte de lo que hace la película más interesante. Y su historia, sencilla a más no poder, contribuye a que el foco esté puesto en conocer a los dinosaurios, mucho más que a los personajes. Es un curioso equilibro entre el documental y la historia de ficción el que intenta buscar la película, pero quizá precisamente por eso "curioso" es el término que mejor se adapta a la valoración de la cinta. Ni quita el aliento, ni termina de emocionar. Cumple con lo que promete y poco más. Pero, claro, para un niño cualquiera quizá el dinosaurio con el que mejor pueda conectar no sea precisamente el paquirrinosaurio, que es el centro las peripecias de la película. Curioso, sí.

miércoles, diciembre 25, 2013

'La vida secreta de Walter Mitty', asombroso viaje

Por Lucía Alegrete.

En los años 40, el director Norman Z. McLeod, basándose en una novela de James Thurber, estrenó La vida secreta de Walter Mitty. Era la historia de un hombre fracasado que se evade de su infeliz vida creando una realidad paralela donde sus aspiraciones se cumplen hasta que un día su suerte cambiará y comienza a conseguir sus anhelantes sueños. 65 años después, el conocido actor cómico Ben Stiller traslada la historia a nuestros días, dirigiendo y protagonizando una película que nos hará creer en el poder de la imaginación. Walter Mitty es un desdichado empleado que lleva toda la vida revelando los negativos de la prestigiosa revista Life. Todo ello parece tocar a su fin cuando se anuncia su cierre inminente, traspasando sus páginas a la edición digital. Sólo un último número más verá la luz y el encargado de la portada es el prestigioso fotógrafo Sean O´Connell (Sean Penn), quien concede la fotografía que recoge la esencia de la empresa, el negativo 25. Las cosas se tuercen cuando al llegar el envío hay un hueco en blanco, el 25. El caos y el desconcierto se apoderan del protagonista, quien decidirá perseguir por tierra, mar y aire al escurridizo fotógrafo, adentrándose en un sinfín de aventuras tan inverosímiles como espectaculares.

Hace unas semanas, la National Board of Review la nombró como una de las diez mejores películas del año. Y aunque es una afirmación demasiado categórica, es cierto que es un filme interesante, entretenido y reflexivo. La fotografía y los escenarios son excepcionales, nos sentimos como si fuéramos el propio Walter Mitty viajando alrededor del desconocido y salvaje mundo, escalando el Himalaya o luchando a muerte con tiburones en medio del océano. Es sencillo dejarse llevar por esta avalancha de paisajes sorprendentes y magníficos y embaucarse con las sorprendentes sucesos que se van aconteciendo. El problema de ello es que por momentos se ahoga en su propia artificiosidad y esplendor olvidando la verdadera esencia del filme. El despliegue de efectos, colores y medios es sorprendente, pero no es bueno abusar de ello. Lo más destacable es la originalidad y las imágenes vistosas y llamativas que se nos ofrecen, mostrando un talento artístico del director desconocido para el público. También es divertida y ligera y la acción se desarrolla velozmente.

Walter Mitty es la mejor película de Ben Stiller. Nos demuestra que no es un simple actor de comedias tontas y vacías, sino que debajo se esconde una persona con talento que puede llegar a hacer grandes cosas. Pero aún le queda un largo camino por recorrer, ya que la película sigue siendo muy imperfecta. No resulta creíble o convincente nada lo que ocurre, sobre todo porque sigue demasiado el patrón de una típica comedia americana. Los personajes son estereotipados y están trazados muy superficialmente, al igual que las relaciones entre ellos, por lo que no llegamos a empatizar con ninguno. Es más sencillo buscar la risa fácil del espectador que preocuparse por trazar una historia más real. La relación del protagonista con su compañera de trabajo (Kristen Wiig) está introducida forzosamente, por esa imperiosa necesidad de que exista siempre una pareja. El antagonista (Adam Scott) es el prepotente y calculador empresario que encarga de realizar los despidos de la empresa y también está altamente caricaturizado, mostrándose como un ser insensible al que no importa lo que suceda a la plantilla o a la propia empresa.

Este asombroso viaje del protagonista le llevará por los lugares más recónditos del planeta donde descubrirá lecciones vitales y se conocerá a sí mismo. Se nos muestra cómo con esfuerzo hasta nuestros sueños más inverosímiles se pueden tornar realidad. Con respecto a la fotografía que se corresponde con la última portada de la revista creo que es uno de los puntos más acertados y sorprendentes de la película, que le confiere un cariz nostálgico. El gran mensaje que se nos quiere transmitir ya no es sólo el poder de la imaginación sino también el drástico e imperioso progreso hacia la digitalización. La evolución tiene puntos negativos y en este caso es como la tecnología sustituye al esfuerzo humano. Personas que llevan toda una vida luchando por sacar adelante un proyecto descubren como tan rápido como se logra se desvanece, convirtiéndose en un simple recuerdo. Todos ellos son sustituidos por grandes empresarios, gente con conocimientos de economía y gestión pero que no comprenden el verdadero significado de lo que hacen. Es un homenaje a esos luchadores desconocidos a los que todo el mundo olvida, pero que sin su empeño no se habría conseguido llegar a nada.

lunes, diciembre 23, 2013

'Sobran las palabras', conmovedora comedia romántica

Por Lucía Alegrete.

Después de ver las últimas grandes producciones lanzadas al mercado, como Turbo, Séptimo o El consejero, con gran éxito pero bastante pobres de sentimiento, nos encontramos con esta pequeña y agradable sorpresa. Es la historia de amor de una pareja de divorciados cuyos respectivos hijos deben marchar inminentemente hacia la universidad. Eva (Julia Louis-Dreyfus) conoce a Albert (James Gandolfini) en una fiesta, simpatizan y acaban cenando juntos otro día. La afinidad mutua es indiscutible y la noche resulta ser muy placentera. A pesar de ello, Eva no está segura de que Albert sea su tipo ni le termina de atraer físicamente y acaba rechazándole. Sus dudas e inseguridades primeras se irán disipando poco a poco y se dará cuenta de que las cosas que comparten y el tiempo juntos es demasiado valioso. Decide no negarse esa segunda oportunidad que le ha dado la vida sólo porque no sea el prototipo de hombre ideal. Las cosas acaban funcionando entre ellos más de lo que cabría esperar, pero diversas complicaciones trastocarán la estabilidad y solidez de la relación que intentaban construir.

Nicole Holofcener crea y dirige esta emotiva película que en apariencia es una comedia romántica más pero finalmente no resulta de ese modo. Se destaca la sencillez y la manera tan espontánea de exponernos los hechos. La relación de la pareja es narrada de forma natural, sin adornos ni tapujos y la complicidad de ambos traspasa la pantalla. La trama se desarrolla sin demasiados sobresaltos ni enigmas y los sucesos que acontecen pueden resultar inverosímiles o poco creíbles. Lo que verdaderamente la hace diferente y consigue cautivarnos es la química y sencillez de la pareja protagonista. Ambos están magníficos, derrochando simpatía y dulzura en cada plano. Se resaltan valores como la importancia de la confianza en una relación, la seguridad en uno mismo y el desmontar la tendencia general de aquellos que ceden siempre a las apariencias. Nos quiere mostrar como muchas veces la edad, el físico y nuestra apariencia debería pasar a un segundo plano para poder llegar conocer a la persona que hay debajo y que, de otro modo, jamás nos interesaríamos.

James Gandolfini  nos deleita con su última actuación de una enorme y prodigiosa carrera. El aclamado actor, reconocido por representar a Tony Soprano en la mítica serie Los Soprano, falleció el pasado mes de junio, y nuestro mundo sigue de luto por perder a uno de los actores más talentosos de nuestro siglo. Una bella despedida para un enorme actor, que aquí nos demuestra una vez más su prodigiosa capacidad de alternar estilos interpretativos tan opuestos. Su naturalidad, sencillez y su magnífica aptitud de mostrarse por entero a la cámara sin adornos ni tapujos, convierte esta película en una pequeña delicia. Julia Louis-Dreyfus está encantadora y resulta convincente en las reacciones y los dilemas que le van surgiendo. Entre ambos cargan de realismo y credibilidad el metraje. Los diálogos son inteligentes y divertidos. A pesar de que sepamos los acontecimientos que se van a suceder no nos impide disfrutar de este maravilloso filme. Es una historia correctamente construida y narrada, con grandes dosis de humor ácido y sutil.

Es una comedia americana bien trazada, reivindicando un género explotado y mal utilizado en los últimos años. Estamos ya cansados de jóvenes parejas bellas y esculturales en donde todo resulta forzado y la química es impuesta por la taquilla. Actores atractivos y de moda se unen para atraer a las masas juveniles, pero en la mayor parte de los casos no nos resultan cercanos ni nos identificamos con ellos o con las contrariedades que les suceden. Chistes fáciles y situaciones extremas que extenúan a cualquier público que sobrepase la veintena. Ahí es donde radica el atractivo de Sobran las palabras. Se nos retrata una pareja corriente y casual, en la que las imperfecciones y la sinceridad de los protagonistas hacen que nos sintamos más próximos a ellos. Es cierto que no se altera ningún patrón del género ni supone un punto de ruptura pero la realidad es que resulta conmovedora y divertida. Quizás el guión debería haber sido más elaborado o suceder los hechos de manera más creíble, ya que de ese modo podría haber sido destacable. Se queda a medio camino entre ser una película recordable y una agradable comedia sobre un romance de mediana edad.

miércoles, diciembre 18, 2013

'Diana', otro fallido biopic

El biopic es un subgénero en auge en cuando a producción y ambiciosos, por los personajes a los que ha llegado, pero, por supuesto con excepciones notables, en decadencia general en cuanto a resultados. Por algún motivo, el gancho del famoso ya no funciona tan bien como debiera, por mucho esfuerzo que le pongan los actores en sus recreaciones. Diana es una muestra evidente. Se ha hablado más de ella antes de verla de lo que probablemente se volverá a hablar de ella después de que llegue a los cines. El morbo de ver sus últimos años o pasajes directamente vinculados a su muerte o el parecido de Naomi Watts con la Princesa de Gales han sido noticia. La película, por desgracia no lo es. Es un relato confuso y sin un claro objetivo de los dos últimos años de vida de Lady Di, una recopilación de imágenes reales recreadas y una historia de amor sin credibilidad en pantalla (al margen de lo que fuera en la vida real), tramposa y maniquea en muchos momentos y que quiere mostrar ecuanimidad mostrando alternativamente a Diana como lo más parecido a un ángel y como una mujer perdida, sin llegar a convencer en ninguna de las dos facetas.

La norma en este tipo de películas viene a ser dejarlas en manos de la estrella de turno, que se transforma físicamente en la persona real a la que interpreta, preferiblemente en icónicas imágenes que lleven la mente del espectador a sus propios recuerdos. A Naomi Watts, en realidad, no le queda demasiado margen para hacer un trabajo propio. Oliver Hirschbiegel, director del filme que confirma su decadencia desde que sorprendiera con la fascinante El hundimiento y confundiera con Invasión, su desembarco en Hollywood, basa una parte importante de la película en la foto fija, en la famosa entrevista a la BBC, en el vídeo de seguridad que se recuerda como la última imagen de Lady Di con vida, en los vestidos que usó, en sus discursos. Imágenes que quien conociera a Diana tiene en la cabeza. Y todo arranca con la absurda estrategia de ocultar durante unos minutos el rostro de Naomi Watts, como si el cartel y las fotos promocionales no hubieran impedido ya sorpresa alguna en ese apartado.

Watts es una actriz espléndida, pero con esos mimbres será difícil que se recuerde este trabajo más allá de que supone personificar a una de las mujeres más famosas del último cuarto del siglo XX. Y es que la película no hace justicia a la leyenda ni hay nada en ella, desde el punto de vista cinematográfico, que justifique tanta expectación. Podría haber sido un relato sobre la historia de amor prohibida de Lady Di, pero éste queda en pantalla sumamente artificial y no llega a conseguir el interés necesario. Podría haberse volcado también en la faceta humanitaria de la Princesa de Gales, pero estos aspectos quedan más destacados por protagonizar los rótulos de texto con los que finaliza el filme que por los escasos minutos que se lleva en pantalla (y en los que la adoración por Lady Di alcanza tintes excesivos). Y podría haber sido una reflexión sobre el papel de los paparazzis en la vida y en la muerte de Diana, pero estos elementos apenas se esbozan e incluso no suenan coherentes a lo largo de la película. Quiere ser las tres cosas y se pierde en la misma neblina que aparece en una de las escenas del filme.

Diana tiene el problema de ofrecer nada realmente trascendente, y tener una estética propia de un telefilme más que de una producción cinematográfica. No cuenta con un guión compensado, sino que éste se limita a ir tocando temas alternativamente, sin destino y sin propósito claro. Ni siquiera en los momentos que tendrían que ser verdaderamente emocionantes, como el improvisado memorial de flores que la gente erigió junto al Palacio de Buckingham, llega a conmover tanto como debiera. Y así, el esfuerzo de Naomi Watts de personificar a Lady Di es algo vacío e intrascendente, olvidable e incluso discutible desde el punto de vista de un ferviente admirador del personaje real, porque su retrato es en demasiadas ocasiones esa bala perdida de la que se habla en la película, pero no precisamente por su rebeldía frente a la Corona británica. Una lástima el estado del biopic como subgénero, porque la personificación de un personaje querido está dejando de conducir a películas interesantes.

lunes, diciembre 16, 2013

'El hobbit. La desolación de Smaug', ¿puede ser una película tan buena y cabrear tanto al mismo tiempo?

La pregunta que deja en el aire la segunda entrega de El hobbit, La desolación de Smaug es clara. ¿Puede ser una película tan buena en algunas cosas y cabrear tanto al mismo tiempo incluso por más motivos? Peter Jackson ha dado con la fórmula ideal para que reine la sensación de que ha superado ampliamente la floja primera entrega de esta nueva trilogía y de que ha superado barreras que nadie va a superar en mucho tiempo, pero, de la misma manera, deje la sensación de que hace tiempo que dejó de entender lo que supone hacer cine. Es, no podía ser de otra manera, un mastodóntico ejercicio de fantasía y aventura, con escenas más y menos logradas. Pero también es un problema como película, porque destruye por completo la importancia del clímax para supeditarlo al formato que le exige la absurda decisión de rodar tres películas de este libro de Tolkien para vender más entradas y blu-rays de versiones cinematográficas y extendidas. Cabrea eso, la megalomanía que le lleva a estirar sin medida sus películas de la Tierra Media. Mucho. Y así, cabreado pero aún con la boca abierta, es como se sale del cine.

Ya desde su concepción, era palpable el error de hacer tres películas de un libro que ni se acerca a la extensión de uno solo de los volúmenes de El Señor de los Anillos. Los 169 minutos de Un viaje inesperado lo mostraron. Los 161 de La desolación de Smaug lo evidencian con mucha más claridad. Y si ya es grave en bastantes momentos de la película, lo verdaderamente desolador de esta segunda entrega es la constatación de que Perter Jackson no ha entendido el sentido de un clímax cinematográfico, entregándose a una maquinaria comercial con muchas más ganas que al puro cine que respiraba en el crescendo brutal y maravillosamente estructurado de El Señor de los Anillos. El ritmo depende aquí, simplemente, de la concatenación de escenas de espectáculo, algunas directamente extraídas de un videojuego (la de los toneles, con unos exageradísimos efectos visuales que están lejos de ser tan precisos como los de la trilogía original por mucho ordenador que gasten) y otras forzadas por el deseo de crear inexplicables escenas nuevas ausentes del libro (se lleva la palma el forzadísimo protagonismo, sí, protagonismo, de Legolas).

A Peter Jackson se le ha ido claramente la mano. Ha privado a sus películas de elipsis y ha decidido que la única forma de hacer escenas de acción, al menos así lo muestra durante buena parte del metraje de esta segunda entrega, es sobrecargar los planos y mover la cámara más que nunca, intentando no cortar el plano (en la senda marcada por Los Vengadores, pero descontroladamente). Pero, aún más, ha llevado su peligrosa costumbre de añadir y añadir escenas a un punto de no retorno en el que incluso altera algunos de los logros de El Señor de los Anillos. Del mismo modo, el preciso uso de cada personaje en la trilogía original salta aquí por los aires de la forma más sorprendente, dejando el cartel de la película como una trampa más, una en la que el conocedor de la novela, en todo caso, no caerá. Lo que tenía de grandioso El Señor de los Anillos era que formaba un conjunto espectacular pero, al mismo tiempo, cada película tenía una personalidad propia (algo que, por ejemplo, también se veía en la música de Howard Shore, aquí mejor que en la primera de El hobbit). Pero aquí, más que película, tenemos un producto por piezas.

¿Y qué es lo bueno? La hora final. Es ahí donde la emoción que reinaba en toda la trilogía de El Señor de los Anillos encuentran el eco que cabía esperar, incluso en escenas que no tienen ningún sentido en la adaptación (Tauriel, la elfa que interpreta grácilmante Evangeline Lilly domina esa faceta). Es ahí donde Martin Freeman vuelve a mostrar que es un Bilbo espléndido, por mucho que el título de El hobbit no haga justicia al poco tiempo que pasa en la pantalla, y encabezando un buen reparto en el que siempre destaca Ian McKellen. Y es ahí donde sale Smaug, el dragón. Hay que decir con rotunda claridad que jamás se ha visto un dragón que desprenda tanto poder y maldad en una pantalla de cine. Es el mejor de la historia y es lo que obliga, una vez más, a insistir en la importancia de ver el cine en versión original, porque le pone voz un Benedict Cumberbacht colosal. Smaug es un prodigio, como en su día lo fue Gollum en Las dos torres y justifica por sí solo el pago de la entrada. Ahí Peter Jackson demuestra que saber hacer grandes películas. Pero cabrea y mucho. Más aún con la forma en que acaba la película. Y ahora otro año de espera.

viernes, diciembre 13, 2013

'12 años de esclavitud' y 134 minutos de puro y emocionante cine

Las películas con pretensión de ser las definitivas sobre un tema despiertan alertas, conscientes o inconscientes. Los elogios casi unánimes, también. En 12 años de esclavitud se juntaban ambas circunstancias. Y después de asistir a sus 134 minutos de puro y emocionante cine, cabe decir que no hay temor posible: es una película extraordinaria, compleja y emocionante, un prodigioso retrato sobre un episodio oscuro y personal de la historia norteamericana, por lo emocional y por lo cinematográfico, con actuaciones sensacionales e incontables secuencias que merecen el aplauso incondicional. Es, efectivamente, la película definitiva sobre la esclavitud. Puede que no la única, pero sí una que merece estar en ese grupo porque sabe esquivar todos los problemas que encierra un proyecto como éste con una categoría descomunal, llevando al espectador a un estado emocional tan intenso y duro como impagable, y en el que no sobra nada. Qué maravilla.

Lo que narra 12 años de esclavitud es una odisea vital, la de un hombre negro y libre que, de repente, se ve convertido en un esclavo. Sin derechos, sin nombre, sin dignidad, sin vida. Es una estructura común en el cine contemporáneo la de seguir a un mismo personaje más o menos anónimo a través de un periodo largo de tiempo en un viaje tan dramático como éste para narrar un drama más grande que el suyo personal, pero Steve McQueen, el autor de la sorprendente Shame, sabe sacar partido a ese camino. Con algún leve fallo de continuidad o algún elemento mejorable en las elipsis, si se quiere, pero con una brillantez rotunda. Es el reflejo contemporáneo a los logros de Steven Spielberg en la infravalorada Amistad, una película que optó por otros caminos menos crudos y más poéticos. Los de McQueen son violentos y realistas, puñetazos que van directos al estómago del espectador para que pierda el aliento con Solomon Northup en su continua vejación. Son caminos sencillamente impresionantes a todos los niveles.

Y es que para una película así son imprescindibles dos elementos complementarios, y 12 años de esclavitud consigue sobresalir en los dos. El primero es un resultado interpretativo de primer nivel, que encabezan Chiwetel Ejiofor con incontables matices en su trabajo y Michael Fassbender con un retrato violento y sádico casi perfecto para un esclavista convencido, pero están secundados con una maestría elogiable por Benedict Cumberbacht o Paul Giamatti, en un breve pero crucial papel, como breve es la presencia de un Brad Pitt acostumbrado ya tanto a papeles protagonistas como a apariciones tan atractivas como mínimas en películas de renombre. El segundo, una puesta en escena absolutamente formidable, y eso es mérito indudable de McQueen, que juega a su antojo con los planos, con las luces y las sombras (sensacional trabajo de fotografía de Sean Bobbitt) o con la música (prodigioso Hans Zimmer, incluso en momentos pura y arriesgadamente experimentales).

McQueen, apoyado en un reparto de lujo, consigue impresionar y emocionar de tantas maneras diferentes que es imposible enumerarlas todas en una crítica, pero es de justicia afirmar que imparte todo un curso de cine. Desde la escena en la que Solomon es apaleado ya como esclavo hasta el formidable clímax emocional que le coloca con el látigo en la mano, pasando por sus intentos de huida, su enfrentamiento con un capataz, su discusión sobre el recuerdo de sus hijos. Todo encaja en un cuadro complejo y sin cortapisas, en el que los secundarios juegan un papel terriblemente relevante para el conjunto de la historia, pero no como distracción sino para engrandecer el resultado final hasta unos niveles extraordinarios. 12 años de esclavitud es una de esas películas memorables que no sólo desmienten aquello de que ya no se hace buen cine, sino que dejan el espectador inmóvil en su butaca, padeciendo con el sufrimiento humano que plasma en la pantalla y, al mismo tiempo, deseoso de vitorear el resultado final en cuando se asume la crudeza de su descomunal relato.

miércoles, diciembre 11, 2013

'Le Week-End', hermoso pero incompleto retrato del amor maduro

Le Week-End se queda a un paso de ser una película verdaderamente hermosa, aunque lo que muestra alcanza esa categoría en muchos momentos. Nick y Meg, Jim Broadbent y Lindsay Duncan, son un matrimonio maduro que se va a pasar un fin de semana a París para celebrar su trigésimo aniversario. Y allí viven un emocionante carrusel de emociones, algunas alegres y otras tristes, unas que conforman un precioso canto a la vida y otras propias de un auténtico drama. Hasta ahí, todo es más que correcto, brillante a veces. Pero para convertirse en una reflexión completa, le falta una conclusión. A pesar de que el final de la película tiene un inevitable sabor a conclusión, no es fácil discernir dónde acaba realmente la historia. Le falta coronar todo lo que ha ido proponiendo a lo largo de la hora y media que dura. Es un retrato incompleto del amor maduro, a pesar del enorme esfuerzo de condensar dos vidas en un fin de semana y 90 minutos.

Hay mucha sinceridad en Le Week-End. Se nota en los diálogos, en el guión, en la historia, en las actuaciones de Broadbent y Duncan. Prácticamente en todo. Y eso genera una completa empatía con la pareja protagonista a lo largo de su fin de semana en París, que es lo que se cuenta en la película, sin flashbacks ni distracciones. Nos divertimos con ellos, sufrimos con ellos, nos emocionamos con ellos. Eso es, indudablemente, lo mejor que se puede decir de una película como ésta, tan centrada en las emociones de sus dos personajes protagonistas. Y no es sólo el trabajo de los dos actores, también el guión les proporciona buenas herramientas con las que defenderse, escenas muy intensas, diálogos muy conseguidos. Y sobre todo la sensación de que detrás de la película hay efectivamente treinta años de matrimonio. Parece un logro sencillo de conseguir, pero no lo es.

Sin embargo, y a pesar de que Le Week-End es una tragicomedia notable por momentos, hay una sensación al final de que falta algo. De que no hay una conclusión, un objetivo real para la película. ¿Qué hay más allá de ese fin de semana? ¿En qué momento quedan los personajes después del epílogo, después de la gamberrada final con la que coronan el viaje, después de la terriblemente intensa escena de la cena en casa de Morgan (Jeff Goldblum), un viejo amigo de Nick que han encontrado por casualidad en París? Eso no está en la película, no se intuye con la misma facilidad que todo lo anterior. Se pueden sacar conclusiones, por supuesto, y seguramente cada espectador podrá tener una opinión sobre lo redonda y cerrada que queda la película con lo que efectivamente se ofrece. Pero la sensación de que falta algo es suficientemente importante como para no notarlo, más aún porque en la búsqueda del retrato casi perfecto del amor maduro que es la película ha ido dejando las preguntas que quedan sin responder.

Con esos elementos, no cabe duda de que el juicio a Le Week-End es positivo. Es una película hermosa, emocional y sobre todo sincera, que engancha desde el corazón, que sabe introducir dosis de humor y de drama y que se sustenta en dos actores excepcionales, sobre todo Broadbent. Y deja a Goldblum luciendo como secundario, las escenas de la cena o la última en el hotel, conversaciones deliciosas sobre el amor y los miedos, además de una hermosa postal de París (demostrando así Mitchell que, sí, se puede hacer una postal de una ciudad sin necesidad de quedarse ahí). Pero falta la guinda. Falta lo que habría convertido Le Week-End en una película referencial al menos de los temas que trata. Aún sin ella, un precioso ejercicio de cine emocional, contenido (93 minutos) y muy bien construido.

lunes, diciembre 09, 2013

'Carrie', sería buena si no fuera 'Carrie'

Carrie es una de esas películas que hacen ver el problema con absoluta claridad. El problema no es el remake, sino el motivo por el que se hace el remake. Carrie, la nueva versión de Kimberly Peirce, se hace porque por desgracia las audiencias contemporáneas no se acercarían a la película que hizo Brian De Palma en 1976 basada en la novela de Stephen King porque la ven demasiado antigua y el público, al parecer, ya no sabe contextualizar. Así que Hollywood hace un remake con un guión casi calcado, con las evidentes modificaciones propias de la época (con vídeos grabados con móviles o escotes más pronunciados en el vestuario cotidiano de las chicas de instituto, por ejemplo), para satisfacer al público más vago y poco exigente. Y, ojo, Carrie, la nueva, sería una buena película si no fuera Carrie. Pero los estudios no arriesgarían con una propuesta original. Saben que la marca vende, que el remake atraerá a algún nostálgico del título original y a muchos seguidores del escritor. Así se llegan a conclusiones preocupantes sobre el estado del cine actual.

Para quien haya visto la película de De Palma, la de Peirce (responsable hace más de una década de Boys Don't Cry) no esconde apenas ninguna sorpresa. Algo más de casquería y de carne, algo más de sangre y violencia explícita, sin duda. Pero nada exagerado o impropio de una película de este tiempo. De hecho, Carrie no llega a alcanzar en ningún momento el estatus de película de terror. Eso, ojo, no es bueno ni malo en sí mismo, pero conviene aclararlo para que no haya equívocos entre los espectadores. Carrie es más bien un relato sobrenatural e inquietante, con tintes fantásticos, pero terror en realidad no es la palabra para definirlo. Y se pierde completamente esa noción cuando se comprende que el remake pierde toda la sutileza que podría haber aumentado la fascinación del género. La protagonista tiene poderes y los utiliza desde el comienzo de la película, hasta el punto de que hay momentos en los que casi parece sacar algunas escenas de cualquier película de los X-Men.

Así que lo que ofrece este remake es la reintepretación actoral de los personajes clásicos. Chlöe Grace Moretz es una actriz terriblemente carismática, y hace suyo el papel con una enorme facilidad. no es fácil, porque es complicado admirar en ella el patito feo del instituto que en realidad ha de ser Carrie. Y le sienta muy bien precisamente que no sea un relato de terror, porque donde más convence es en las escenas más humanas e íntimas, donde se muestra como una adolescente diferente que, en realidad, sólo quiere ser una más. Peirce, de hecho, se vuelca en ella, le da un aura sumamente atractiva, muchos primeros planos y los mejores momentos de su trabajo. Julianne Moore como la madre de Carrie y Judy Greer como su profesora de educación física (la mejor y más apreciable diferencia con respecto al filme de 1976) añade al reparto el toque de clase que los chavales más jóvenes no consiguen dar.

¿Es Carrie una mala película? La verdad es que no. Es un filme rodado con mucha solvencia, una interesante historia sobre una niña que se hace mujer en unas circunstancias muy especiales, con una madre posesiva y fanática religiosa, en un entorno en el que nunca podrá encajar y desarrollando poderes telequinéticos (ampliados en la película de forma innecesaria en algunos momentos). Todo eso está razonablemente bien construido y explicado y la película se deja ver con mucha facilidad. Pero juega en su contra el hecho de que sea un remake y la explicación subyacente a su producción. Y no es una crítica directa a la imparable proliferación de remakes, que en sí mismos no tienen por qué tener nada malo. Para rehacer algo se pueden buscar nuevos ángulos, nuevas formas de contar incluso la misma historia o simplemente elementos que lleven a otras conclusiones. Carrie va a lo seguro, al desarrollo emocional en la primera mitad y a la conocida orgía sangrienta en su clímax. Pero no tiene la suficiente originalidad como para sobresalir.

sábado, diciembre 07, 2013

'Plan de escape', Schwarzenegger y Stallone han perdido la vergüenza

Ahora queda meridianamente claro que Los mercenarios y, sobre todo, su secuela, eran un aviso a navegantes: Arnold Schwarzenegger y Sylvester Stallone han perdido por completo la vergüenza. Ya les da igual rodar lo que sea con tal de pasar ellos un rato divertido. Sólo así se puede explicar Plan de escape, un triste remedo de los palomiteros ejercicios de acción de los años 80 que ellos mismos protagonizaron, en el que todo suena absolutamente artificial e inverosímil, en el que no hay ni una sola escena que no parezca mal hecha o imposible de creer, con unos diálogos lamentables, una ausencia de explicaciones sencillamente brutal, y unas justificaciones delirantes a todo cuanto acontece en la película. Es uno de los filmes que más desafían la credibilidad en todos los sentidos de los últimos años, y lo que resulta complicado discernir es si el motivo está en la inconsciencia o en la estupidez. Pero, qué demonios, son Arnie y Sly y parece que todo vale con ellos.

Por motivos que no vienen al caso y que, además, arruinarían la primera secuencia de la película, los personajes de Stallone y Schwarzenegger acaban juntos en una prisión supersecreta y privada, cuya ubicación la desconoce todo el mundo y de la que aparentemente nadie ha escapado. Con esta premisa, que parece una delirante mezcla entre Old Boy, Tango y Cash y Fuga de Alcatraz, se justifica la auténtica y probablemente única pretensión de la película, reunir otra vez más a estas dos viejas glorias del cine de acción, que están siguiendo unas carreras sumamente extrañas en los últimos tiempos. Y es que ni estamos ya en los años 80 ni este cine que con tantas ansias quiere emular a aquel está hecho con el mismo cariño, cuidado, desenfreno y acierto que el de entonces. Porque Plan de escape, producida en 1986, habría sido una producción de lo peor de Cannon. Verlo de otra forma es ser innecesariamente indulgente con el filme de Mikael Hafstrom, director de El rito.

Para disfrutar de Plan de escape hay que desconectar el cerebro por completo. De otra forma, resulta difícil de comprender. Porque se pueden pasar por alto las incontables incongruencias que hay en la trama, los terribles diálogos, las más que fallidas alusiones a la actualidad (Blackwater, Guantánamo... y ojo al papel de ese preso que reza a Alá) o las pésimas actuaciones de sus dos protagonistas (especialmente de Schwarzenegger, que parece haber olvidado el carisma en pantalla que sí tenía antes de dedicarse a la política), del malo de la función (pasadísimo Jim Caviezel) y de secundarios ilustres (un Sam Neill perdido, un Vincent D'Onofrio sencillamente extraño, o un Vinnie Jones... que sigue siendo Vinnie Jones, un ex futbolista de los leñeros). ¿Pero todo junto? Todo junto obliga a asimilar estos 115 minutos de película, que tampoco en eso hay mucha contención, como una enorme broma sin gracia para el espectador y con la que sus responsables seguro que se lo han pasado de maravilla.

Y es que Plan de escape es terrible, sin medias tintas. Quizá en eso resida su gracia, en verla y comparar lo que son ahora mismo las estrellas de acción de los años 80, añorados cada vez con más razón si cosas como ésta son las que llaman la atención de las figuras de entonces. Desde luego, no estamos ante una película para los que disfrutan de la lógica, incluso en el habitualmente ilógico cine de acción, porque en cada escena hay incontables elementos que la arruinarían dentro de cualquier otra título. Pero, claro, cuando llega el momento en el que Stallone le pide a Schwarzenegger que sonría a la cámara y éste lo hace, y de qué manera, se llega la inevitable conclusión con la que empezaban estas líneas: las otrora admiradas estrellas del cine de acción han perdido la vergüenza. Y con ella, lo que sí funcionaba hace unos cuantos años. Claro que dentro de nada llega Los mercernarios 3 y seguro que todo puede empeorar.

jueves, diciembre 05, 2013

'3 bodas de más', demasiado gag

Javier Ruiz Caldera, responsable de Spanish Movie y Promoción fantasma, es el último director en sumarse al trillado mundo de las comedias sobre bodas. La originalidad del director en 3 bodas de más, que así se titular el filme, se centra en llevar las situaciones al exceso más propio del humor patrio y a lanzarse de cabeza al gag como forma de construir la película. Hay historia detrás de esos gags, menos probablemente de lo que hubiera sido necesario para que la película despegara por encima de la norma habitual en este tipo de producciones. Y el gag lleva irremediablemente a la irregularidad. Los hay muy buenos y también algo más fallidos, los hay escatológicos (parece que no se puede hacer una comedia en nuestros días sin alguno de estos) y sexuales (aquí, por su temática, con algo más de sentido que en otras películas). Pero sobre todo hay mucho, demasiado gag. Y eso devora por momentos la historia, que, en su sencillez, llama más la atención en algunas escenas que el gag puntual.

Eso es porque Inma Cuesta está más cómoda en la historia que en el gag. El gag llega de la larga lista de secundarios, cómicos profesionales como es el caso de Berto Romero o Paco León (que con su acento va recordando y olvidando alternativamente el pretendido origen vasco de su personaje), y actores de marcada vis cómica como Quim Gutiérrez o Rossy De Palma. Llega también del guión, de la variopinta selección de bodas que aporta a la trama, pero sobre todo de los actores. Y aunque Inma Cuesta descubre sus posibilidades en el mundo de la comedia, se intuye más comodidad en su papel cuando hay elementos realistas con los que trabajar. Y en realidad en la película importa más el desarrollo de su personalidad, apocada y asertiva (como queda de manifiesto en la primera escena del filme y en algunas de las secuencias con Martín Rivas), que el gag. Pero el gag domina y lo otro, lo que podría marcar la diferencia, apenas queda bosquejado en algunas escenas. Poco para lo que podría haber dado de sí.

Como el gag manda, el resultado final de la película queda más supeditado que nunca a la conexión entre las bromas y el sentido del humor de cada espectador. En general, el resultado es satisfactoriamente divertido y para algunos puede ser incluso tronchante por momentos. Es una comedia muy de su época, la actual, y probablemente también muy de su país, España. Con esas señas, es fácil que cada espectador sepa si va a disfrutarla, independientemente del encaje que tenga cada escena o personaje en la película. Las dudas sobre ese encaje quizá queden de manifiesto con mucha claridad en el papel de Rossy De Palma. ¿Divertido? En general, sí. ¿Necesario? Eso es más complicado de afirmar. Para el lucimiento personal suyo, sí, y probablemente las risas estén aseguradas con su presencia, pero realmente las suyas son escenas algo desconectadas de la película, y no son las únicas. Esa es la irregularidad que se desprende de la dependencia del gag, que es claramente la apuesta de la película.

Esa, y el buen rollo predominante. 3 bodas de más es una película muy limpia y clara, nada truculenta, con una protagonista femenina que es a la vez heroína y damisela en apuros, tratando de encontrar su sitio en el complicado mundo del amor Y por todo eso, el entretenimiento parece asegurado, máxime si nos concentramos en los momentos cómicos que mejor funcionan y pasamos de puntillas por alguna torpeza más o menos evidente del guión (por ejemplo, la absurda manera en la que se introduce en la historia la tercera de las bodas). No es una reflexión tan profunda como se podría haber conseguido sobre el amor, la soledad y la dependencia porque quiere detenerse en la anécdota de las bodas, y no consigue escenas tan memorables como le habría gustado (como el final o la boda surfera), pero, con todo, entretiene. Eso sí, conviene lanzar una dura reprimenda a quien ha montado trailers, anuncios y avances. El mejor gag de la película (junto con el epílogo del filme), hacia el final, completamente reventado gracias al márketing. Qué se le va a hacer.

(A título personal, añado una nota más. En la película aparece esta canción de Niccó, una artista a la que adoro profesional y personalmente, y a la que le doy la enhorabuena por este pasito)

lunes, diciembre 02, 2013

'El consejero', el Ridley Scott más pretencioso y monótono

Ridley Scott viene siendo un saco de boxeo en el que la crítica ha descargado muchos golpes durante bastante tiempo. Algunos con razón, pero probablemente muchos desmedidos, eliminando el valor que tiene el trabajo de un espléndido artesano, un sensacional operador de cámara, un inteligente montador y un creador de mundos que, realistas o no, suelen ser sumamente entretenidos. Sin embargo, poco de eso se puede ver en El consejero. Poco o prácticamente nada, en realidad. Queda algo de ese tipo que tan bien sabe rodar, pero es mayúscula la sorpresa de ver una película firmada por Ridley Scott que es aburrida durante buena parte de su metraje, especialmente en una primera media hora que sólo puede calificarse de pretenciosa, con unos diálogos rimbombantes, procedentes del guión de Cormac McCarthy, el primero que escribe para la gran pantalla, y que se pierden en escenas superfluas o redundantes, en una película larga (con sus 117 minutos) y monótona que ni siquiera el gran trabajo de Michael Fassbender consigue salvar.

Sobre todo por Fassbender pero también por algún otro detalle más se puede decir que la película no es un desastre, pero visto desde los ojos de un admirador del cine de Ridley Scott es imposible esconder la amplia diferencia que hay entre esta película y sus grandes espectáculos de los últimos años (incluso el tan denostado Robin Hood, una película bastante reivindicable, o en Prometheus, que compensó un guión lleno de agujeros con una fuerza visual deslumbrante). En Un buen año, probablemente su película más floja en este siglo, que arrancó con la majestuosa Gladiator, al menos se intuía el deseo de disfrutar de un rodaje y una historia, por floja que fuera. Pero aquí, teniendo en cuenta que lo mejor de ese intérprete que probablemente no sepa actuar mal llamado Michael Fassbender llega en el tramo final de la película, que las escenas mejor rodadas por Scott están precisamente en ese tramo, y que dentro de la maraña de frases recargadas y pretendidamente profundas de McCarthy no hay una verdaderamente irónica y divertida hasta los tres cuartos de hora de metraje, es difícil agarrarse a lo bueno.

Cuando todo eso llega, uno se está haciendo ya desde mucho tiempo atrás la misma pregunta que el camarero mexicano que no entiende una de esas frases ampulosas, una de las que le toca a Fassbender, y a la que responde con un inocente y sincero "¿cómo?", que en realidad describe a la perfección la sensación que puede llegar a tener el espectador durante toda la película. Y se puede decir que la historia era prometedora y podría haber desembocado en una de esas películas fronterizas que abordan desde una visión oscura el mundo del crimen y el narcotráfico. Pero hay tantos momentos que no encajan, sobre todo en esa primera media hora, un lastre insuperable para el resto del filme, que cabe preguntarse cuál era el objetivo real de la película. ¿El escándalo con las dos escenas de sexo, que en realidad uno no sabe muy bien qué pintan en la trama? ¿El divertimento de reunir a un reparto que ofrece una irregularidad absoluta (desde el gran papel de Fassbender hasta la desorientación absoluta de Penélope Cruz, pasando por la fácil extravagancia de Bardem, un agradable pero escaso Brad Pitt o la mirada impasible de Cameron Díaz)?

A El consejero (en realidad tendría que haber sido El abogado, pero esto de modificar títulos en España es lo que tiene...) le sobran metraje y pretenciosidad. Este es un mal que se puede achacar a las historias de Cormac McCarthy en la gran pantalla, desde la sobrevalorada No es país para viejos (como ésta, otra en la que Bardem luce sin demasiado motivo un peinado extravagante) hasta la no tan conseguida La carretera, y que aquí consigue arrastrar a un Ridley Scott mucho más plano que de costumbre. Y no, no se trata de que el salto al realismo corte las alas de un realizador visualmente extraordinario cuando se trata de filmar universos de aventuras, fantasía o ciencia ficción, porque en Red de mentiras, Black Hawk derribado (y no necesariamente en sus escenas más brutales de guerra) o American Gansgter hay cine puro. Y de eso hay más bien poco en El consejero. Algo hay, pero más allá de la evidencia de Fassbender hay que rascar muchísimo para encontrarlo.

viernes, noviembre 29, 2013

'Frozen', nadie hace cine Disney como Disney

Frozen. El reino del hielo deja una conclusión clara y contundente: nadie hace cine Disney como Disney. Parece una obviedad y seguramente lo es, pero el drama llegó cuando Disney dejó de saberlo y se puso a hacer otras cosas durante unos años. Pero cuando el estudio ha decidido volver a sus orígenes no sólo se ha reencontrado a sí mismo sino que ha dado con la fórmula para convencer a los niños de hoy con lo de siempre, en realidad. Frozen es puro Disney: magia, princesas, diversión y canciones. Puro algodón de azúcar para los más pequeños, si se quiere. Pero un algodón de azúcar que nadie sabe hacer mejor que Disney. Enredados fue un claro aviso de las ganas de recuperar la esencia de su cine, sin duda actualizándolo a tiempos más modernos, pero sumando a su leyenda, no buscando nuevos caminos. Y Frozen es la confirmación definitiva y como tal hay que saludarla: Disney ha vuelto. Y ha vuelto exactamente con lo que tiene que ser, el mejor cine de fantasía para los más pequeños que se puede ver hoy en día.

Ese objetivo lo ha conseguido Disney siempre con tres pilares básicos, y Frozen los respeta con una facilidad apabullante. El primero es la historia. Sin un buen cuento de hadas, es imposible hacer una película como esta. Frozen lo tiene. Y lo que es mejor, lo adapta a las mil maravillas para que la historia sea a la vez tan clásica en algunos aspectos como moderna en otros. El segundo, los personajes, carismáticos y muy bien construidos y que cubran todas las necesidades de la película. No basta con que funcione el personaje principal, en este caso la princesa Anna, o su hermana mayor, Elsa, la reina que se pretende coronar durante la película, o los dos principales papeles masculinos, Hans, el príncipe extranjero que busca la mano de Anna, o Kristoff, un hombre de las montañas solitario que acaba embarcado en la aventura de la princesa sin comerlo ni beberlo. También los secundarios son importantes. Y sí, está el animal de siempre, en este caso un reno, Sven, pero sobre destaca Olaf, un muñeco de nieve con vida propia que se convierte, con facilidad, en uno de los mejores secundarios cómicos del Disney más reciente.

Y el tercer elemento esencial es el conjunto audiovisual, la luz y el color, la imagen y el sonido. No es que sea uno de los musicales más magníficamente conseguidos de Disney (o que el musical tenga el mismo tirón como género de hace unos años), pero tiene tan claro que el referente ha de ser La Bella y la Bestia y las composiciones con las que Alan Menken arrasaba año tras año en los Oscar, que es imposible no reconocer sus esfuerzos. Ojo, eso sí, al primer número musical, Do You Want to Build a Snowman?, absolutamente maravilloso y con una fuerza narrativa inmensa. En cuanto a la imagen, Disney ha entendido por fin que no necesita llegar a la prodigiosa excelencia en la animación de Pixar para superar a su ahora compañía hermana. Frozen es deslumbrante, en diseños y en animación, pero en lo segundo se nota algún peldaño por debajo, por ejemplo, de lo que se veía en Brave. Y no importa en absoluto porque el conjunto es precioso y divertido, con buenas escenas de acción, con mucho amor y con incontables elementos de la fantasía que hace las delicias de los más pequeños... y de los no tan pequeños.

Disney es lo que es y triunfa precisamente porque no engaña a nadie. Frozen es un paso más dentro de la mitología del estudio, uno agradecido porque es una de esas películas que sí se merece el calificativo instantáneo de clásico Disney que  la compañía aplicaba por sistema a todos sus títulos cuando los sacaba en vídeo. Este lo es desde ya, porque todo lo bueno que tiene es muy bueno y los detalles mejorables casi pasan inadvertidos, siendo deliciosa para niños y para adultos. Dos detalles más para acabar. El primero, que no se puede llegar tarde a la sala, porque la película llega precedida de un corto portentoso y rebosante de imaginación, Get a Horse!, sobre el que casi es mejor no saber nada más que está protagonizado por Mickey Mouse 85 años después de su primera aparición en el cine. Y el segundo, que hay escena al final de los créditos, un pequeño guiño cómico que no es necesario para entender la película y que es muy poco premio para los valientes que consigan aguantar a los niños más pequeños durante más de cinco minutos leyendo rótulos.

lunes, noviembre 25, 2013

'Una familia de Tokio', maravillosa adaptación de un clásico

Por Lucía Alegrete.

El consolidado y veterano director japonés Yôji Yamada se atreve a dirigir la adaptación del gran clásico de Yasujirô Ozu, Cuentos de Tokio (1953), sesenta años después de su estreno. A pesar de los riesgos y reprobaciones a los que se podía enfrentar y sobre todo la inquietud que embargaba a los más puritanos cuando escucharon que se iba a realizar un remake del filme, ya que ésta es considerada una obra cumbre no sólo del cine nipón sino a nivel mundial, la jugada le ha salido perfecta. Yamada ha sabido plasmar magníficamente las intenciones y anhelos del grandísimo cineasta, a quien le rinde un homenaje maravilloso para conmemorar los cincuenta años de su muerte. La gran dificultad residía en conseguir trasladarla a nuestros días sin perder la esencia con la que se creó, y esto se han solventado con maestría. Las buenas críticas y alabanzas a un filme, tan conmovedor como sincero, no se han hecho esperar, como quedó patente en la pasada Seminci de Valladolid, donde cautivo tanto a público como a prensa y consiguió alzarse con la Espiga de Oro.

Una familia de Tokio nos cuenta la historia de un matrimonio anciano, Shukichi Hirayama (Isao Hashizume) y su esposa, Tomiko (Kazuko Yoshiyuki), quienes mantienen una apacible y tranquila vida en su pequeño pueblo isleño, pero se dirigen a Tokio a pasar unos días junto a sus tres hijos establecidos allí. A pesar del rechazo y desasosiego que les produce la gran ciudad, tratarán de adecuarse para poder disfrutar de la compañía de los suyos. Esto no resulta tan sencillo ya que todos tienen sus obligaciones y responsabilidades, el mayor (Masahiko Nishimura) es el que ha salido más triunfal, ya que es director de un hospital en el centro de la capital, la mediana (Yui Natsukawa) es propietaria de un salón de belleza, y el pequeño (Satoshi Tsumabuki) es el alma errante y perdida de la familia, que ahora se halla decorando escenarios teatrales, pero al que le aguarda un futuro incierto y dudoso por delante. A partir de ese momento nos enfrentaremos a sentimientos tan fuertes como la decepción, la culpabilidad o la soledad de una familia en apariencia unida y próspera.

Con pasión y detalle se nos cuenta esta historia universal, un drama familiar que no entiende de épocas, culturas o edades. Todas las escenas están realizadas con esmero y cuidando enormemente los detalles, lo que le concierne al conjunto una veracidad indecible, todo fluye con una elegancia y sobriedad únicas. Cada personaje está enormemente conseguido y a partir de sus silencios podemos desentrañar sus inquietudes y miedos más recónditos. También podemos acercarnos a ese gran drama que supone la vejez y el progresivo abandono filial con el que deben lidiar todos los padres, pasar a aceptar que ahora son ellos los que deben depender de otros. El egoísmo, la ambición y sobre todo la ingratitud son los grandes pilares que parecen sustentar a los hijos cuando logran alcanzar la anhelada emancipación, y los progenitores se parecen dividir entre el orgullo y la decepción. Tristemente todos nos sentimos identificados con alguno de los protagonistas y sus circunstancias concretas, ahí reside el gran poder de la película para emocionar y cautivar al público.

La película está adaptada a los problemas de nuestro tiempo sin perder la elegancia clásica: donde Ozu quiso resaltar las nefastas consecuencias que había dejado la gran guerra y la rápida conversión occidental de Japón, Yamada se ha centrado en mostrarnos un país que camina sin rumbo, sumido desde hace años en una fuerte crisis económica y social. Todo ello es interpretado por un gran elenco protagonista que plasma de una forma fidedigna y honesta las emociones y sensaciones que sienten. El ritmo es tranquilo y pausado, con una puesta en escena serena y soberbia que reverencia dignamente al maestro. Nos muestra espléndidamente las tradiciones y costumbres de una cultura que cada día nos inspira más curiosidad y respeto. Lo único en contra que podemos encontrar en la película es su larga duración, para algunos innecesaria, pero que en realidad está más que justificada por la profundidad de la historia que se quiere contar, las sensaciones que se quieren expresar y la armonía y concordancia que se ha querido mantener con la cinta original.