lunes, diciembre 31, 2012

2012, un año de cine

Se acabó 2012 y para el modesto autor de este blog ha sido, seguramente, el año más cinematográfico de su vida, pues he llegado a ver 119 de los estrenos en España entre el 1 de enero y el 31 de diciembre de este año (por los 95 filmes estrenados en 2011 que vi a lo largo de aquel año). Va aquí el pequeño resumen anual de las películas que han llegado a nuestros cines en el último año. Como todas las listas, esta es muy personal y debatible.
· La película del año: La invención de Hugo
Con demasiada frecuencia se acaba quedando con el honor de ser la mejor película del año en España un filme del año anterior estrenado en el primer cuarto del siguiente para hacerlo coincidir con los Oscars. En este caso, me quedo La invención de Hugo. Martin Scorsese dirigiendo un cuento infantil, una película para todos los públicos. El tipo que retrató el Nueva York más turbulento y decadente fue capaz de contar una fábula sobre el cine y los sueños y, al mismo tiempo, rodar con uno de los mejores 3D que se han visto en la pantalla. Una película deliciosa, formidablemente interpretada, un canto de amor al cine y a la vida, un relato hermoso y emotivo.
· Lo más destacado
El Caballero Oscuro fue la mejor película de 2008 en este mismo ranking. Su continuación, el cierre de la magnífica trilogía sobre Batman que ha construido Christopher Nolan, ha venido a confirmar las excelencias de aquel prodigioso duelo cinematográfico entre el protector de Gotham interpretado por Christian Bale y el Joker del malogrado Heath Ledger. Sin embargo, El Caballero Oscuro. La leyenda renace es una gran película épica. Está por debajo de su predecesora, pero encierra momentos de gran cine, especialmente un cierre espectacular de algo más de media hora que, por sí solo, sí habría podido ser considerado como lo mejor del año. Tiene defectos en su construcción, pero los compensan con su enorme reparto, con el añadido de Tom Hardy como un brillante Bane y Anne Hathaway como una sensual y traicionera Catwoman.

Los Vengadores, de Joss Whedon, evidenció que el cómic no tiene por qué dar lugar a un único tipo de película, colocándose en las antípodas de El Caballero Oscuro. La leyenda renace en cuanto a tono, pero en idéntico nivel de genialidad, convirtiéndose en, de momento, el superespectáculo Marvel definitivo. Hubo grandes directores que no fallaron: Steven Spielberg con su hermoso Caballo de batalla, David Fincher con su turbia Millennium. Los hombres que no amaban a las mujeres, George Clooney con su comprometida Los idus de marzo, Sam Mendes ofreciendo una intensa aproximación a James Bond en Skyfall, y un recuperado Tim Burton con la alocada Frankenweenie. Y ya podemos contar en esa lista a Ben Affleck, pedazo de director con Argo.

De entre las nominadas al Oscar de hace casi un año, también se cuela en esta categoría la espléndida Moneyball (con el mejor Brad Pitt en muchos años). Looper, de Rian Johnson, es una de las sorpresas del año y una ciencia ficción de gran imaginación. Junto a Frakenweenie, ¡Rompe Ralph! se convirtió en la mejor película de dibujos animados del año, consiguiendo así Disney superar a Pixar con su estreno anual. Y el cine europeo dejo dos joyas: la francesa En la casa y la italiana César debe morir, evidencias, como si hicieran falta, de que hay grandes películas más allá de Hollywood (y lo digo siendo un gran defensor y consumidor habitual del cine norteamericano).
· Sorpresas positivas
The Amazing Spider-Man olía a fiasco y, sin embargo, fue toda una sorpresa. Olía a fiasco porque era un reboot demasiado cercano a las películas que quería hacer olvidar, y las dos primeras, además, dejaron un gratísimo recuerdo en casi todo el mundo (y en contra de prácticamente todo el mundo a mí la tercera, con más excesos, me pareció también notable), porque su director no se había enfrentado a una película como esta, porque podía aburrir la enésima revisión del origen del personaje y porque las primeras fotos mostraban a un Spider-Man de diseño... extraño. Pero al final quedó una película completa cuyo mayor defecto es que cuenta una historia ya conocida en el cine. Le faltó un pelín de originalidad, pero como espectáculo es completo y emotivo. Y tiene una pareja protagonista sobresaliente.

Otra gran sorpresa del mundo de las viñetas es Dredd. Una lástima su fracaso comercial, porque es la película que cabía esperar del violento personaje del cómic británico. El cine de animación español dio dos grandes muestras de talento muy distintas entre sí, Arrugas (un melancólico retrato sobre el alzheimer) y Las aventuras de Tadeo Jones (un muy entretenido relato infantil de aventuras). El alucinante mundo de Norman se cuela aquí por su más que interesante retrato de la muerte en clave de comedia de terror. Los Muppets supera con brillantez la impresión que algunos podían tener sobre un producto fuera de su tiempo. Y Sin frenos es una película rocambolesca que se convierte en el más desenfadado divertimento del año.

Luces rojas, del español Rodrigo Cortés, confirmó que es un cineasta interesante, a pesar del justificable temor a que el éxito de Buried se debiera a su rareza como narración o a la casualidad del cuasidebutante. Michael Fassbender convierte Shame en un relato atrevido que supera el que podría haber sido incómodo voyeurismo en que podría haber caído. Como Intocable podría haberse convertido en una película lacrimógena y aleccionadora, en lugar del hermoso canto a la vida que supone. Como Take Shelter podría haber sido un relato pretencioso en lugar del asfixiante y brutal retrato que propone. O como El irlandés podría haber caído en un humor facilón en lugar de ser una divertida sátira a medio camino entre el drama local y el spaguetti western.
· Me gustaron… como esperaba
La imagen que uno se crea de una película y la que obtiene después de verla suelen ser, para mí, bastante coincidentes. Prometheus es, quizá, el ejemplo más evidente y polémico del año. Ridley Scott regresó al universo de Alien tratando de ocultar de forma torpe que ese era su viaje y ofreció una película que ha generado muchísimo debate. Estaba convencido de que su aspecto visual taparía cualquier defecto que pudiera ofrecer la historia. Y si bien el guión es sumamente decepcionante, la maravilla de color y sonido que ofreció Scott, uno de los directores más hábiles durante un rodaje que hay en la actualidad, hizo que el resultado final se pareciera mucho a lo que imaginaba y temía.

Algo parecido sucedió con El hobbit. Un viaje inesperado, el alargadísimo pero fascinante primer acto de la trilogía con la que Peter Jackson regresa al universo de Tolkien. O lo que ofreció Sherlock Holmes. Juego de sombras, secuela de nuevo dirigida por Guy Ritchie en la que Robert Downey Jr. vuelve a salirse. John Carter es exactamente el tópico y entretenido espectáculo visual que quería ser, y no el desastre que se ha dicho. Rock of Ages es un musical amable. Golpe de efecto es el lucimiento de Clint Eastwood (y Amy Adams) que se esperaba, y J. Edgar un buen Eastwood muy lejos de sus mejores obras como director. Total Recall es un remake decente y entretenido de Desafío total. Salvajes, un Oliver Stone en estado puro, con las virtudes y los defectos que eso conlleva.

Historias de garantías son Tan fuerte, tan cerca, a pesar de las contundentes críticas que ha recibido su supuesto manipulación emocional; El ladrón de palabras, que funciona a pesar de algunos errores evidentes; la canadiense Profesor Lazhar, una bonita historia humana; o La maldición de Rookford, un buen intento de terror. En otros casos, los actores sostienen la función. Si de verdad quieres... es una película sustentada por sus dos monstruos de reparto, Meryl Streep y Tommy Lee Jones. Mi semana con Marylin un correcto apunto biográfico en el que Michelle Williams como la tentación rubia está tan impresionante como Kenneth Branagh interpretando a Laurence Olivier. Y Mel Gibson regresa por sus fueros en Vacaciones en el infierno.

En el cine de animación, Brave y El origen de los Guardianes cumplen con lo que prometían. La primera una calidad técnica como solo Pixar puede ofrecer, aunque su historia no sea tan maravillosa como las de la mayoría de sus predecesoras. La segunda, una especie de versión animada y de cuento de Los Vengadores de gran ritmo. Cine español. Lo imposible (sí, española, aunque con actores extranjeros) es la emocional lucha por la vida que se anunciaba. Fin es un intento fallido de género pero estupendo retrato de personajes. Invasor, un efectivo thriller de premisa fácilmente desmontable. Y The Pelayos, un entretenimiento socarrón muy bien interpretado. Y cine francés, con Cuenta atrás, un thriller bien rodado, y Las chicas de la 6ª planta, una comedia amable sin más pretensiones.
· Decepciones
Las expectativas son un arma de doble filo. Y solo de pensar que Meryl Streep iba a dar vida a Margaret Thatcher en La dama de hierro convertía a esta película en clara candidata a convertirse en un clásico. La actriz no solo cumple, sino que borda el papel. Está a la altura de lo que se esperaba y de los muchos premios, Oscar incluido, que cosechó por su interpretación. Pero la película no. Phyllida Lloyd monta un pseudodocumental aburrido y sin más gancho que su protagonista, esquivando demasiados asuntos como para ser considerada la biografía definitiva a pesar de haber contado con la mejor encarnación posible del personaje histórico.

Losdescendientes decepciona porque apenas tiene historia. Albert Nobbs porque es imposible creerse la historia que cuenta con lo que se ve en la pantalla. Young Adult porque su pretendido humor salvaje no tiene gracia. Chronicle porque, como todas las películas rodadas cámara en mano, engaña más de lo que sorprende. Blancanieves porque es una comedia absurda, sin hadas y sin gracia, y Blancanieves y la leyenda del cazador porque, aún siendo algo mejor que su predecesora, no consigue acertar.
El exótico Hotel Marigold se queda en algo tan sencillo que no se queda ni en la memoria. Ira de titanes porque ni se acerca al entretenimiento de la primera e intenta copiarla descaradamente. Los juegos del hambre porque se limita a cumplir su papel de rellenar la cartelera de la siguiente saga juvenil. Men in Black 3 porque llega demasiado tarde. El enigma del cuervo porque uno siempre espera más de un relato inspirado en la figura de Edgar Allan Poe.

Sombras tenebrosas se convirtió en el segundo patinazo consecutivo de Tim Burton, aunque mucho mejor que su Alicia. Extraterrestre es una película tan alocada como rara y difícil de asimilar. Lorax es, quizá, de lo más flojo de la animación de este año. Martha Marcy May Marlene no pasa de ser el típico producto independiente, a pesar de los premios que cosechó. Los diarios del ron, un soso relato que pedía mucho más. Moonrise Kingdom es una nueva rareza de Wes Anderson. ¡Piratas! un blando Aardman en el que no hay piratas sino maestros del disfraz. Mátalos suavemente una de las peores consecuencias del éxito de Tarantino y el cine que quiere imitarle. Sin tregua, otro mareante producto cámara en mano con aires de grandes. Y El capital se queda en una escasísima crítica a los causantes de la crisis económica.
· Pasables / Olvidables
Hay películas que no se quedan en la memoria ni para bien ni para mal. Entre las pasables, entendiendo sus circunstancias, están El cuerpo (buen misterio, mala construcción), El amigo de mi hermana (apenas tiene una historia que contar), El fraude (escasa en todo lo que propone), Sinister (alguna escena espeluznante, vive del sustito y de la ingenuidad del espectador), Adam resucitado (Paul Shrader, para bien y para mal), Infierno blanco (una curiosa aventura de supervivencia, pero nada más), Grupo 7 (simplemente correcta), Contraband (pasable seguramente por sus actores), El invitado (lo mismo que la anterior), ¡Por fin solos! (de nuevo, el reparto; Lawrence Kasdan en horas bajas), Underworld. El despertar (Kate Beckinsale como gran heroína de acción y poco más), Shanghai (aburrida pero bien ambientada) y Papá, soy una zombi (buenas intenciones, pero animación sencilla e historia típica).

Entre las directamente olvidables, Al borde del abismo (desperdicia un buen escenario por no encontrar fórmulas para hacerlo creíble), Bunraku (un galimatías de originalidad visual), Bajo amenaza (una buena idea que se hunde poco a poco... como en tantas películas de Nicolas Cage), La mujer de negro (un olvidable intento de madurar a cargo del actor de Harry Potter), La sombra de la traición (un thriller muy blando), Acto de valor (militarismo puro y duro que se olvida si no se tienen aspiraciones similares en la vida), Sácame del paraíso (una comedia que empeora poco a poco), Carmina o revienta (humor a lo Paco León), El pacto (Nicolas Cage de nuevo en una película fallida), Indomable, Magic Mike (las dos de Steven Soderbergh, perdido en su búsqueda de cambiar siempre de registro sin preguntarse si sabe hacerlo), Bel Ami: historia de un seductor (aburrido fresco de época), Iron Sky (la mayor paranoia psicodélica que ha llegado a un cine en mucho tiempo) y Cosmópolis (un bajón considerable con respecto a lo que Cronenberg ofreció con Viggo Mortensen como protagonista).

· Muy malas
Battleship es la típica película que reúne todas las cualidades negativas que uno puede esperar de un filme norteamericano de gran presupuesto: una historia inexistente, una copia descarada (a la ya no demasiado brillante Transformers), unos actores carentes de carisma, unos diálogos risibles y mucho efecto digital sin ton ni son. Para encabezar esta sección tuvo una dura competencia en La fría luz del día, que tiene como grandes características un mal guión (indispensable para arruinar cualquier aspecto positivo que tenga un filme), la sensación constante de no saber qué hacen actores como Bruce Willis y Sigourney Weaver en algo así, un título que no tiene ninguna relación con la película... y un curioso callejero de Madrid, ciudad en la que se ubica la película que, al menos, garantiza algunas sonrisas.

No fue Battleship el único espectáculo hollywoodiense de medio pelo. Ghost Rider 2 superó incluso los nulos logros de su predecesora, Abraham Lincoln. Cazador de vampiros es un galimatías sin pies ni cabeza. Los mercenarios 2 mostró que la nostalgia puede sostener (a duras penas) una película, pero no dos. Ted fracasa en todas sus pretensiones y lo soez arrolla a lo divertido. La hora más oscura y Atrapados en Chernóbil evidencian el agotamiento del modelo de actores jóvenes y semidesconocidos en un thriller en el que van cayendo uno a uno sin que importe demasiado quién ni cómo. La sombra de los otros, Atraco por duplicado y Sin rastro tienen guiones tan deficientes, inexplicables y fallidos que no pueden sustentarse con rostros conocidos. Y En la mente del asesino tiene tantos errores que acaba haciéndose divertida.

En 2012 llegó finalmente a los cines, de aquella manera, el desaguisado que supuso Manolete. Afamados directores en otros tiempos como Kevin Smith y Dario Argento mostraron filme muy malos, Red State el primero y Dracula 3D el segundo. Aceptando todo lo que le ofrecen, es raro que Nicolas Cage no aparezca todos los años en esta sección, esta vez con la imposible Contrarreloj y su vergonzoso final. Igualmente imposible y llena de agujeros es la española Vulnerables. MS1: Máxima seguridad desaprovecha los elementos que tiene para ser una serie B entretenida y acaba siendo una mala experiencia. Dylan Dog es insulsa por los cuatro costados, y es que no todo el cómic de este año merece destacarse.
· La peor película del año: El hombre de los puños de hierro
Hubiera apostado por Battleship y casi todo el año pensé que este honor se lo llevaría en este blog La fría luz del día, pero El hombre de los puños de hierro es aún peor que aquellas dos. RZA, cantante de hip-hop dentro de sus múltiples ocupaciones en la vida, es el responsable (director y coguionista) de una historia de artes marciales y otras frikadas, pasadas por la batidora de la influencia del cine de Quentin Tarantino (que pone su nombre en el cartel) y convertidas en un extrañísimo conglomerado en el que lo único que sucede son una sucesión interminable de peleas absurdas que esconden un nulo desarrollo de historia o personajes. El filme parece apto solo para quienes quieran ver saltos, patadas, piruetas y escenarios orientales durante poco más de hora y media. Comprender qué hace Russell Crowe en este naufragio es algo realmente complicado.
· Ningún interés por verlas
Amanecer. Parte 2 pone punto final a una de las sagas modernas más rentables del cine, en una fórmula que no cesa de repetirse y reiniciarse. Los estudios buscan novelas de cierto éxito para lanzar franquicias cinematográficas juveniles, que incluso alargan más de la cuenta dividiendo libros en dos partes. Crepúsculo nunca me ha llamado la atención, a pesar de su indudable éxito. Curiosamente, la primera parte de este filme ya encabezó este apartado en el resumen de 2011. No es la única saga de este año que no ha logrado mi atención. Resident Evil. La venganza, American Pie. El reencuentro o Viaje al centro de la Tierra 2 tampoco lo consiguieron. Las animadas Ice Age 4 y Madagascar 3 completan esta nómina.

Hay mucho cine español que no me ha interesado demasiado. Por encima de todo, destaca La chispa de la vida, pero tampoco he encontrado muchos argumentos para ver Promoción fantasma (no me va el género), Holmes & Watson: Madrid Days (no me va el director, José Luis Garci), Lo mejor de Eva (simplemente no me va) o REC 3: Génesis (no me va la saga ni su forma de rodarla) no figuraron entre las películas que me apetece ver. Como tampoco otros productos ya americanos como La cazarrecompensas (Katherine Heigl, actriz cómica de moda dando el salto al cine), Safe (¿más Jason Statham?), Infiltrados en clase (no me convencen estas comedias), Project X (no soporto las películas rodadas con cámaras digitales caseras) o El dictador (lástima que nadie le diga a Sacha Baron Coen que es mejor actor cuando hace películas buenas).
· Lo que me queda por ver
De entre lo que no he podido ver en este 2012 destacan dos de los últimos estrenos, de los que tanto se ha hablado en los listados de premios y nominables, La vida de Pi y Los miserables. Si bien la primera entra en esta lista precisamente por esa expectación (Ang Lee no se encuentra entre mis preferencias), a Los miserables le tengo ganas desde hace tiempo. La historia es de sobra conocida y eficaz y el musical que lleva años paseándose por las salas de todo el mundo es una auténtica maravilla. Y su reparto es absolutamente de campanillas.

Hay más películas que se han quedado en el tintero en estos últimos doce meses, títulos como Elefante blanco (escuché buenas cosas sobre ella), La delicadeza (recomendada por amistades), El legado de Bourne (porque, aún sin haber visto más que la primera de la saga, siempre puede ser interesante una reinvención), Amor bajo el espino blanco (casi la veo, y después nuevamente me hablaron de ella), A Roma con amor (Woody Allen me despierta la misma pereza todos los años pero casi siempre acabo viendo su película anual), El artista y la modelo (simple curiosidad), Blancanieves (es la más rara de las tres versiones estrenadas), Venganza 2: Conexión Estambul (no me entusiasmó la primera, pero Liam Neeson siempre es estimulante), Hotel Transilvania (sí, pero nunca en versión doblada) y Holy Motors (de la que se comentan valoraciones de lo más variopinto).

martes, diciembre 25, 2012

'¡Rompe Ralph!', o cómo Disney supera a Pixar este año

Ver para creer. 2012 quedará como el año en el que la película Disney fue mejor que la de Pixar. Brave (Indomable) no es mala en absoluto, ojo, pero ¡Rompe Ralph! es una pequeña maravilla. No deja de ser curioso que este intercambio de roles se produzca justo en el año en el que Pixar ha hecho su película más Disney. Y si la supremacía técnica y de animación sigue estando en poder de los chicos de Pixar, ¡Rompe Ralph! vence en este en realidad ficticio duelo por originalidad, por planteamiento y por diseño. Y es que lo que parecía que podía ser simplemente un sencillo entretenimiento para homenajear al mundo del videojuego se acaba convirtiendo en un torrente de formas y colores, en un divertimento complejo y sugerente y en una combinación extraordinaria de ideas salvajes que no son tan fáciles de juntar con tanto ingenio. Sin llegar a ese nivel de genialidad, ¡Rompe Ralph! viene a ser para el mundo del videojuego más clásico lo que Toy Story fue a los juguetes más infantiles.

Ralph es el malo de un videojuego clásico a lo Donkey Kong. Él rompe las cosas que el protagonista de su juego, Felix, arregla. ¿Pero qué sucede cuando las luces del salón de juegos se apagan? Que los secundarios de su juego siguen considerando malo a Ralph y le marginan. Por eso, se reúne con otros malos de videojuego (impagable secuencia, con un zombie, el fantasma de Pac-Man o Zangief de Street Fighter sentados en una reunión de amigos) para contar sus penas y, tras la enésima humillación en su videojuego decide embarcarse en otro para conseguir que le respeten como el héroe que le gustaría ser para ser apreciado por los demás. Pasa por un juego de acción, Hero's Duty, y acaba en Sugar Rush, en el que todo un mundo de caramelos y golosinas sirve de escenario para carreras a lo Mario Kart con coches imposibles hechos de galletas y gominolas. Y será allí donde conozca a Vanellope, una cría que también es marginada por ser un fallo del juego cuya imagen parpadea y que sueña con ganar una carrera y acabar así con su ostracismo.

Primer mérito indiscutible de ¡Rompe Ralph!: su diseño de producción. Es fácil encontrar referencias a muy populares videojuegos, incluso licencias que provocan chistes divertidísimos, pero la película no se queda en el homenaje. Cada uno de los escenarios está pensado con todo lujo de detalle, como si fuera a ser el centro de la película. La mezcla tiene algo de locura, porque tan pronto estamos en medio de un ataque salvaje con armas futuristas a una torre tomada por insectos gigantes y carnívoros como disfrutando del paisaje de caramelo de un mundo de color de rosa en una carrera para conseguir una moneda. Cada personaje es como es por una razón de ser. Y que la Sargento Calhoun sea una rubia dura y exuberante encaja tanto en los códigos de este mundo como que Ralph sea un bruto de gran corazón y manos enormes o Vanellope una niña adorable de la que es imposible no enamorarse (impresionante el trabajo para darle voz en la versión original a esta chiquilla de nueve años por parte de Sarah Silverman, una cómica de 41). La película es un festín constante de colores, formas y estímulos visuales. La animación puede que no sea tan preciosista como la de Pixar, pero da igual.

Segundo mérito: los personajes y la historia. Es evidente que no hay película que sobreviva sin buenos protagonistas y un guión acertado. ¡Rompe Ralph! tiene ambas cosas y eso es un doble mérito porque la película habría funcionado igual cumpliendo su propósito de entretener a los más pequeños sin necesidad de crear unas relaciones tan extraordinarias entre los personajes. Hay un grna trabajo en el film de Rich Moore y se agradece. En su arranque, la soledad es el tema central de la película (la de Ralph, la de Vanellope, pero, atención, también la de la chica que va al salón a gastar sus monedas en estos juegos) y acaba convirtiéndose en una hermosa historia sobre la amistad sin perder por ello el ritmo de la loca aventura que propone (con mucha más categoría que la sorprendentemente aburrida Speed Racer de los hermanos Wachowski) o el toque nostálgico del fondo escogido. Por supuesto, es una película perfecta para niños. Divertida y emotiva. Pero el adulto no se va a aburrir tampoco porque la historia es preciosa, el guiño constante (y el que hay a Star Wars cobra ahora más relevancia) y la risa continua.

¡Rompe Ralph! es toda una sorpresa que trasciende las etiquetas. Quizá los puristas no vean en ella una película genuinamente Disney, como seguramente no vieron una de Pixar en Brave, pero no deja de ser una inteligente muestra de que hasta las marcas más clásicas pueden evolucionar hacia entornos diferentes. Pero en el fondo las bases no dejan de ser las mismas de siempre. ¡Rompe Ralph! esconde una historia clásica, fantásticamente bien desarrollada, en un envoltorio digital de videojuego (atención a la animación pixelada que homenajea al videojuego más antiguo, que no desentona con la animación por ordenador más desarrollada porque así lo pide la historia), con espléndidos personajes, un ritmo endiablado y un cuidado por el detalle excelso. Y por si faltaba algo para completar el menú, el corto que acompaña la proyección, Paperman, es otra pequeña maravilla, una sencilla historia de amor sin palabras y una paleta de grises en la que solo destaca el rojo de los labios de la protagonista. ¿Quién decía que Disney estaba anticuada...? Yo, desde luego, no.

domingo, diciembre 23, 2012

'El cuerpo', mucha trampa entre tanto misterio

Vistas desde el punto de vista del espectador, las películas de misterio se sustentan en dos momentos muy diferentes entre sí. El primero es el tiempo que uno pasa delante de la pantalla, asimilando los planteamientos que le ofrece el cineasta. El segundo, el que viene a continuación, tras el final de la película, pensando si las explicaciones que uno ha recibido son satisfactorias. El cuerpo aguanta razonablemente bien el primero, pero se derrumba con cierta contundencia en el segundo. No por la razón que suele ser habitual, la falta de justificación del final, y eso es uno delos motivos por los que hay que aplaudir a sus responsables, sino porque el desarrollo deja demasiadas trampas como para ser creíble. Y pensar en cada uno de los detalles sobre los que se va sustentado el clima de misterio acaba evidenciando que la película con la que debuta en el mundo del largometraje el también guionista Oriol Paulo no está bien cerrada. Tiene buenas ideas, pero está demasiado sujeta a la casualidad y al azar.

El cuerpo es, de nuevo, una de esas películas cuyo análisis está sesgado si no se quieren revelar detalles de la trama, así que, como siempre, haré lo posible por evitar los tan temidos spoilers y aún sabiendo que muchas de las afirmaciones que haga obligan a ver la película para ser completamente entendidas. Es lo que hay. Aún adelantándome algunos minutos en la trama, sí es obligado decir que la película gira en torno a la desaparición de un cadáver, el de Mayka Villaverde (Belén Rueda), el papel que juega en todo eso su marido, Álex Ulloa (Hugo Silva), el policía que investiga el caso, Jaime Peña (José Coronado), y la mujer que completa el habitual y casi necesario triángulo amoroso, Carla (Aura Garrido). El misterio se mueve en torno a todos ellos, porque de todos se va conociendo información poco a poco. Los flashbacks, casi siempre bien introducidos en la trama, son uno de los grandes aciertos de Paulo para montar el andamiaje de su filme.

Desde el principio, la película se mueve en los códigos del género con cierta solvencia, coqueteando con el misterio, el negro y hasta el terror, aunque este último funcione a golpe de sustituto y no llegue a generar el desasosiego necesario. La atmósfera es quizá demasiado tópica (el instituto forense en una noche lluviosa) como para no rozar levemente la comedia no deseada, aunque Paulo se mueve a gusto en un único escenario. La solvencia de la película radica en el buen uso de ese escenario y en unos actores convincentes. Lo mejor de entre todos ellos está en la contundencia de algunos diálogos de José Coronado (no creo que el peinado sea un acierto en todo caso) y en la bellísima fragilidad que transmite Aura Garrido, que tiene además buena química con Hugo Silva. Quizá lo más desconectado del conjunto sea el personaje de Belén Rueda, pero no por su trabajo, convincente, sino porque la película no da en ningún momento sensaciones creíbles en torno al matrimonio de su personaje. Falla ese sustento imprescindible.

Hay en El cuerpo ideas curiosas e interesantes, pero da la impresión de que había más interés en cerrar una explicación final lógica que aguantara el armazón de la historia que en explicar con convicción cada una de las escenas que ha ido generando el misterio. La historia, verosímil o no según la ingenuidad que quiera derrochar cada espectador cuando vea la explicación, sí queda redonda. Pero los detalles no. Y eso además queda en evidencia porque la mencionada resolución quiere dar explicaciones de algunos de ellos, dejando aún más en evidencia que otros no tienen justificación posible.Hay muchas trampas en El cuerpo, trampas deliberadas para despistar al espectador que quiera desentrañar el misterio antes de llegar al final y trampas en muchas escenas que caen al limbo de lo injustificado. Quizá El cuerpo habría ganado eliminando alguna de esas trampas y recortando ligeramente un metraje que se acerca a las dos horas. En todo caso, y siendo positivo que España siga manteniendo su apuesta por el cine de género, dos horas que están muy lejos de ser un triunfo rotundo pero con cierto atractivo.

viernes, diciembre 21, 2012

'El alucinante mundo de Norman', terror juvenil valiente

Es difícil no cogerle cariño a El alucinante mundo de Norman desde el arranque, porque es ahí cuando proclama lo que es: un bonito homenaje al cine de terror, al cine de monstruos, y una divertida y entretenida cinta de fantasía juvenil. Que nadie se asuste (nunca mejor dicho) por la presencia de zombis, es una película apta para críos porque prima la aventura por encima del horror, eso sí, sin tratar a los niños como idiotas. Pero además de tener una buena historia, unos personajes carismáticos y un nivel técnico formidable, lo que al final deja mejor sabor de boca es que sea una película valiente en muchos aspectos (y hay uno que, siendo el más rompedor, no lo mencionaré para no destripar una secuencia). El primero y fundamental por abordar un género como el terror, que en demasiadas ocasiones se limita a sí mismo buscando las escenas más escabrosas y exageradamente crueles y olvidando que hay otras formar de abordarlo. Esto, aunque con otro tono, también es terror.

La primera secuencia de El alucinante mundo de Norman (más rocambolesco que el ParaNorman original) ya lo dice todo. Es un instante de una ficticia película de serie B (¿o de serie Z?) sobre monstruos que se presenta en el formato de 4:3, y no en el panorámico actual, con una música de sintetizador que alude directamente al cine de John Carpenter (si has crecido en los 80, imposible no sentir cierta nostalgia en ese momento). Norman, un crío de once años, está viendo esa película en televisión. Pronto comprobamos que Norman tiene un don y un problema: puede ver a los muertos. Eso le convierte en el clásico crío inadaptado y sin amigos al que nadie cree y todo el mundo toma a cachondeo. Su padre no le entiende, su hermana le detesta y en el colegio sufre las bromas del clásico matón. Y en esa situación que tanto le desanima, se encuentra con una misión que cumplir: impedir que se cumpla la maldición de la bruja que pesa sobre su pueblo, Blithe Hollow.

Decía que El alucinante mundo de Norman es una película valiente. Para comprobarlo no hay más que trazar una ecuación entre su público objetivo, infantil y juvenil, y el tema que trata, la muerte. Hay en su posición una naturalidad fascinante que se agradece, y más teniendo en cuenta que algunos de los protagonistas del filme son tan niños como sus potenciales espectadores. No hay nada truculento ni tramposo en el modo en que Norman afronta la muerte de seres queridos o de personas desconocidas. También destaca que sepa adaptar arquetípicos modelos de personajes a una historia moderna, en la que incluso se llega a abordar la sexualidad, aunque sea muy breve y sutilmente y desde es un esquema básico pero igualmente natural. En el uso del terror es cierto que es necesaria menos valentía porque la presencia de los zombis adquiere toques cómicos, pero la mezcla funciona admirablemente bien y el ritmo de la película va subiendo progresivamente hasta alcanzar un clímax formidable, sin duda lo mejor de la película.

Si argumental y temáticamente la película es valiente y más que notable, técnicamente es una pequeña maravilla. Acostumbrados al stop-motion de las películas de Tim Burton (Pesadilla antes de Navidad, La novia cadáver y la reciente Frankenweenie), olvidamos a veces que esta es una técnica que puede ofrecer películas que se parezcan pero tengan también cierta distancia. Esta tiene una textura muy diferente a aquellas y sobre todo un contundente andamiaje de animación por ordenador en fondos y algunos personajes, que dan al filme un tono visual formidable. Pero para que nadie olvide que los protagonistas son animados fotograma a fotograma, el filme de Sam Fell (que ya dirigió Ratonpolis o El valiente Despereaux) y Chris Butler (guionista del filme y debutante como realizador) finaliza con una pequeña secuencia, igualmente animada, que detalla la construcción del muñeco protagonista. Una gran delicia para acabar una buena película.

El alucinante mundo de Norman es una cinta muy entretenida y eso es su mejor tarjeta de presentación. Sin eso, ya podría ser valiente o visualmente atractiva, que no tendríamos demasiado. El filme funciona, su aventura juvenil es divertida y la historia fluye con mucha facilidad. Tiene sus limitaciones en los tópicos habituales de los personajes, pero lidia muy bien con este aspecto para que no afecte a la originalidad de la película, cuyo gran acierto está en la hermosa mezcla en el clímax de una parte visualmente espectacular y otra intimista desde el punto de vista de los personajes. Los amantes del cine de terror encontrarán un buen homenaje juvenil al género, los aficionados a la comedia de aventuras tienen 90 minutos realmente entretenidos, y los apasionados de la animación stop-motion un filme técnicamente irreprochable. Una más que agradable sorpresa en un año que termina francamente bien para la animación después de unos primeros pasos algo más rutinarios.

viernes, diciembre 14, 2012

'El hobbit. Un viaje inesperado', Peter Jackson revive el síndrome de 'King Kong'

Cuando Peter Jackson hizo su versión de King Kong, salí del cine pensando que era una película extraordinaria... pero que tenía el problema de que alguien la había hecho antes que él. Con la primera entrega de El hobbit, Un viaje inesperado, me viene a pasar lo mismo. Es una película visualmente poderosa, con un clímax de un ritmo trepidante, con numerosos hallazgos de todo tipo... pero que no puede generar el mismo efecto que ya generó en el año 2001 la primera entrega de El Señor de los Anillos, La comunidad del Anillo, aunque es lo que intenta y se le nota a la legua. Jackson ha querido pisar terreno firme y no ha dudado en repetir esquemas de aquella, situaciones, e incluso escenas casi completas. ¿Es buena película la primera entrega de El hobbit? Sí, yo diría que sí sin ninguna duda, porque deja ganas de volver a explorarla para encontrarle detalles nuevos y volver a disfrutar con sus mejores momentos. Pero también deja una sensación tibia porque confirma algunos temores. Y es que el arranque de El hobbit evidencia que hacer tres películas es un arranque de megalomanía que, como decía al principio, tampoco es extraño en Peter Jackson.

Lo que más miedo me había dado de El hobbit desde que se confirmó que sería Peter Jackson y no Guillermo del Toro quien la dirigiera (lo cual, confieso, fue para mí un gran alivio), es la extensión de la historia. Se habló de dos películas y al final serán tres porque Jackson decía que no quería desperdiciar tan buen material. Vista la primera, y tal y como temía, lo entiendo como un exceso. Estoy plenamente convencido de que los fans de Tolkien no lo verán igual, porque disfrutarán con cada momento, con cada lugar, con cada secuencia. Pero cinematográficamente Un viaje inesperado tiene un arranque muy, muy lento, ahondando en los problemas que ya tenía la primera hora de La comunidad del Anillo. ¿Necesario? Para una adaptación cinematográfica seguramente no. Pero Peter Jackson quiere hasta el más mínimo detalle, y seguro que en la futura edición extendida en Blu-Ray estos momentos serán incluso más largos. Y serán bonitos, como lo son los que aparecen en la película que llega a los cines, no seré yo quien diga lo contrario. Pero como parte de una estructura, que encima es incompleta por ser la primera de tres partes, flojean.

La extensión tanto de la película como de la trilogía es lo más censurable del trabajo de Peter Jackson. Casi lo único, si exceptuamos un cierto aspecto digital por exceso que se atisban en algunos planos y que no se veían así en El Señor de los Anillos. Porque el tipo rueda endiabladamente bien. Y eso se ve, ya sin ningún género de dudas, cuando la película alcanza velocidad de crucero. Su hora final es portentosa, quizá demasiado parecida en demasiados aspectos a La comunidad del Anillo (desde la huida por Moria reflejada en la de las cuevas, y la personificación de un malo con un papel concreto, allí para enfrentarse a Boromir y Aragorn y aquí para dar un sentido más dramático a la historia de Thorin). Curiosamente, como aquella, arranca de verdad cuando se deja atrás Rivendel. Pero el conjunto no impacta tanto como lo habría hecho en otras circunstancias, porque ya hemos visto la magnificencia narrativa de su director en la Tierra Media. Peter Jackson y la trilogía de El Señor de los Anillos se convierten en el peor enemigo del propio Peter Jackson y su incursión en El hobbit. No porque no sean complementarias, sino porque Jackson quiere jugar demasiado sobre seguro, y eso se nota hasta en la música de Howard Shore.

Pero, claro, luego te das cuenta de que efectivamente estás en la Tierra Media y como aficionado, más que como cinéfilo, disfrutas. Ves Rivendel y, si te olvidas de que ya lo viste hace once años, el asombro está garantizado. Ves el portentoso flashback de Thorin, y estás viendo algo grande. Ves la Montaña Silenciosa de los enanos y te quedas con la boca abierta. Ves las batallas y sabes que no hay gente que las ruede con tanta espectacularidad y con tan impresionante conjunción de imágenes reales y digitales. Y sobre todo ves a Gollum y el juego cambia por completo. Porque Gollum, esa impresionante creación a medio camino entre la interpretación humana de Andy Serkis y la genialidad en el terreno de los efectos especiales de Weta, es de largo lo mejor de la película. La escena de los acertijos, que no me duele reconocer que era una de las que más dudas me planteaban (porque temía que Jackson no sabría cogerle la medida de tiempo), es fascinante desde el primero hasta el último plano. El diálogo es brutal, el desarrollo de los personajes inmenso y las interpretaciones quitan el alienta. Ahí también la de un buen Martin Freeman recogiendo el testigo de Ian Holm como Frodo.

En realidad, como ya sucedía en El Señor de los Anillos, los actores forman parte de lo mejor del resultado final porque dan vida a un personaje de papel de forma admirable. No hay ninguno que desentone. Por supuesto es una gozada ver a Ian McKellen representar de nuevo, y con la misma maestría, a Gandalf, como también es una delicia (aunque en algunos casos entra también en la categoría de lo prescindible cinematográficamente) la recuperación de algunos personajes de la trilogía original. Y de las nuevas incorporaciones, me quedo sin duda con Richard Armitage. Su retrato de Thorin, el líder de la compañía de enanos, me parece imponente en todo momento, insuflando una vida al relato que seguramente no era tan potente en las palabras de J. R. R. Tolkien. Lo curioso de la extensa duración de la película es que no se le va a Jackson en la presencia específica de los trece enanos. Suya en la presentación del filme, pero en términos generales. Es evidente que al director y coguionista no le interesaba que le quitaran protagonismo a Bilbo y Gandalf.

Lo cierto es que El hobbit. Un viaje inesperado es una película difícil de valorar. Por supuesto, es un deleite para la vista y es un gran disfrute emocional para todos aquellos que han hecho de La comunidad del anillo, Las dos torres y El retorno del Rey una parte importante de sus recuerdos cinematogáficos, literarios e incluso vitales. Pero aquí, incluso contando con más medios, con más confianza y con más conocimiento sobre cómo abordar este mundo mitológico, Peter Jackson no logra el impacto que tuvo la trilogía de El Señor de los Anillos. Seguramente era imposible. Seguramente le juzgo con cierta severidad. Pero, habiéndome maravillado como lo hizo con aquellas tres películas (y la primera la acogí con muchísima cautela y el miedo de que fuera un fiasco sin precedentes), que en muchos aspectos nadie ha sido capaz de superar aunque haya pasado ya una larga década, tenía la impresión de que Peter Jackson podría haber hecho algo más. Es verdad también que Un viaje inesperado tendrá un juicio más adecuado cuando veamos La desolación de Smaug y Partida y regreso. Pero hoy tengo sensaciones contradictorias. Salí del cine con el subidón de la hora final, pero convencido de que es un error hacer una trilogía. Dentro de un año, ya con dragón de por medio, sabremos más.

Nota: la película tenía otro aliciente, y era verla en su versión a 48 fotogramas por segundo. Por desgracia, en el pase de prensa no nos han ofrecido esa versión del filme, con lo que habrá que esperar a verla en ese formato para juzgarla como es debido. El 3D, como tantas otras veces, no me parece necesario ni un valor añadido para la película.

viernes, diciembre 07, 2012

'Sin tregua', el daño de un envoltorio mareante

Una película mareante no parece una buena idea. Sin tregua lo es. El filme quiere apostar por un envoltorio creado por metraje rodado con cámaras de vídeo que llevan los personajes, dos policías de Los Ángeles. Aunque acaba haciéndose trampas jugando al solitario, la película escrita y dirigida por David Ayer sufre con esa apuesta, porque lastra por completo los indudables méritos en la construcción de unos personajes carismáticos e interesantes. Y es una pena, porque pesa más el recuerdo de tomas absurdas (ese plano fijo desde el parachoques del coche policial, que encima se repite), los puntos de vista de videojuego, y las escenas confusas por el movimiento excesivo de la cámara que los buenos diálogos o las magníficas interpretaciones de Jake Gyllenhaal, Michael Peña y Anna Kendrick. La modernidad a veces tiene estos efectos. Y aunque la película parece haber gustado, a mí no me ha convencido. Es más, precisamente por eso la considero decepcionante.

Quizá no sea lo mejor que puede decir alguien que se dedica como yo a juzgar películas, pero conviene desconfiar de esas frases de la crítica que aparecen en los carteles. En Sin tregua son extremadamente elogiosas y eso tiene el riesgo de generar frustración, más cuando se asocia con otros títulos como es el caso de este filme, muy vinculado a Training Day. Esta es una de las muchas cosas que a mi juicio hace mal la industria del cine. Porque quizá puedan convencer en un momento dado a un espectador a pagar una entrada, pero no ganarán adeptos para la causa. Al contrario, generarán espectadores decepcionados. Esa es la sensación que me ha dejado Sin tregua. El inofensivo y génerico título en español, por cierto, contribuye a esa sensación, porque ocupa el lugar de un original que sí dice algo sobre la película. Ahí lo dejo, no vaya a ser que haya alguien que lo considere un spoiler, pero es una pena que le haya caído un Sin tregua que podría haberse aplicado a docenas de películas similares a esta.

Porque la historia, efectivamente, la hemos visto millones de veces. La pareja de policías norteamericanos que son amigos, que lo comparten todo y que patrullan juntos, que hablan de la vida y la muerte y que forman un equipo policial insuperable. Lo novedoso es, además, lo más accesorio, y es su pretensión de grabar su día a día. Las películas rodadas cámara en mano se han convertido en un subgénero que presenta más inconvenientes que ventajas. No soy precisamente fan de El proyecto de la bruja de Blair, REC o Monstruoso. Llevar esa técnica a entornos más realistas como los de Sin tregua no mejora en absoluto el resultado. Además, como decía al principio, es una decisión tramposa porque la película no está compuesta exclusivamente con el material procedente de las cámaras de los dos agentes. David Ayer, que apenas sale del entorno violento y policial de Los Ángeles en su filmografía (guionista de Training Day y director de Dueños de la calle), se da cuenta bastante pronto de que con eso no puede llenar su película, e incluso le da cámaras digitales a los desdibujados villanos de su función. Y en los planos que podrían ser más convencionales se mantiene el movimiento nervioso y mareante.

Es Sin tregua una película que apuesta descaradamente por la forma. Lástima, porque el fondo tiene suficientes elementos de interés. Jake Gyllenhaal y Michael Peña marcan una diferencia. Dan realidad a sus personajes en todo momento. Gyllenhaal ha conseguido una capacidad camaleónica importante que le permite afrontar personajes muy diferentes con la misma profesionalidad. La comparativa no falla: pensar que este agente Brian Taylor coge el mismo rostro que, por ejemplo, el Robert Graysmith de Zodiac es fascinante. Michael Peña, siendo uno de los latinos por excelencia de toda película hollywoodiense (El inocente, Leones por corderos, Invasión a la Tierra), es también un actor capaz de dotar de características propias a los diferentes personajes. La química entre los dos es indiscutible. Y Anna Kendrick, la sorpresa de la sobrevalorada y creo que ya muy olvidada Up in the air, sigue siendo una presencia sumamente estimulante. Es una pena que su personaje no adquiera un mayor protagonismo en Sin tregua y, ya que estamos, que todavía no haya conseguido papeles de mayor importancia. Se los merece.

El lastre de la mareante técnica escogida por Ayer para Sin tregua es demasiado importante. Hay momentos en los que es bastante confuso seguir la acción y es también difícil de entender el trabajo de montaje que genera una excesiva acumulación de planos, lo que rompe por completo la estructura de película cámara en mano que se supone al principio que va a desarrollar, y de cortes injustificados, por ejemplo en la primera escena, desde la cámara del coche policial es un constante e injustificado cortar y pegar. Sí se le puede agradecer a Ayer el buen trabajo para construir diálogos y situaciones, aunque la historia sufre otro defecto importante en la configuración de la banda que se configura como némesis de los dos agentes protagonistas. Podrían ser otros, podrían no salir en la película, podrían tener más o menos importancia. En realidad no acaba de ser relevante. Esos defectos acaban devorando lo bueno que encierra Sin tregua, pero lo tiene. Al menos nos quedan sus actores.

miércoles, diciembre 05, 2012

'El capital', insuficiente crítica a la economía depredadora

El capital no cuenta nada nuevo. Esa percepción, teniendo en cuenta de que la película pretende ser una precisa crítica a la economía capitalista y a los actuales agujeros negros en que nos ha metido el vergonzoso manejo de los números por parte de impresentables tiburones financieros, ya obliga a pensar que la crítica que emana de la última cinta de Costa-Gavras, es insuficiente. Lo es porque en el fondo no hay en su interior mucho más de lo que cualquiera podría decir sobre este asunto. No ya cualquier cineasta, sino cualquier persona medianamente informada por los ya demasiado desinformadores informativos o periódicos de cada día. Que el de las altas finanzas es un mundo frío, deshumanizado e interesado ya lo sabemos todos sin necesidad de ver El capital. No se puede decir que la película no funcione hasta cierto punto o que no tenga indudables elementos de interés, pero a Costa-Gavras se le escapan entre los dedos ocasiones de hacer una película diferente o de buscar una conclusión original sobre lo que ya sabíamos sobre el poder y la corrupción del dinero.

Gad Elmaleh da vida con suma brillantez a Marc Torneuil, mano derecha del presidente del mayor banco francés que se convertido en su inesperado sucesor a causa del infarto que sufre aquel. Por supuesto, su nombramiento tiene mucho de ficticio, de interesado. Para todos los implicados, supone una maniobra con la que sacar partido de alguna manera. Los grupos de poder internos esperan que fracase para quedarse su sillón. Los grupos de poder externos creen que pueden manejarle para que lleve al banco a los terrenos que les son más propicios. Y el propio Torneuil cree que puede lidiar con ambas partes para, con tejemanejes que bordean la ilegalidad por ambos lados de su frontera, acabar saliéndose con la suya y lograr sus dos únicos objetivos, no ya en esta tesitura concreta sino en la vida en general: poder y dinero. Es, evidentemente, un fiel retrato de lo que tiene que estar sucediendo en una ingente cantidad de consejos de administraciones de bancos y empresas a lo largo y ancho del planeta. Es, en ese sentido, una crítica sencilla por conocida porque asalta los titulares día sí, día también.

¿Qué aporta Costa-Gavras al tema? Es una historia directa, franca, incisiva. Está bien realizada y conducida, y tiene un personaje protagonista carismático que llena la pantalla a pesar de las imperfecciones de su cincelado cinematográfico. Pero cuando queda claro que Costa-Gavras no quiere héroes en su película, ni va a ser benevolente con ellos, el panorama comienza a hacerse previsible. De hecho, en algunas ocasiones, es casi una explicación de manual de primaria lo que hace el realizador para criticar con fiereza a la clase dirigente en las esferas económicas. A veces incluso se acerca a una manipulación que no parece necesaria para narrar una realidad que ya por sí sola es aterradora. A modo de ejemplo, la subtrama con la modelo Nassim (Liya Kebede) carece de fuerza, encuentra un final un tanto inverosímil y potencia la sensación de que más que una crítica, que es lo que parece que quiere ser la película, estamos ante un retrato más simple de lo que puede parecer. Y hay mucho de manipulación en el personaje de la mujer de Tourneuil, que parece introducirse en la historia solo para conducir sensaciones del espectador de una forma algo plana.

El capital es, efectivamente, una película contundente por su temática. Pero también previsible y algo fácil, en lo argumental y en lo cinematográfico, como en el recurso de arrancar y concluir con el protagonista mirando a cámara o el fácil papel de Gabriel Byrne, vía webcam en su gran parte. No tiene, por ejemplo, la audacia y la humanidad de Margin Call, un filme sobre la crisis y sus efectos que sí me parece imprescindible (y por desgracia no demasiado conocido) y está lejos de ser un filme redondo en sus objetivos, en sus planteamientos y en su ejecución. Por supuesto, eso no limita sus logros, algunas escenas formidables como las conversaciones entre Tourneuil y su especialista sobre Japón en Londres, la entusiasta e idealista Maud Baron (Céline Sallette). Pero es difícil desprenderse de la sensación de que temas como este pueden dar mucho más de sí en una película. Entretiene, sín duda. Pero su grito crítico se antoja bastante insuficiente. Incluso discutible visto el trato que reciben unos y otros personajes.

lunes, diciembre 03, 2012

'Invasor', un buen producto nacional en el que algo no cuadra

La idea de convertir una novela más reflexiva en un thriller de acción, con la guerra de Irak como telón de fondo pero no como argumento es, por sí sola, ambiciosa. Y eso es digno de aplaudir, más cuando la película sale de una industria tan maltrecha como la española. Que la factura final del producto sea espléndida, más elogiable todavía. Que el trabajo interpretativo sea especialmente convincente, también. Pero algo no cuadra en Invasor. Es indudable que tiene muchos elementos admirables, secuencias más que interesantes y papeles destacados, pero algo falla en la premisa de la película, en su desarrollo y en su ensamblaje argumental. Una vez más es complicado hacer una correcta evaluación sobre qué es lo que falla sin destripar bastantes de los giros en la historia, pero basta decir que el primero de los dos finales que presenta Invasor termina por demostrar que su desarrollo exige concesiones demasiado ingenuas por parte del espectador. No impide eso el disfrute de este castillo de naipes, pero tiene que quedar claro que es, efectivamente, un castillo de naipes.

Invasor deja una sensación muy parecida a la de Fin. Ambas son películas españolas que se zambullen sin complejos en el cine de género y consiguen un aspecto impecable, a la altura del cine norteamericano al que aspiran a parecerse (aunque Invasor destaca en eso y en Fin es precisamente lo que no termina de convencer). Ambas tienen elementos interesantes en muchos ámbitos, pero las dos dejan una cierta impresión de que algo no termina de enganchar. En el caso de Invasor, su principal problema está en que el detonante de la lucha de Pablo, un médico militar que vuelve de la misión española en Irak con alguna laguna en sus recuerdos y el deseo de saber qué sucedió en aquellos momentos que no tiene claros, no justifica muchas de las cosas que suceden después en la película. La película tiene dos finales y el primero de ellos, efectivamente, confirma este apunte. El alcance del misterio no tiene la suficiente entidad como para que el protagonista genere tanto interés por silenciarle y en tan elevadas esferas.

Prescindiendo de ese detalle, que lastra más la reflexión posterior sobre la película que el disfrute momentáneo en la sala, Invasor tiene como puntos fuertes una realización casi modélica y un espléndido reparto. En el primer aspecto, Calparsoro consigue un buen ritmo intercalando los dos escenarios del filme, por un lado Irak (rodado en Canarias, espléndido resultado) y por otro España, más concretamente Galicia y La Coruña. Las escenas de acción en ambos están rodadas con notable competencia, aunque pueda resultar ligeramente molesto el movimiento de la cámara en la persecución que sirve de clímax a la película. No hay tacha alguna en ningún aspecto visual de la producción, nada parece falso y es muy fácil zambullirse en el universo que plantea Invasor y disfrutarlo, y lo único que parece fuera de lugar son unos pequeños insertos que pretenden generar impacto pasada la introducción del filme, que buscan acentuar la amnesia del protagonista y que tampoco parecen demasiado justificados o necesarios.

Los actores funcionan a la perfección, aunque solo se profundiza en el personaje de Pablo (un siempre interesante Alberto Ammann, gran descubrimiento de Celda 211) y su vida familiar, con su esposa Ángela (Inma Cuesta) y su hija Pilar (Sofía Oria). El desarrollo de esta parte es más que notable. Sin embargo, nada sabemos del pasado o del presente del compañero de Pablo en Irak, Diego (Alberto de la Torre), más allá de lo que es estrictamente necesario para que la película avance. O del soldado pelirrojo (un inquietante Bernabé Fernández) que les escolta y vuelve a España al mismo tiempo que ellos. Con Baza, el personaje de un espléndido Karra Elejalde, esa ausencia de funcionar puede funcionar mejor. De hecho, es la apuesta sobre la que se sustenta la película. Él tiene que dar vida y voz a todas las amenazas a las que se enfrenta Pablo sin convertirse en un villano de cartón piedra, desmadrado y sobreactuado, y lo consigue en buena medida. Solo falla el aspecto antes mencionado, que realmente no parece necesario llegar tan lejos por el detonante de la historia.

En su cartel, Invasor se promociona con la pregunta "¿Arriesgarías todo por contar la verdad?", pero en realidad la película no va por ahí. Esa es la parte del thriller, la que desemboca en el frenético final, pero no lo que sale del corazón del filme. Lo que quiere contar es qué clase de persona queremos ser, qué acciones estamos dispuestos a asumir y cómo pagamos por la responsabilidad de nuestros actos. Y ese dilema sí lo plantea con acierto el filme. Calparsoro lo rueda con pasión, superando en las escenas de Irak su anterior acercamiento al cine bélico (Guerrerros) y sacando lo mejor de sus actores. Con ellos, el entretenimiento parece casi asegurado en Invasor, a pesar de que sea inevitable pensar que le falta algo para ser una película redonda. Y su final, el segundo de esos dos finales, lo que plantea es un fondo de mucho más calado del que en realidad ha pretendido la película. Con esa última secuencia, un nuevo debate se apodera del filme cuando ya ni siquiera nadie está pensando en él. Y la duda de si eso es buscado o simplemente una casualidad también afecta a la sensación que deja la película.

viernes, noviembre 30, 2012

'El origen de los Guardianes', una fábula trepidante

Parece sencillo establecer un paralelismo entre El origen de los Guardianes y Los Vengadores. O La Liga de los Hombres Extraordinarios. Es esta versión en dibujos animados de la serie de libros escritos por William Joyce la película de superhéroes de la fantasía tradicional. ¿Acaso no son superhéroes a su manera los Guardianes? ¿Y en qué otro mundo que no sea en el de la fábula tienen cabida Santa Claus, el Hada de los Dientes, el Creador de Sueños, el Conejo de Pascua y Jack Escarcha? Pues ahí está la mezcla que ofrece esta película. Una mezcla que funciona gracias a un ritmo trepidante, un humor bien servido y un diseño magnífico, preciosista y cargado de detalle, aunque a veces excesivamente exagerada en sus movimientos de cámara. En cualquier caso, y gracias a su desbordante imaginación, esta es una película para niños y para adultos, con las clásicas lecciones morales del cine de dibujos animados para los más pequeños y un acabado de gran factura para que la película entretenga también a los mayores.

Dreamworks ha encontrado un buen camino en la fantasía y la ciencia ficción. Monstruos contra alienígenas (la más floja de todas), Cómo entrenar a tu dragón, Megamind y, ahora, El origen de los Guardianes, siendo películas completamente diferentes entre sí, marcan un terreno en el que la productora se mueve muy a gusto. Más que en la agotada fórmula de Shrek o el dominio del reino animal de Madagascar o Kung-Fu Panda. Son estos títulos de fantasía filmes que conjugan con acierto la magia de la historia con el deslumbre visual, con un ritmo alto y en ocasiones trepidante, aptas para los más pequeños, con algún toque siniestro que evite caer en la ñoñería más lacrimógena o manipuladora y aspectos que puedan apreciar los adultos. El origen de los Guardianes es, en ese sentido, un muy buen producto, entretenido y de gran acabado visual, aunque, obviamente, está aún muchos peldaños por debajo de la excelencia en animación de Pixar.

Nada más ver a los protagonistas, surge una duda. Santa Claus, el Hada de los Dientes, el Creador de Sueños, el Conejo de Pascua y Jack Escarcha son conceptos anglosajones. El primero encuentra una traslación sencilla en Papá Noel, y el Conejo puede tener cierta aceptación, pero es complicado que niños españoles encuentren una identificación rápida y directa para el Sandman original o, sobre todo, el Hada de los Dientes, porque en España hay otro personaje que se ocupa de su tarea. Ese problema queda de alguna manera solventado con un gag sencillamente espectacular con el Hada como protagonista. Y es que el humor, un acierto enorme, se convierte rápidamente en la baza que puede suplir la falta de conocimiento que los niños puedan tener de los héroes de la película. Las pequeñas hadas, los yetis y los duendes son el motor de las risas, los protagonistas de los momentos más divertidos, sin que eso impida que el Hada, el Conejo, Santa Claus o el Creador de Sueños tengan también sus escenas cómicas.

Aunque es una película muy efectiva y notable, no tiene El origen de los Guardianes una estructura especialmente rompedora ni es innovadora en exceso. Los más críticos quizá verán que las inevitables lecciones morales proceden de otras películas de corte similar. Pero eso no merma en absoluto la capacidad de entretenimiento y disfrute emocional y visual que encierran sus 97 minutos (conviene esperar a que pasen los primeros créditos finales para ver pequeños y divertidísimos epílogos). La atmósfera es, sin duda, el gran logro de la película. Se respira magia y el villano, el Coco (más concretamente podría haber sido el Hombre del Saco, Boogeyman en el original), es tan aterrador como permite serlo una película de dibujos animados. El aspecto visual de la película, desde lo más luminoso y detallista a lo más oscuro y amenazante, es formidable. Y como la atmósfera funciona, es un detalle muy agradecido que no se haya recurrido a voces de famosos que se carguen esa sensación.

El origen de los Guardianes encuentra su aspecto cinematográfico más flojo en la obsesión de convertir parte, al menos solo parte, de las escenas de acción en confusas montañas rusas en las que es difícil seguir el movimiento de los personajes. Salvando ese detalle, nada chirría y todo divierte. Los personajes están construidos con sensatez a partir de los conceptos más tradicionales (siempre teniendo en cuenta que son anglosajones), y se mueven con soltura en el difícil equilibrio entre el respeto a las tradiciones y la necesaria adaptación a una historia de fantasía moderna. Y con eso se consigue una aventura espléndida, que no aburre en ningún momento, que despierta numerosas risas, que ofrece planos e imágenes deslumbrantes y que, aunque sea durante hora y media, llega a hacer que el espectador se sienta como alguno de los niños que aparecen en la película, felices de disfrutar con la fantasía. Y es que nunca hay que dejar de creer, porque de vez en cuando uno se encuentra con películas tan recomendables como esta para seguir haciendo que la magia esté en nuestras vidas.

martes, noviembre 27, 2012

'Fin', el exceso del mcguffin

El mcguffin es uno de los recursos cinematográficos más difíciles porque se corre el riesgo de que el espectador entienda la película como carente de explicaciones. El mcguffin es una excusa que pone en marcha una historia y que, al final, no tiene ninguna importancia. Fin no llega a basarse exactamente en un mcguffin pero viene a seguir esa idea. Plantea un escenario y, con mucho misterio de por medio, no lo explica. Lo que sucede es que, una vez se ha terminado la película, se puede considerar un exceso. Faltan efectivamente explicaciones, un final más tangible para una historia que ronda la hora y media y que apuesta por una tensión creciente y por dejar pistas sobre ese misterio que, en realidad, no solo no llega a resolverse sino que tampoco importa tanto como debiera. Jorge Torregrossa debuta en el mundo del largometraje con eficacia, con una buena puesta en escena, con escenas logradas, pero Fin no termina de colmar las expectativas a pesar de que reúne unas cuantas virtudes.

Cuando una película se presenta como un misterio cuesta hablar de ella. Se encuentran pistas, de hecho, en la sinopsis, en el trailer, incluso en las fotografías promocionales, y eso siempre juega en contra del resultado final. Por eso, apenas se puede hablar del contenido sin destripar más de lo que conviene. Pero sí se puede decir que Fin es una película que se divide en dos partes... y que en realidad echa en falta una tercera. En la primera se presenta a los ocho protagonistas del filme, todos ellos salvo Eva, mucho más joven que el resto del grupo y que llega junto a Félix a una reunión de viejos amigos que llevan años sin verse. Es esa primera parte cuando se afianza lo mejor de Fin, el desarrollo de los personajes. Es fácil, muy fácil, adentrarse en ese grupo de amigos, ir comprendiendo resquemores pasados, relaciones pasadas y problemas no resueltos. Los personajes funcionan juntos, relacionados entre sí y por separado. Eso, sin duda, es lo mejor del filme, que tiene un guión de Sergio G. Sánchez y Jorge Guerricaechevarría basado en la novela de David Monteagudo.

En esa noche en la que se reúnen estos viejos amigos en una casa rural perdida en el campo ocurre algo inesperado e impactante.. pero que tampoco se llega a ofrecer con la nitidez necesaria como para ser considerado un mcguffin. Y lo que sucede se mueve entre lo que no merece la pena desvelar y lo que la película no termina de conjuntar de forma adecuada. La premisa en la que estos nueve amigos se enfrentan a lo desconocido cuando en realidad apenas se pueden soportar entre sí por algo que tampoco se conoce desde un primer momento es un escenario interesante. Bien desarrollado en escenas sueltas, pero que transportado a la película de género que pretende ser Fin se queda corto. Es a partir de la llegada del misterio, al final del primer acto, cuando la película decae. Lo cierto es que sucede con mucha frecuencia que lo que durante el visionado parecer ser algo importante, queda al final como un detalle inexplicado o no demasiado trascendente. La tensión que sí consigue generar Torregrossa con su forma de rodar (salvo en la persecución en bicicleta, algunos de cuyos planos parecen demasiado falsos) se pierde con la resolución de la película.

Como Fin destaca por la caracterización, entre lo mejor hay que destacar el trabajo del reparto. La película comienza poniendo el foco en los personajes de Daniel Grao y Clara Lago, que llevan bien el peso de las presentaciones. Pronto destacan con mucho oficio Maribel Verdú (la tristeza y la melancolía que desprende son maravillosas) y Antonio Garrido (el más acertado en la primera parte de la película, eje emocional de muchos de los conflictos que se cuecen). Y al final convence muchísimo el trabajo que hace Carmen Ruiz, porque el suyo se convierte, de largo, en el personaje más accesible y el que mayor empatía genera. Blanca Romero, Miquel Fernàndez y el debutante Andrés Velencoso, muy conocido por su trabajo como modelo, tampoco desentonan. No conozco la novela de la que procede el filme (el prólogo, tan brillante es su añadido como tramposa su resolución, quizá sea una buena muestra de las novedades), pero si de allí procede lo esencial de la caracterización también hay que felicitar a los guionistas por quedarse con lo esencial y necesario.

Fin funciona en la construcción y en el aspecto visual, en los personajes y en muchos aspectos de su atmósfera, pero no termina de llegar a lo que pretende en el efecto final, que es convencer como película de género tanto como en el desarrollo del pasado y el presente de estos ocho personajes. Y es una pena porque la película daba para más en su planteamiento. El problema no está en que no dé explicaciones y pida colaboración al espectador. No es una cuestión de comodidad. Lo que falla es que plantea los misterios con escenas y argumentos que al final no parecen encajar en el mismo desarrollo. Aún así, se agradece el intento de Jorge Torregrossa, que se presenta como un director interesante y a tener en cuenta, que ha sacado buenas interpretaciones de actores noveles, consolidados y televisivos, cambiando incluso sus registros, y ha encontrado claves para construir un buen largometraje. Eso sí, Fin no las tiene todas, no. Es una película perfecta para comprender aquello del vaso medio lleno o medio vacío.

domingo, noviembre 25, 2012

'César debe morir', el enorme poder del cine

Salir de la sala pensando que César debe morir es una película que resume el enorme poder del cine es el mejor resumen que se puede hacer de la experiencia de ver este singular drama carcelario. Porque eso es lo que es. No es un documental sobre unos presos interpretando el Julio César de Shakespeare, aunque todos sus actores sean presos reales. Lo que se ve en pantalla es un enorme guión que juega con la realidad y con la ficción para proclamar el amor por el arte y la capacidad de que éste libere el alma de un hombre aunque su cuerpo esté preso. Los escasos 80 minutos que dura César debe morir quedan como un hermoso experimento a medio camino entre el cine, el teatro y la vida, que deja una profunda sensación de bienestar. Y deja aún mejor cuerpo saber que semejante lección de vitalidad cinematográfica la han perpetrado como directores y guionistas Paolo y Vitorio Taviani, dos cineastas que acaban de cumplir 81 y 83 años. Nada más y nada menos.

Antes de seguir, quizá procedan varias advertencias. En primer lugar hay que recordar que César debe morir es la película que se llevó el Oso de Oro en el pasado Festival de Cine de Berlín y la que representará a Italia en los Oscar del próximo año. En segundo lugar, que parte de un hecho real, los talleres de teatro que se realizan en varias prisiones italianas, para rodar una historia de ficción. Los actores son todos presos en la actualidad, salvo Salvatore Striano, que interpreta a Bruto, y que ya quedó libre tras cumplir seis años de cárcel. La idea de que estos mismos actores representaran Julio César es de los Taviani, que contaron con la ayuda del director teatral Fabio Cavalli, imprescindible para que el montaje de la obra fuera verídico. Y en tercer lugar, que hay dos características de la película que la elevan por encima de lo que el proyecto apuntaba, que solo esté rodada en color la representación con que se abre y cierra el filme y todo lo demás, un enorme flashback, sea en blanco y negro, y que los distintos acentos regionales que se escuchan en la versión original en italiano sean parte integral e insustituible de la película.

Con esos detalles en mente, lo que ofrece César debe morir es un brillante ejercicio metalingüístico, en el que cada frase del guión encuentra dobles significados y las palabras de Shakespeare sirven para ilustrar la pesada losa que llevan sobre sus hombros estos presos, algunos de los cuales no volverán a saborear la libertad, una sensación que crece hasta estallar con la frase final de la película (sé que vender es imprescindible para cualquier película, pero colocar dicha frase en el cartel me parece un gran error). Hay veces en que uno no sabe si están hablando los reclusos, delincuentes de la camorra y de la mafia; los actores, unos hombres que han redimido sus pecados (que no sus penas) y han descubierto un mundo nuevo; o los personajes, los César (imponente Giovanni Arcuri), Bruto (intenso Salvatore Striano) y Marco Antonio (creciente  Antonio Frasca) dramatizados por Shakespeare. O los tres, que en eso parece consistir el juego de los hermanos Taviani.

César debe morir no es una película sobre una representación teatral. Es mucho más que eso. Es el retrato de la pelea interna de unos hombres que buscan en sus vidas, en sus crímenes y en sus sensaciones, la motivación para entender la traición al César shakespeariano. No hay suspense en cómo va a resultar la obra, pues es un enorme acierto de los hermanos Taviani colocar al principio instantes de esa representación en color y convertir toda la película es un gigantesco flashback. No hay intriga en saber si la redención artística servirá para que alguno de estos hombres salga a la calle, y eso queda claro desde que los delitos y el tiempo de condena aparece sobreimpresionado para presentar a los actores de la obra y del filme. Pero su lucha, su búsqueda de emociones y, en último término, su representación de los papeles acaban convirtiendo la película en un hermosísimo espectáculo de contemplar y en un impresionante canto de amor al arte en general y al cine en particular. Brillante.

viernes, noviembre 23, 2012

'Golpe de efecto', los tópicos no pueden con Clint Eastwood

Que Clint Eastwood aparezca en pantalla es razón más que suficiente para ver una película. Golpe de efecto (horrendo título español para Trouble with the curve) es una película simpática, amable, tópica por encima de todo, aunque con algún que otro elemento de interés que excede lo previsible de su guión y, sobre todo, de su resolución. Pero con Clint Eastwood el filme es mucho más que eso. Porque supone una nueva oportunidad de verle actuar después de haber anunciado que no lo haría más. Porque da igual que su personaje recuerde a otros, siempre tendrá un arrollador carisma que borrará todos los defectos. Porque encuentra en Amy Adams la mejor contrapartida femenina en muchos años (¿la mejor sin más?). Se recordará Golpe de efecto por la presencia de Clint Eastwood, aunque el hecho de que aparezca en la película sea un favor personal que le hace a su habitual director de segunda unidad, Robert Lorenz, en su debut como realizador. El resultado, en cualquier caso, es un título digno, bien hecho y bastante entretenido.

Cada vez que se estrena una película con el beisbol como telón de fondo parece que son necesarias más explicaciones de las necesarias. Una vez más, no, no es una película para fans de este deporte tan americano que los demás mortales no serán capaces de entender o disfrutar. Es una película decente, correcta y que se deja ver con sumo agrado. Quizá sí le saquen algo más de jugo a algunas escenas quienes entienden algo de deporte (en general, no necesariamente sobre este), porque comprenderán muchas de las motivaciones de los personajes con mayor facilidad. Pero no es una película de beisbol. Aún así, insisto que solo para quienes quieran entender esas conexiones, es divertido colocar esta película como la antítesis de Moneyball. Aquella genialidad quizá no lo suficientemente bien valorada era el retrato de la nueva forma de entender el deporte que daba la tecnología. Golpe de efecto es lo contrario. Es la glorificación de los métodos más tradicionales. Y por eso la presencia de Clint Eastwood es sencillamente sublime.

El director de Sin Perdón, Mystic River, Million Dollar Baby, Cartas desde Iwo Jima y tantas otras maravillas no actuaba desde Gran Torino, de 2008. Y no lo hacía en una película que no dirigiera él mismo desde En la línea de fuego, de 1993. Solo por ese detalle, Golpe de efecto es ya una película apreciable. Clint ya sabe llorar, y emociona al hacerlo, pero domina mucho más los registros que le convirtieron en un icono. Es imposible no ver en este Gus Lobel, un viejo ojeador de béisbol que empieza a sufrir problemas de vista y al que algunos en su equipo quieren jubilar para dar paso a nuevos métodos (recordemos, de nuevo, la escena de Moneyball en la que Brad Pitt se enfrenta a su equipo de ojeadores), trazas del Walt Kowalsky de Gran Torino y, por qué no decirlo, por extensión también del mítico Harry Calahan (en el flashback de la película casi se ve al viejo Harry el Sucio). Clint, nunca suficientemente valorado como actor aunque sí como director, domina como nadie personajes como este. Y solo por escucharle gruñir (sí, gruñir) en pantalla ya merece la pena la película (y más en versión original).

La película es tan correcta como tópica. El padre gruñón, la hija responsable con la que apenas es capaz de comunicarse, el joven que aparece para recordar su admiración por el padre y se va enamorando de la hija... y de fondo un tema más o menos pintoresco que aquí es el béisbol. Nada nuevo, nada que chirríe, y todo encaminado a un final más que previsible. Pero por el camino, como decía, Clint Eastwood se topa con la mejor réplica femenina que ha encontrado en años. Amy Adams es una actriz deslumbrante que arriesga en cada papel que hace. Golpe de efecto no es una excepción, sino una confirmación. Una más. Como La duda o The fighter, por citar dos de sus grandes trabajos. Hay tantos matices en su mirada, en su rostro, en su sonrisa contenida y en sus lágrimas que merece la pena detenerse en cada plano en el que aparece. Justin Timberlake asume el papel de secundario en esa relación. No es más que el empujón dramático de algunas secuencias, pero funciona con corrección. Y, una vez más, es un placer ver al mejor John Goodman. Que haya juntado este trabajo con Argo es una espléndida noticia.

Pero hay que asumir que la razón principal para ver Golpe de efecto es Clint Eastwood. Se le vende como protagonista de la película, y da la sensación de que su papel se ha alargado, cuando en realidad el motor del filme siempre parece asumirlo con más claridad el personaje de Amy Adams. Y eso no es malo, porque Clint siempre será Clint. Nunca es tarde para recordar que podemos estar ante una de sus últimas interpretaciones y que verle en una película de estreno será un placer que no tendremos para siempre. Por eso vale la pena disfrutar de Golpe de efecto. Por eso y por su envidiable química con la espléndida Amy Adams. O por esos diálogos de viejos cascarrabias sobre cine (delirante el diálogo comparando a Ice Cube... con Robert De Niro). O, también, por ensalzar los valores del deporte que tan bien quedan en el cine norteamericano. Aunque sea blanda, con algún toque siniestro a lo Mystic River o Gran Torino, no hace daño ver una película amable de vez en cuando. Y más con Clint, tan grande como siempre.