jueves, diciembre 31, 2009

2009: un año de cine

Ha sido este 2009 que se acaba un año curioso. Entre lo mejor que ha llegado a España está buena parte de lo que Hollywood ya juzgó el año pasado, cosas de las distribuciones tardías. La fantasía y la ciencia ficción han ofrecido mucho y bueno. Y algunos de los nombres más clásicos que han llegado este año han sido para mí decepciones, aunque para casi todo el mundo no. Un año curioso. Un año de cine. Otro más. Uno muy bueno.

· La película del año: El desafío: Frost contra Nixon
Será por el tema, a medio camino entre la política y el periodismo. Será por sus interpretaciones, sobre todo la de sus dos colosales protagonistas, Frank Langella y Michael Sheen, que viven un prodigioso duelo en pantalla. Será porque aunque está ubicada unas décadas atrás me parece una película de lo más actual. Será porque Ron Howard, a pesar de ser mortalmente aburrido cuando quiere, encierra algo de la genialidad que en los años 80 ya nos dejó ver en su fantasía. Será por los pequeños detalles, por la sutileza de un guión maravilloso. Será por la formidable manera de adaptar una obra de teatro a la gran pantalla. Será por todo eso y por mucho más, pero El desafío: Frost contra Nixon me parece la mejor película del año. Por mucho que la Academia de Hollywood no se lo quisiera reconocer.

· Lo más destacado
Empieza a parecer imposible que Clint Eastwood no se cuele todos los años en este apartado. Gran Torino es de lo mejor que ha hecho en los últimos años, y eso es mucho decir. Si encima cumple su promesa y ésta es la última vez que aparecerá delante de la pantalla, esta película sólo puede crecer con el paso de los años. Una conmovedora historia humana, magníficamente dirigida, muy bien interpretada, prodigiosamente escrita. Un puñetazo en el estómago, otro más de Eastwood, que nos explica lo cerca de nuestras casas que tenemos la tragedia, lo importante de tener objetivos claros en la vida, la soledad en la que puede vivir el hombre y la influencia que tienen los demás sobre nuestras existencias.

Las dos grandes perdedoras de los Oscar son para mí, paradojas de la vida, dos de las grandes películas del año. El emotivo relato de El curioso caso de Benjamín Button es el mejor síntoma de madurez de un director, David Fincher, que corría peligro de encasillarse en un género, el thriller que ya ha revolucionado dos veces (Seven y Zodiac), y que sale de ahí con brillantez. La duda es un prodigio de diálogos y de actores. Es una película intachable. A ver si va a ser por eso que no a todo el mundo le ha gustado tanto.

Pixar también se cuela en este apartado con facilidad. Up cuenta con los primeros quince minutos más hermosos y de categoría que ha tenido nunca una película de animación. Luego baja, pero poco. Es una aventura tan emotiva como divertida. Es magia. Revolutionary Road tiene magia, pero de otro espectro. Es dura como ella sola. Pero cómo engancha (he leído que el libro engancha aún más). Y La sombra del poder es uno de esos relatos de corte clásico, de intrigas políticas y manejos periodísticos, que tanto gusta ver en cualquier época. Ahora se hacen poco y por eso se disfrutan más. Y si el protagonista es Russell Crowe la cosa mejora una barbaridad.

· Sorpresas positivas
La fantasía y la ciencia ficción prácticamente copan las grandes sorpresas de 2009. Y dos títulos destacan por encima de los demás: District 9 y Moon. Ambas comparten un presupuesto escaso y una imaginación por encima de lo normal. Ambas trascienden la historia de ciencia ficción para contarnos una hermosa historia, de integración y discriminación en el primer caso y de exploración de la esencia del ser humano en la segunda. Ambas son imprescindibles, a pesar de que por ser lo que son no han llegado a diversos sectores de público. Yo me veo en la obligación de pedir una oportunidad para ambas. Y con la mente abierta, que es como mejor se disfruta el cine.

Dos de las superproducciones del verano tenían muchas papeletas para ser fiascos. Por un lado, G.I. Joe lo tenía todo para ser una hermana menor de la infumable Transformers. Pero resulta que, contra todo pronóstico, el infame responsable de La momia y sus secuelas monta un espectáculo muy entretenido. Y Star Trek vivió en el alambre desde que su responsable, J.J. Abrams confesó que no tenía ni idea sobre este universo y que pretendía acercarlo a Star Wars. Tiembla el fan. Y resulta que Star Trek es, para mí, la película del verano, un sincero, entretenido y maravilloso espectáculo para todos los sentidos que hace soñar con más secuelas, un digno homenaje a una saga más desconocida de lo que parece pero al mismo tiempo imprescindible.

Sorpresa, lo que se dice sorpresa, es Celda 211. Da gusto ver, por fin, un thriller fuerte, valiente, bien escrito, magníficamente interpretado y mejor rodado. Y que sea español, un cine que sigue sin atraerme en su conjunto pero que de vez en cuando deja joyas como ésta. El personaje de Luis Tosar, Malamadre, ya forma parte del imaginario colectivo del cine moderno de nuestro país. Déjame entrar es una sorpresa, para mí no tan positiva como para quienes cree que está entre las mejores películas del año, pero es sorpresa al fin y al cabo.

Infectados tiene pinta de bodrio y es interesante. No es La niebla aunque lo intenta, pero es interesante. Los mundos de Coraline se aprovecha de tener a un narrador genial y mágico como Neil Gaiman para ofrecer un cuento precioso, pero algo más adulto de lo que mucha gente cree. Señales del futuro tiene agujeros tremendos (y a Nicolas Cage), pero Alex Proyas suele ofrecer espectáculos entretenidos. Éste, aunque no lo viera casi nadie, lo es. Y en el cine más serio, sorprende El lector. Parece la clásica película densa, aburrida y pretenciosa y en realidad es una preciosa historia de amor y de dignidad humana. ¿O es de desamor e indignidad humana?

· Me gustaron... como esperaba
Es difícil que Alejandro Amenábar me decepcione. Ágora no me parece su mejor película, pero siempre le encuentro puntos de interés. Rueda demasiado bien como para no hacerlo. Sí, el guión tiene lagunas, pero llega a los clímax, los dos que tiene, con un vigor impresionante. Sí, algunos personajes llegan a ser inexplicables, pero el concepto de cine espectáculo de este director español llena bien los huecos. A mí siempre me gusta que un director español ruede películas sin ponerse límites. Sin llorar por la piratería y sin mendigar por la subvención. Y si lo hace bien, por muchos errores que tenga, mi simpatía la tiene ganada. Ágora la tiene.

El regreso de Sam Raimi al terror demoníaco fue lo que se esperaba. Y si se ve Arrástrame al infierno con esos ojos, se disfruta mucho. No es Posesión infernal, pero se disfruta. Adaptar Watchmen tenía mil y un peligros. Zack Snyder sortea algunos y cae en otros, pero hace un trabajo decente. A veces notable. Merece la pena, aún sabiendo que el montaje extendido en DVD será sin duda mejor. Valkiria no revoluciona el cine ambientado en la Segunda Guerra Mundial. Pero, y a pesar de las ganas que demasiada gente le tiene a Tom Cruise, Bryan Singer es un director apañado que hace películas sensatas, coherentes y entretenidas. Enemigos públicos no es lo mejor de Michael Mann, pero sí un notable regreso tras la aburrida Corrupción en Miami Y, sí, Avatar me gustó como esperaba. Para lo bueno y para lo malo. Los detalles, en la próxima entrada.

· Enormes decepciones
Decepciona aquello en lo que se ponen muchas expectativas, aquello que piensas que puede contener calidad suficiente como para que ofrezca una gran película. O al menos una entretenida. Mi nombre es Harvey Milk fue la mayor de todas. Una biografía de un tipo interesante, una película que ahonda en la historia más humana y política, un actor protagonista de lujo secundado por magníficos intérpretes, y un director de cierto prestigio. Carta ganadora, ¿no? No. Mi nombre es Harvey Milk es aburrida y pretenciosa. Irreal en muchas escenas. Pero Sean Penn es un monstruo, ese sí que no decepciona.

Para mí, decepción, para otros título imprescindible. Slumdog millonaire fue sin duda una decepción. Sin duda. Película simpatiquilla y poco más. Ni encuentro la genialidad, ni veo nada del otro mundo en el guión (con un final que me resulta torpe e inverosímil), ni en los actores, ni en la música, ni en la puesta en escena de Danny Boyle. ¿Soy el único que considera absolutamente incoherente con el tono y el objetivo de la película ese montaje musical bollywoodiano final? Vals con Bashir consiguió mucha fama, pero a mí me dejó algo frío. Y Cuestión de honor, sin tener una miras tan elevadas como las dos anteriores, prometía mucho más en su trailer y en sus nombres.

El cine de acción contó con dos grandes fiascos este año. Se esperaba bastante de Lobezno. Debía ser la película que relanzara la franquicia de los X-Men y en taquilla parece que lo ha conseguido. Pero el resultado fue muy pobre. ¿Se puede hacer una película de un tipo con garras de metal irrompible sin que aparezca en pantalla una sola gota de sangre? Por lo visto sí. Terminator Salvation fue otro fiasco. No es tan mala, no, pero sigue mostrando el declive de la saga... y quizá su fin. Pensaban hacer una nueva trilogía y no sé siquiera si estarán contentos con este rutinario producto de McG en el que lo mejor es lo que ya le habían dado inventado.

· Pérdidas de tiempo
Lo que para mí han sido pérdidas de tiempo, para otros son peliculones. Bienvenidos al maravilloso mundo del cine. Pero es que a mí ni Quentin Tarantino ni Woody Allen me dicen gran cosa. De Malditos bastardos sólo veo rescatable su homenaje al cine. De Si la cosa funciona alguna que otra frase ingeniosa. Pero poco más en ambos casos. Y el caso es que los fans de ambos realizadores han salido encantados de sus últimos trabajos, han visto una nueva genialidad gamberra en el caso del primero y un regreso a sus gloriosos orígenes en el caso del segundo. Me alegro por ellos y de que disfruten en el cine. Pero lo que es un servidor no guarda grato recuerdo de ninguna de las dos películas.

Tampoco me convencieron las adaptaciones de dos de los fenómenos editoriales del momento. Ni los Ángeles y demonios de Dan Brown ni el Harry Potter de turno (El misterio del príncipe) de J.K. Eowling. La primera puede que sea mejor que El código Da Vinci, pero me sigue pareciendo un relato mal hilvanado e interpretado con la pereza que da saber que la va a ver todo el mundo. El niño no tan niño mago no me ha capturado en ninguna de sus películas. Ésta la tengo entre las peores porque salí con la sensación de que nada me contaron a la espera de llegar al final (alargando un libro en dos películas).

El cómic mal adaptado clavó otra pica en Hollywood con Los sustitutos. El videojuego cutremente trasladado a la gran pantalla añadió también la suya con Street Fighter: La leyenda. Guy Ritchie no me captó para nada con la rutinaria Rock’n’rolla (ojalá mejore con su Sherlock Holmes). Lo de rodar cine con videocámara encuentra un nuevo y mal ejemplo en Paranormal activity (si por algo ha tardado dos años en llegar a España...). El cine épico se quedó frío en la Resistencia de Edward Zwick a pesar de tener algunos aciertos. En el cine infantil, Monstruos contra alienígenas se me quedó en un intento fallido de homenajear al cine de terror de los años 50. En la comedia absurda, te puedes reír un poco pero poco más con Nueva York para principiantes. Y Algo pasa en Hollywood no es la sátira que podría haber sido sobre el mundo de Hollywood, entre otras cosas porque Robert de Niro sigue languideciendo.

· La peor película del año: Transformers. La venganza de los caídos / Jennifer’s body
Este año van a ser dos. Y, curiosidades de la vida, comparten actriz protagonista. Y es que no es fácil decidirse sobre cuál de estos dos despropósitos es más despropósito. En condiciones normales me quedaría con Jennifer’s body porque es un filme que no hay por donde cogerlo. Ni teniéndole cariño a alguno de sus responsables, lo que no es mi caso. Pero como éste ha sido un fracaso en taquilla, lleva ya penitencia encima, y por eso mi mirada se va también a Transformers. La venganza de los caídos. Qué mala es. Qué subproducto multimillonario de pretendida ciencia ficción. Qué confusión tan pobre reina en cada plano, en cada frase, en cada actor. Es mala, de verdad. Y lo digo, aquí sí, sintiendo un gran cariño por la franquicia con la que crecí en los 80. Será por eso que me gustó tan poco esta adaptación.

· Ningún interés por verlas
Millenium y su secuela, estrenadas con rapidez, hechas casi en serie, no me llaman la atención. Por lo menos no hasta leer las novelas. Si es que las leo. Lo mismo me sucede con Luna Nueva. Crepúsculo, a simple vista, no es lo mío. Ni estúpidas adaptaciones de animación como Dragonball: Evolution, cuya serie matriz ni siquiera he visto. O el enésimo vehículo para las muecas de Jim Carrey, Cuento de Navidad. O la comedia con la que al parecer todo el mundo se ha reído, Resacón en Las Vegas. O ese despropósito llamado Anticristo del que tan mal me han hablado. O la secuela del Che. El argentino me aburrió y Guerrilla será indudablemente más de lo mismo.

Hay cine español destacado que tampoco está entre mis planes (aunque lo mismo caigo en alguna...). Almodóvar no es lo mío, llevo años constatándolo, y encima Los abrazos rotos cosechó disparidad de opiniones entre sus fieles. Mentiras y gordas es la típica comedia que no me atrae. Menos aún desde que su mejor baza para ser famosa fue la participación de la ministra de Cultura en su guión. REC 2... Si es que no me gustó REC, me pasé la película pensando “imbécil, tira la cámara y sal corriendo”. Y Spanish Movie... pues vete a saber. Lo mismo hasta me río. Pero la verdad es que lo dudo. Aunque hay que reconocer que en un país en el que nos molestamos por todo, tiene cierta valentía hacer una película paródica de todo.

· Lo que me queda por ver
Y sin tiempo para verlo todo, se quedan unas pocas películas de 2009 en el tintero, películas que quiero y voy a ver en algún momento pero que todavía no han tenido su oportunidad. Sobre todo se han quedado todavía en el tintero 2012, por aquello de ver a Roland Emmerich destruyendo el mundo por enésima vez (y sin demasiadas esperanzas de ver mucho más que lo que ya ofrecía el trailer) y Planet 51, que para eso es la película más cara de la Historia del cine español y una de las mejor vendidas (y, casualidades de la vida, tampoco tengo demasiadas esperanzas puestas más allá de un simple y pasajero entretenimiento).

Falta por ver The visitor y la, dicen, excepcional interpretación de Richard Jenkins. Falta El imaginario del Doctor Parnassus, por ser una película del irregular Terry Gilliam (a veces fascinante, a veces insoportable) y por ser el último trabajo del fallecido Heath Ledger, después de su brutal Joker en El Caballero Oscuro. Falta Donde viven los monstruos, la última paranoia de Spike Jonze. Falta Ninja Assassin, con pocas ganas pero porque V de Vendetta me gustó. Y falta La clase, por ver si en esa película, parece que hoy ya algo olvidada, hay tanto por rascar como decían algunos en su momentos.

martes, diciembre 22, 2009

10 PELÍCULAS... del uno al diez

Los números son parte de nuestra vida y el cine no es una excepción. Hagamos una particular cuenta del uno al diez a través de títulos de películas. Podrían haber sido otros muchos filmes, porque los números abundan en los títulos, pero estos son los escogidos.

1. Uno de los nuestros
Para muchos, una de las mejores películas de Martin Scorsese, aunque es difícil saber cuáles son las mejores en una filmografía tan impresionante, y pese a todo una de las que menos parece haber calado en la gente. Todo el mundo recuerda Taxi Driver, pero pocos tienen en la memoria escenas de Uno de los nuestros. Lo que sí es impresionante es ver cómo el trío formado por Robert De Niro (¿cuándo dejó de ser este actor inconmensurable...?), Ray Liotta y Joe Pesci componen uno de los grupos más inolvidables del cine de mafiosos. Violenta como ella sola, incluso en lo verbal (la palabra “joder” se pronuncia 296 veces en sus 146 minutos... y casi la mitad las dice el personaje de Pesci).

2. Dos hombres y un destino
Antes de El golpe, dos de las grandes estrellas del momento, Robert Redford y Paul Newman, se unieron para protagonizar un atípico western. Atípico por sus protagonistas, dos ladrones de bancos cuya historia no se refleja con absoluta fidelidad a los personajes reales, y también por su insólito, poético y hermosísimo final (absurdamente adelantado por el absurdo título en castellano de Butch Cassidy and the Sundance Kid). Maravilloso guión de William Goldman. Quien no haya visto la escena de la bicicleta bajo los acordes del Raindrops sep fallin’ on my head (canción ganadora del Oscar), tiene pendiente todo un clásico, recomendable para todo el mundo, le guste o no el western.

3. El tercer hombre
¿Qué no es inolvidable en esta película de Carol Reed? Sobresalen las actuaciones de Joseph Cotten y del gran Orson Welles, pero todos brillan de la mano del prodigioso guión de Graham Greene (mejor que la novela que escribió previamente con el libreto cinematográfico en la mente). Inolvidable la aparición de Welles en escena, saliendo de las sombras y arqueando la ceja. Pero también es inolvidable la música de cítara de Anton Karas. O el opresivo ambiente de la Viena dividida en cuarto sectores. O la escena y el diálogo en la noria. O ese inigualable plano secuencia final (que Scorsese homenajeó en Infiltrados). O el clímax en las alcantarillas. O todo. Qué obra de arte.

4. Los Cuatro Fantásticos
¿Cómo conseguir que naufrague y a la vez entretenga una adaptación de cómic? Ésta es la respuesta. Logra lo más difícil, y es conseguir que los personajes cobren vida (al menos la mayoría de ellos; el Doctor Muerte es una triste caricatura del villano original), pero después se queda a medio camino en casi todo. Le falta espectacularidad, le falta espíritu, le falta un guión a la altura (la batalla final tampoco hubiera estado mal mejorarla, pero fueron necesarios cambios de última hora porque Los Increíbles había llegado antes a los cines). Pero al final resulta que entretiene. Una de esas películas con la que no muchos cinéfilos confesarán haber disfrutado. Igual de mala y a la vez de entretenida que su secuela.

5. El quinteto de la muerte
Cuando cinco atracadores intentan dar el golpe a un banco a través de la habitación que le alquilado a una anciana viuda, todo es posible. Con Alec Guinness y Peter Sellers a la cabeza, lo único que se tiene asegurado es la carcajada. Una divertidísima comedia británica que triunfa porque mezcla humor negro, irónico, inteligente y el más puro gag. Muchos han querido ver en la película una metáfora sobre la caída del Imperio británico y, aunque nunca fue un tema presente en la escritura del guión, así lo confirmó en su momento su director, Alexander MacKendrick, que aquí alcanzó la gloria y cotas que nunca repitió. Y luego llegaron los hermanos Coen y realizaron un remake vergonzoso que el único humor que supone incorporar a la delirante y desternillante historia original fue el escatológico.

6. El sexto sentido
La película que lanzó al estrellato al director M. Night Shyamalan. Una preciosa historia de amor (sí, de amor) y suspense, condicionada por una sorpresa final que a estas alturas todo el mundo conocerá y que en su momento fue todo un bombazo. Y por eso mismo, es el momento de reivindicar nuevamente este drama sobrenatural, porque aún conociendo el desenlace es casi seguro el disfrute con este filme. Popularizó para siempre la frase de “en ocasiones veo muertos”. Bruce Willis convence (a pesar del tupé de esa escena) y el chaval Haley Joel Osment nos demuestra que el talento no tiene edad (¿o lo que tiene en algunos casos es fecha de caducidad?). Un pequeño clásico.

7. Seven
Qué difícil es revolucionar un género, pero justo eso es lo que hizo David Fincher con Seven. El thriller policiaco se estaba convirtiendo en algo rutinario y anodino hasta que apareció este John Doe que asesina basándose en los siete pecados capitales. Brillantes Kevin Spacey y Morgan Freeman (como si alguno de los dos pudiera estar mal...). Brad Pitt casi estropea la película, sobre todo en la tensa, enigmática y llena de suspense escena final. Fincher crea una atmósfera oscura y lluviosa ya imitada hasta la saciedad, rueda un guión espeluznante y preciso, sorprendente desde el primer hasta el último minuto. ¿Ya han pasado quince años desde que se estrenó...?

8. Alien. El octavo pasajero
Un escenario cerrado, siete seres humanos... y el octavo pasajero. En realidad tendría que ser el décimo, si contamos al gato y al ordenador de la nave, la mítica e inolvidable Nostromo. ¿Qué se puede decir que no se haya dicho ya de este clásico inmortal? Quizá que es la mejor película de Ridley Scott, con permiso de Blade Runner. Quizá que es más una historia de terror que de ciencia ficción, a pesar del envoltorio. Quizá que cuenta con el extraterrestre más intrigante y original que jamás se haya visto en una pantalla de cine (¿visto? Sólo al final...). Quizá que, puede que sin saberlo, creó a la heroína moderna de ficción en la piel de Sigourney Weaver. Quizá que quien no la haya visto todavía tiene ante sí un tesoro que me encantaría volver a descubrir por primera vez.

9. Nueve semanas y media
Todo un mito erótico del cine de los años 80. Cuando Kim Basinger se mostró al mundo, físico por delante, y cuando Mickey Rourke era una estrella, por mucho que eso pueda sorprender hoy en día (menos desde su regreso a la primera línea, aunque a mí El luchador me impresionara más bien poco). Lo que sí sorprende es que esta película del montón cobrara una fama inusitada en su momento y permitiera a Adrian Lyne hacer una y otra vez películas con el morbo como único argumento. Vale que la escena del striptease de Kim Basinger y la música de Joe Cocker se convirtieron en auténticos iconos eróticos, pero de ahí a pensar que ésta es una buena película, va un trecho. Un trecho inmenso. Pero es de esas que hay que ver, aunque sólo sea para criticarla. O compartirla.

10. Los diez mandamientos
Hubo un tiempo en el que el espectáculo en el cine tenía sólo un nombre: Cecil B. De Mille. ¿Película grandiosa y épica? Tenía que ser suya. Y así sólo él podía rodar la más ambiciosa versión de la historia de Moisés, después de haberla filmado él mismo, con menos medios y menos espectacularidad, más de tres décadas antes. Los diez mandamientos lo tiene absolutamente todo en sus casi cuatro horas de duración. Sobre todo un reparto brutal encabezado por Charlton Heston y Yul Brynner. Y unos efectos especiales que en su día eran el no va más. Hoy todo se haría por ordenador. Entonces requirió la mayor superproducción de la época. Cine con todo el sabor del Hollywood más clásico. Cine del que ya no se hace ni se hará nunca más, porque el ordenador ya lo hace todo.

lunes, diciembre 14, 2009

SAGAS: Star Wars

Si hablamos de sagas en el cine, casi todo el mundo pensará en la misma: Star Wars. De hecho, el término cobró sentido cuando George Lucas emprendió la creación de todo un universo que aún hoy, más de treinta años después de su nacimiento, sigue creciendo y expandiéndose aunque la franquicia cinematográfica ya haya finalizado como tal (dentro de esta saga no cuenta la película de animación Clone Wars). Hay gente que la critica sin piedad, pero su influencia en la Historia del cine es incuestionable. Por todo lo que aportó y por todos aquellos a los que inspiró. Estamos hablando de un universo único, de un cine de escapismo que cambió la forma de ver películas en los años 70 y que revolucionó la industria en muchos sentidos. Desde el merchandising hasta los efectos especiales. Y, sobre todo, el sentido de aventura que Hollywood había perdido. Habrá quien no lo comparta, pero para mí son joyas imprescindibles de ver.

· STAR WARS: UNA NUEVA ESPERANZA (1977)
Lo que George Lucas hizo con Star Wars es colocar los mitos de toda la vida en el espacio: el príncipe valiente, la hermosa princesa, el anciano mentor, el amigo descarado, los secundarios cómicos, las batallas épicas, el malvado tirano. Nada de ciencia ficción científica, como predominaba entonces en Hollyood. Ciencia ficción aventurera, de la que no se hacía. Con unas imágenes nunca vistas hasta ese momento (eso hoy no lo aprecia casi nadie, porque casi nadie ve el cine en perspectiva). Con uno de los finales más emocionantes y entretenidos de la Historia del cine se cierra un espectáculo magnífico, intenso, irreprochable, carismático y con un guión a la altura. Mirad a los personajes: son iconos perfectamente desarrollados. Y eso está en el guión, por mucho que se disfrute arremetiendo contra Lucas y por mucho que no sea un guionista tan brillante. La imagen triunfó (¿quién no recuerda las ensaimadas de Leia, el Halcón Milenario o el casco de Darth Vader?) y el sonido también (y no sólo habló de la inigualable música de John Williams, sino también del universo de efectos sonoros creado por Ben Burtt).

· EL IMPERIO CONTRAATACA (1980)
Si hubiera un manual para realizar secuelas, tendría que poner en su portada una foto de El Imperio contraataca. Todo crece, en cantidad y sobre todo en calidad. Darth Vader ya era grande, pero aquí se convierte en el mejor villano de la Historia. El descaro de Han Solo le hace ser aún más legendario. Yoda aumenta los mitos de la Fuerza y la convierte en inspiración hasta para la vida real. Hay más planetas, más espectaculares, las ensoñaciones crecen y la imaginación se dispara. La aventura de la primera película pasa a ser un drama que no pierde un ápice de entretenimiento. El guión de Lawrence Kasdan consigue todo eso. Lucas es un gran narrador, pero un modesto guionista que acertó con Star Wars y supo ceder la batuta a tiempo. Kasdan le da una épica a esta saga que quizá de otro modo no habría conseguido. ¿De verdad que la marcha impercial de John Williams no estaba en la primera película? Es magia pura. Como la escena del campo de asteroides. Como la de la carbonita. Como el duelo entre Luke y Vader. Como ese final abierto y oscuro. Dirige Irvin Kershner, pero la mano de Lucas es alargada. Es su saga.

· EL RETORNO DEL JEDI (1983)
Perdidos en las críticas al infantilismo de los ewoks, esos ositos peludos que ayudan a los héroes en la batalla final, muchos no se dieron cuenta del gran logro de esta película: un clímax de una hora de duración que no pierde nada de intensidad, gracias a un portentoso montaje que mezcla tres escenarios diferentes con precisión de cirujano. El combate final entre un Jedi dubitativo y un Sith más humano que nunca es la mejor escena de la trilogía (acompañado con la mejor música que contiene la saga que, sin embargo, no está entre las más populares). Como en El Imperio, todo es más grande que en la película anterior (tan grande como ver a Jabba por primera vez después de dos películas oyendo hablar de él), aunque en ésta no necesariamente mejor que en el anterior. La impresionante batalla final en la Estrella de la Muerte fue durante muchísimos años la escena de efectos especiales más espectacular y con más elementos jamás rodada, quizá hasta que los gráficos por ordenador llegaron al cine. Ahora dirige Richard Marquand, pero sigue siendo una película de Lucas. Un final perfecto para una trilogía que no es perfecta, pero sí un claro exponente de cómo se debe hacer espectáculo en el cine.

· LA AMENAZA FANTASMA (1999)
La misma falta de perspectiva con la que hoy se ve la primera Star Wars le pasó factura a La amenaza fantasma, aunque aquí con algo más de razón. En conjunto, y sin duda, la más floja de todas las entregas, pero al mismo tiempo una introducción necesaria. La falta de concrección en algunos momentos, la ausencia de personajes carismáticos a la manera de Han Solo o el tono perdido de algunos actores entre pantallas azules y verdes restan eficacia a esta reintroudcción en el universo de Star Wars. Pero merece la pena por la intensa carrera de vainas, por el magnífico combate final de sables de luz, por las imágenes de Coruscant, por la prodigiosa integración del mundo real y el mundo digital, por Liam Neeson en su enésimo papel de maestro, por un magnífico villano que aparece, aterroriza, muerde y tiene un papel crucial en el desenlace. Vale, Jar Jar Binks es el primer peersonaje digital, pero también es cansino como él solo. ¿Y no lo eran también los ewoks? Pese a todo, el mismo tipo de película, pero con efectos digitales. Muchos no entendieron ese salto. Lo que decía, la perspectiva es necesaria para ver el cine, y más cuando es un cine tan tecnológico como éste.

· EL ATAQUE DE LOS CLONES (2002)
Lucas eleva el listón. Consciente de que La amenaza fantasma decepcionó a muchos, subió la intensidad en todos los niveles. En el plano romántico trazó una gran historia con Anakin y Padme (con la Plaza de España de Sevilla como fondo inicial), pero se le olvidó sumarle diálogos tan grandes como los de Han y Leia. Hayden Christensen y Natalie Portman tienen momentos increíbles y otros indiferentes, por los diálogos y por los efectos especiales. Anakin comienza a sumergirse en el Lado Oscuro y eso impresiona. Yoda por fin pelea, y aunque muchos prefirieron tomarse la escena como comedia, es fascinante. Casi tanto como ver al gran Christopher Lee entrando en los mitos de Star Wars (casi al mismo tiempo que entraba en los de El Señor de los Anillos). Ver a tantos caballeros Jedi juntos es el sueño de cualquier aficionado a la saga. Ver cómo se gestaba la creación del ejército imperial también. Un Star Wars intenso, plagado de grandes momentos. No sólo es una mejora con respecto a la primera, es retomar el esplendor de la trilogía original en casi todos los aspectos. Eso sí, insisto, cómo lastra no tener diálogos a la altura. Lucas debió dejar el libreto a otro.

· LA VENGANZA DE LOS SITH (2005)
Un magnífico final, en el que el único pero está en el desarrollo cronológico de la caída de Anakin al Lado Oscuro, a veces demasiado precipitado e inexplicado. Pero verlo le da una intensidad a esta película como no se había visto hasta ahora en el universo de Star Wars. La película es muy dura y violenta: Anakin en el templo Jedi con los aprendices más jóvenes o después en Mustafaar con los separatistas, la matanza de caballeros Jedi bajo los acordes del mejor Williams, Obi-Wan peleando a brazo partido con esa maravilla digital que es Grievous, Yoda asesinando a soldados clon. Pero no pierde nunca ese sentido de aventura que siempre caracterizó a Star Wars. El final, el nacimiento paralelo de Darth Vader por un lado y de sus mellizos por otro es sencillamente perfecto. Y el momento en que se cierra el casco de Vader y se escucha por primera vez la icónica respiración del mejor villano de la Historia es simplemente inolvidable. Muchas críticas tuvo, como toda la segunda trilogía (como la primera también, por cierto), pero es un entretenimiento de primer orden que supone la culminación a una saga universal. Y eso tiene mérito, aunque en conjunto este segunda trilogía sea un pelín inferior a la primera.

viernes, diciembre 04, 2009

Scarlett me descoloca

Scarlett Johansson me descoloca. Y no, no estoy hablando de los efectos que su atractivo físico puedan tener sobre mí, sino del efecto que ese atractivo físico y otras cosas tienen en la carrera de la actriz. Para hablar de ella, hay que hablar de un punto de inflexión: Lost in translation. Hasta ese momento, había hecho cine independiente de cierto prestigio (Ghost world; para mí prescindible totalmente, una sorpresa negativa con todo lo bueno que había oído de ella), cine de terror de serie B (Arac attack), películas comerciales que necesitaban de una niña (Causa justa, Solo en casa 3) y un papel de cierta relevancia con un director notable, Robert Redford (El hombre que susurraba a los caballos).

Con este currículum, no es de extrañar que Lost in translation se vendiera antes de su estreno, no con la participación de Scartlett, sino como la película en la que Bill Murray iba a sorprender a todo el mundo. Y lo hace, ya lo creo que lo hace, porque como casi todos los buenos cómicos esconde un gran actor. Pero cuando vi Lost in translation, y dado que a Bill Murray siempre le he tenido cierto cariño, para mí la sorpresa fue ese chiquilla de 19 años que se encontraba todavía más perdida que el hombre cincuentón que acaparaba los posters de la película. Nada de lo que le había visto hasta ese momento, ni siquiera dirigida por Robert Redford, me llevaba hasta ese personaje tan hermoso.

Pero aquí llegó la sorpresa. La aparición de Scarlett Johansson en Lost in traslation acaparó elogios, y no sólo por su categoría como actriz. Además de sus cualidades interpretativas, gustó, y mucho se escribió sobre ello, que una actriz alejada de los cánones de belleza estilizada (¿enfermiza?) que rigen en la sociedad actual se mostrara con semejante naturalidad. Pese a todo, Scarlett se convirtió en un sex symbol. No digo que no lo merezca ni que no lo parezca. Pero fue una sorpresa. Y ese sex symbol me temo que ha ido devorando a la actriz. Con esporádicos regresos a la categoría, como su papel en Match point. Pero el resto me tiene descolocado. ¿Es una buena actriz? ¿Es una cara bonita? ¿Es sólo un busto?

En A good woman no tiene registros y Helen Hunt se la merienda con una facilidad aplastante. Tiene aquí la misma cara que en La dalia negra o Las hermanas Bolena, inexpresiva y sin dotar de personalidad a sus personajes. En Scoop y Vicky Cristina Barcelona pasa por delante de la cámara como podría estar haciendo cualquier otra cosa, con un desinterés enorme. Como heroína de acción hasta ahora (y a la espera de su Viuda Negra en Iron Man 2, a la que pertenece la imagen) es un fracaso, porque en La isla sólo sabe poner cara de asombro y correr, y en The Spirit enseñar el escote junto a otras actrices que parecen hacer lo mismo, contribuyendo al fiasco absoluto que es la película.

¿Está devorando la maquinaria de imagen de Hollywood a quien podría haber sido una gran actriz? ¿Por qué parece que está más pendiente de su (según me han dicho poco interesante) carrera musical o de los anuncios que hace que de las películas que escoge? Supongo que sus próximos filmes definirán el futuro de Scarlett. En el horizonte sólo tiene Iron Man 2 y Los Vengadores. Ya veremos.

martes, noviembre 24, 2009

¿La cosa funciona...?

Con Woody Allen tengo un problema. No suelo verle la genialidad que sí le ven otros muchos (más entre la crítica que entre el público, porque su cine no llega tanto a la gente como a quienes lo evalúan... y mucho menos en Estados Unidos). Me pasa un poco lo mismo que con Almodóvar o Tarantino, aunque sí tengo que reconocer que Woody Allen me ha llegado en alguna ocasión, cosa que no puedo decir de los otros dos. Admiro la originalidad y audacia formal de Annie Hall (aunque creo que la película ha envejecido bastante mal), disfruto mucho con la cinefilia pura y el romanticismo de La rosa púrpura del Cairo, me río lo que no está en los escritos con las ocurrencias de Misterioso asesinato en Manahattan o admiro la complejidad psicológica de Match point. Si la cosa funciona, en cambio, no tiene nada que me llame especialmente la atención.

Y es que Woody Allen suele aburrirme o quedarse en relatos amables pero intrascedentes (Si la cosa funciona se adapta más a la segunda categoría). Ha llegado un punto en el que lo que hace me parece carente de interés. Y me resulta curioso que ahí, además de defectos propios, le pueda achacar defectos del cine de esos otros dos directores que mencionaba antes. Woody Allen, en sus últimas películas, ha almodovarizado su universo. Si donde antes pretendía mostrar la vida de personas reales en el Nueva York contemporáneo, ahora ha decidido introducir personajes atípicos. La loca de Vicky Cristina Barcelona o el gay que no sabe que lo es de Si la cosa funciona. En cuanto a Tarantino, me parece inevitable trazar un paralelismo entre el final de esta película del neoyorquino y el de Malditos bastardos. En ambas creo que hay un arranque de ego bastante peculiar, un autohomenaje de esos que provocarán la más sonora carcajada de sus seguidores y la indiferencia, cuando no malestar, de sus detractores. A mí me provocó indeferencia.

Si la cosa funciona parece, sobre el papel, un regreso de Woody Allen a sus orígines. Es decir, a retratos sentimentales de personas anónimas, en una película modesta y breve (apenas 90 minutos). Lo que pasa es que yo lo he terminado viendo como un autoplagio nada disimulado, que sólo introduce la novedad del momento temporal en que transcurre, hoy y no en los 70. No sé hasta que punto necesitaba esta película un relato mirando a cámara, como el que el propio Woody Allen hacía en Annie Hall. El autoplagio en el personaje protagonista ya hace tiempo que estaba agotado. Y es que el realizador siempre es quien protagoniza sus películas, sea con su propio rostro o con el de otros actores, y eso ya viene lastrando el cine de Woody Allen desde hace demasiados años (bien es cierto que Larry David hace un Woody Allen más completo que el que el propio director es capaz de hacer).

Como también esa manía de comenzar sus películas con unos aburridísimos títulos de crédito sobre fondo negro (¿estamos siempre viendo la misma película? ¿es el cine de Woody Allen un bucle interminable?) o el repetitivo uso de la misma clase de música (¿se saltó la clase en la que se explicaba el uso de la música instrumental?), que parece que utiliza para satisfacer gustos personales y no para enriquecer el filme. Como también esa repetición de los mismos personajes. Cambian las edades, cambian las profesiones, pero son los mismos arquetipos. Es el mismo grupo de amigos, aunque ya sin los amigos de Woody Allen en sus inicios. No está Diane Keaton, no está Alan Alda, no está Mia Farrow, no está Danny Aiello, no está Dianne Wiest... ni siquiera está el propio Woody Allen. Pero son los mismos.

Con todo lo anterior, queda bastante claro que no comparto la casi unanimidad de la crítica, que ha visto en Si la cosa funciona un regreso de la genailidad de Wood Allen después de los fiascos de Scoop o Vicky Crsitina Barcelona (que, paradójicamente, no fueron fiascos para la misma crítica en el momento de sus respectivos estrenos...). ¿Es una mala película? No, no es eso. Se trata de una historieta menor, con algún momento chispeante en el guión y que sacará alguna sonrisa cuanto más se identifique el espectador con algún momento del filme que haya vivido en la realidad. Es una película amable y bonachona, pero lo es tanto que adquiere el nivel de intrascedente y no perdura en la memoria.

La principal crítica que se le puede hacer es que en ella no hay mucho que le haga sobresalir de las cientos de comedias que se hacen hoy en día. Si acaso, que el protagonista es un anciano y no una pareja de actores jóvenes y prometedores de esos que a los 25 años ya están olvidados. Si acaso, alguna conversación ingeniosa. Si acaso, algún momento de Patricia Clarckson, de largo la mejor intérprete de la película (aunque su personaje me parezca de lo más endeble del guión). Pero poco más. ¿La cosa funciona? Para mí no demasiado.

martes, noviembre 17, 2009

'Jennifer's body', el mayor despropósito del año

Que quede claro desde el principio, Jennifer's body me parece una película horrible que no hay por donde cogerla. Ni siquiera como un subproducto de serie B adolescente para pasar el rato. Es asombroso que para esta película se gastaran tanto en publicidad como se gastaron antes de su estreno, ya que la distribución de material comenzó ¡quince meses antes del estreno! Pero más asombroso aún que esta película generara la más mínima atención en los medios de comunicación, que ya pican ante cualquier cebo con envoltorio bonito. Sólo hay una explicación posible, y me temo que no tiene nada que ver con el cine, sino con instintos mucho más primarios.

Porque, seamos serios, Megan Fox no tiene absolutamente nada de especial para lograr la atención que genera. ¿Que dice unas cuantas barbaridades salidas de tono? Si no es por su cuerpo (¿por qué no llamaron a esta película Meg's body?), nadie le haría caso. Así de claro y así de triste. ¿Que lleva ya unas cuantas películas horribles (la secuela de Transformers creo que, de momento, las supera a todas) desde que debutó? Qué más da, está buena y hay que sacar sus fotos, sus declaraciones por estúpidas que sean y las imágenes de sus películas, en las que además de estar buena se mueve y habla (es un decir, porque vaya frases antológicas saca del guión de Jennifer's body). ¿Actriz? Venga ya.

El de Megan Fox es sólo el primero de los nombres de mujer absurdamente encumbrados que tiene algo que ver en esta película. El segundo es el de su guionista, Diablo Cody. Esta mujer, de 31 años, sólo ha escrito un guión con anterioridad (en realidad lo escribió el mismo año que Jennifer's Body): Juno. Por algún extraño motivo, se quiso convertir el libreto de una peliculita simpática en casi un símbolo del cine independiente. Ganó el Oscar y Diablo Cody salía hasta en la sopa como si fuera Billy Wilder. Éste es su segundo guión. Ya no sé si quiero ver el tercero. La tercera responsable de este subproducto excesivamente publicitado que es Jennifer's Body es su directora, Karyn Kusama, que ya había conseguido en Aeon Flux el prodigio de hacer que Charlice Theron parezca una mujer del montón.

Se presume que Jennifer's body quiere ser una película a medio camino entre la comedia y el terror, de consumo adolescente y, digamos (mucho decir), de culto, con un personaje más o menos emblemático (que no pasa de ser un chiste de mal gusto, mal trazado, mal interpretado y peor resuelto). Lo que en realidad es esta película no pasa de refrito de filmes malos de solemnidad, con tacos que pretenden meter al espectador en el mundo adolescente (¿?), escenas de sexo tan torpes como absurdas y personajes tan tópicos, desdibujados e inexplicables que no parece posible que un estudio dé luz verde a una película como ésta. Me imagino que quiere ser un Carrie moderno. Y se queda en algo tan lamentable, que me ha tenido dos semanas pensando si merecía la pena escribir sobre ello.

Afortunadamente, la gente no se ha tragado el lamentable intento de meter por los ojos Jennifer's Body, el mayor despropósito del año (tiemblo de pensar que, con tanta mujer en el equipo, habría recibido un trato especial si se hubiera hecho en España, gracias a la estúpida aplicación de la Ley de Igualdad...) La película costó 16 millones y ha recaudado en todo el mundo poco más de 18. Yo ya la he borrado de la memoria. Si alguien quiere ver a Megan Fox, que se conforme con los carteles de la película. Maravillas del Photoshop, ahí sale mucho mejor que en la película. Y quien no se conforme con eso, que se busque otras actrices. Que las hay por ahí maravillosas con cuerpos de escándalo y rostros angelicales. De verdad.

jueves, noviembre 12, 2009

'Moon', gran ciencia ficción para debatir

A veces se exagera la calidad de una película basándose en el poco dinero que se ha gastado, en contraposición a la frecuentemente escasa calidad de las superproducciones de Hollywood. Y, para mí, más pequeño no tiene por qué significar mejor. Eso sí, es obligado reconocer que el dinero muchas veces ofrece una espectacularidad que oculta la simpleza de los argumentos. Y que, otras veces, los pocos medios de que dispone un equipo para rodar una película no limitan en absoluta la categoría que esconde. Eso último es lo que sucede con Moon, un filme pequeño, de escaso presupuesto, de un director debutante, casi de un único personaje (¿o tendría que decir dos?), con escasos medios y con un rodaje brevísimo. Pequeño, sí, pero encierra mucho en su hora y media de duración. Sobre todo mucho debate cuando uno termina de ver la película.
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Moon es un tour de force psicológico, una historia humana a la que sólo soy capaz de encontrarle una pega: casi me parece más apasionante la película que sugiere el final que la historia que el director Duncan Jones ha plasmado en la pantalla. Y no revelo más, porque en lo que uno va descubriendo en cada escena, con cada pequeño detalle (las videollamadas de la esposa del protagonista son sensacionales) y con cada gran revelación, reside la esencia de este filme sorprendente, original y sincero. Especial atención, eso sí, a la llamada que Sam hace a la Tierra desde el vehículo de exploración lunar. Una escena tan sincera como preciosa, que además demuestra que el talento no necesita de efectos especiales carísimos para impresionar visualmente.
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La influencia de títulos míticos de la ciencia ficción es evidente, especialmente de 2001. Una odisea en el espacio (en la relación entre el hombre y la maquina, en el diseño de producción), pero cuando uno espera que GERTY, el sustituto aquí de HAL 9000 sea el auténtico protagonista de la historia (en el original, la voz es de Kevin Spacey; una pena haberla visto doblada), resulta que la cosa cambia y se centra en el humano, Sam Rockwell (uno de los periodistas de El desafío. Frost contra Nixon). Rockwell protagoniza un auténtico desafío del que sale más que airoso. Es una película en la que salen ocho actores y uno de ellos sólo con su voz. Aparece en todas las escenas de la cinta, y consigue que el ritmo y el interés no sólo se mantengan sino que crezcan hasta hasta el final. Y, por si acaso, me apunto el nombre de Dominique McElligott, que da vida y algo especial a la esposa del protagonista.
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Siendo 2001 la esencial, se le pueden buscar muchas influencias a la película, y temáticamente la más cercana puede ser Solaris (aunque allí la obsesión del astronauta era por la esposa fallecida y aquí es mucho más profunda y rica temáticamente), pero si por algo destaca Moon es por tener una personalidad propia. A pesar de las inevitables influencias, no es un remedo de títulos anteriores. Es una historia fresca, autónoma, interesante y llena de matices. Es lo que tiene que ser la ciencia ficción, una aventura (aquí más de la mente que del cuerpo, a pesar de desarrollarse en el futuro y en la luna) que esté abierta a interpretaciones, a matices, a debates. Y aquí hay mucho para debatir, aunque no se puede hacer sin haberla visto, porque hablar de ello supone robar demasiado de esta película a quien todavía no ha tenido la suerte de disfrutarla.
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La ciencia ficción vive un gran momento. Por el lado de las superproducciones porque el dinero bien invertido en efectos especiales nos permite ver mundos y seres con los que antes sólo podíamos soñar (¿será el Avatar de James Cameron algo más que eso...?). Por el lado de las películas de bajo presupuesto porque las ideas, por mucho que se diga, no se agotan (y hace nada tuvimos el ejemplo de District 9). Yo, como apasionado del género, sólo puedo lamentar que esa carcasa de ficción pueda alejar a algunos espectadores. Y es que Moon merece muchísimo la pena como pieza de género, pero también y sobre todo como película, rodada con precisión y pausa. Y con talento. Con mucho talento.

miércoles, noviembre 04, 2009

Tarantino y yo no nos entendemos

Nos conocemos desde hace 17 años y no, Quentin Tarantino y yo no nos entendemos. Ni creo que lo vayamos a hacer. Según nos presentaron, parecía que podíamos tener algo en común. O eso creí tras ver Reservoir dogs, una película que me llamó la atención positivamente. Pero cuando le conocí de verdad, con Pulp fiction, me di cuenta de que estaba ante una amistad imposible. Éramos incompatibles. Entonces me dijeron que viera Jackie Brown, que me iba a gustar, que era la mejor película de Tarantino y la menos Tarantino de todas. Y tampoco, la verdad. Las dos entregas de Kill Bill fueron una penitencia pagada no sé muy bien por qué culpa, pero las vi. Y me confirmaron que no hay entendimiento posible. Llegamos al día de hoy, cuando caí de nuevo en la trampa. Intentaron reconciliarme con él, ya sabéis, una amiga común que quiere que sus dos amigos se lleven bien. Pero sus Malditos bastardos me han dejado, como poco, indeferente.

Sé que no represento al cinéfilo medio cuando proclamo mi disgusto ante cada película de Quentin Tarantino. Sé que tiene fans enfervorizados que ven una obra maestra casi en cada película que hace este director. Sé que hay quien piensa que Malditos bastardos es su mejor filme (la valoración en IMDB le coloca en el segundo puesto, tras Pulp fiction). Pero yo veo otra cosa. Yo no aprecio la genialidad de unos diálogos que para los suyos son sublimes y para mí charla intrascendente. Yo no veo veo ritmo cinematográfico en unas secuencias que me parecen lentas y lastradas precisamente por tertulias inacabables. Yo no veo actuaciones geniales en personajes idénticos que van pasando de unas películas a otras de su director, cambiando de uniforme y de actor que les da vida. Y, sin sentir un especial rechazo a la violencia en el cine (más bien lo contrario, me gusta cuando la historia lo requiere), no entiendo la forma en que la presenta Tarantino.

Todavía no sé cuál es la historia, de qué va Malditos bastardos. De hecho, la película me pierde ya en su primera escena, un interminable diálogo de casi veinte minutos... que nada tiene que ver con la trama principal. No es más que la presentación del auténtico protagonista de la cinta (no, no es Brad Pitt, aunque la promoción de la película se haya olvidado de todo lo demás con tal de sacar al marido de Angelina Jolie, ni tampoco uno de los bastardos del título), el coronel nazi Hans Landa, interpretado por Christoph Waltz. Veinte minutos en los que no he dejado de preguntarme qué aporta en realidad esa escena. ¿Que los nazis eran muy malos? ¿Que los franceses colaboraban por miedo? ¿Que los judíos tenían que esconderse? ¿Que nuestro protagonista tiene un sentido del humor muy especial? Hace ya algún tiempo leí a un director, cuyo nombre no recuerdo, lamentarse de que el principal problema que tenía el cine actual era la falta de síntesis de la que hacía gala el cine clásico. Tarantino es un buen ejemplo de ello. Para dar una mínima información, rueda secuencias larguísimas.

Las películas de Tarantino se confunden en mi memoria. Si no fuera por la ambientación en la Francia ocupada de la Segunda Guerra Mundial, bien podría pensar que cualquiera de las secuencias que acabo de ver estaban sacadas de Reservoir dogs, de Pulp Fiction o de Kill Bill. No veo originalidad, ni en la forma de rodar, ni en el trazo de los personajes (qué fácil me ha parecido la caricatura de Hitler y Goebbles), ni el tratamiento musical (tenía la sensación de estar escuchando la música de Kill Bill). Nada. Si tanta gente está de acuerdo en que Tarantino es un innovador, tendré que pensar que algo tiene, pero en las conversaciones en las que este director está presente me agarro a la máxima con la que encaro el cine: es una experiencia personal en la que todos podemos tener una opinión, una sensación y un sentimiento distintos.

Mi experiencia con Tarantino, y me perdonarán sus seguidores, es distinta a la de la mayoría. Tiene que serlo, porque Malditos bastardos, como casi todo lo anterior que he visto del director (todo menos Death proof y su segmento de Four rooms), me genera más indiferencia que otra cosa.

sábado, octubre 31, 2009

Esto es Halloween

Todo lo que encierra Halloween está en una película: Pesadilla antes de Navidad. Todavía recuerdo mi asombro al ver por primera vez cómo Jack, rey de la ciudad de Halloween, descubría lo que era la Navidad, intentaba perfeccionarla y sólo al final se daba cuenta de que lo suyo era Halloween. Todavía recuerdo como el primer día la fascinación que me provocó ver esa animación de muñecos, que cobraban vida delante de mis ojos y colmaban todos los sueños que puede tener una mente imaginativa delante de una pantalla de cine, sin importar la edad que se tenga. Éste fue el primer largometraje que se hizo íntegramente con la técnica de animación stop-motion y, aunque es un musical, fue una ruptura completa con el tono del cine de dibujos animados dominante en la época (en pleno resurgir de Disney con La sirenita o La bella y la bestia).

Pesadilla antes de Navidad de Tim Burton, rezaban los carteles. Y, sí, el gran fabulista Tim Burton estaba detrás del invento, de los diseños y de la historia. Pero no dirigió la película (se metería en este mundo de marionetas él mismo años después, con La novia cadáver), eso lo dejó en manos de Henry Selick, autor de la también deliciosa Los mundos de Coraline (basada en una novela de Neil Gaiman, el asombroso creador de Sandman o Stardust). Si a ese cóctel le añades la banda sonora, canciones y voz (en el original, la de Jack) de Danny Elfman, el compositor fetiche de Tim Burton y un genio musical que trajo un torrente de original a la música cinematográfica sobre todo de los 90, Pesadilla antes de Navidad se convierte en una experiencia inolvidable y, sobre todo, muy recomendable.

La película es sobre la Navidad, sí, pero también es una fábula sobre Halloween. Al fin y al cabo, el filme comienza así, explicándonos lo que es Halloween.



Pero tengo que reconocer que prefiero la versión original. La introducción, a cargo de Patrick Stewart, tenía que haberla hecho el gran Vincent Price, pero murió antes de poder ser el narrador de la película.



Lo celebréis o no, feliz Halloween a todos.

lunes, octubre 26, 2009

El nuevo 'Equipo A'

Juntemos los conceptos "serie de éxito" y "años 80" y tendremos uno de los argumentos preferidos de los estadios de Hollywood. Quienes crecimos en esa década, tenemos muchas series que ahora recordamos con nostalgia (la mayoría ya han sido objeto de remake, sea en cine o en televisión) y, obviamente, somos casi seguros compradores del producto que nos ofrezca hoy el cine para satisfacer ese recuerdo. Que llegara una película sobre El Equipo A, no era más que cuestión de tiempo. Y Hollywood ya está en ello, ya está rodando una adaptación cinematográfica de la serie en la que más disparos se realizaban y, proporcionalmente, menos muertos había (¿llegó a morir alguien en la serie...?).

La foto que encabeza esta entrada es la primera imagen oficial de El Equipo A que llegará a los cines en junio de 2010 (en Estados Unidos, claro; en España ya veremos si no nos ocurre lo de otros estrenos de cada verano, que se retrasan dos o tres meses). Y si bien el nombre del director, Joe Carnahan, no me supone una garantía de nada (sólo un par de películas como director, ninguna demasiado conocida), lo cierto es que el reparto y la nostalgia me atraen lo suficiente como para decir que sí, que yo será uno de esos treintañeros nostálgicos que pagarán una entrada por ver la película.

Liam Neeson puede ser el perfecto Hannibal Smith (sólo espero que le incluyan en el guión esa frase de "me encanta que los planes salgan bien), aunque sustituir a George Peppard tiene lo suyo. Sharlto Copley, el protagonista de Distric 9 del que se decía que no tenía interés en seguir actuando, parece que ha cambiado de opinión. De momento, pega como el loco Murdock. Bradley Cooper, uno de los protagonistas de Resacón en Las Vegas, lo tiene más que complicado para mejorar el Templeton Peck de Dirk Benedict. Y Quinton Rampage Jackson sabe que sólo tiene que imitar a Mr. T para hacer un perfecto M.A. (lo que tardé en descubrir lo que significaban esas siglas: Mala Actitud).

De la protagonista femenina (inevitable, por mucho que se trate de una historia sobre cuatro ex jmilitares perseguidos por la Ley por crimen que no cometieron) también hay foto, aunque no oficial. Jessica Biel es una actriz que casi todo el mundo conoce, pero de la que apenas se recuerdan películas memorables. No se sabe nada de su papel, pero parece por lo que ha trascendido que no será el de Amy, el que la actriz Melinda Culea interpretó en la serie de televisión. Habrá que esperar para confirmarlo.

Como en casi todas las adaptaciones, lo mínimo que se pide es que se respete aquello que todavía hoy nos hace recordar el original. Yo me conformaré con que Hannibal pronuncie su frase, con ver alguna bronca entre M.A. y Murdock y con que suene en algún momento la sintonía de la serie. Porque la inolvidable e inimitable furgoneta, por lo visto, sí la están utilizando...

sábado, octubre 17, 2009

'District 9', imprescindible metáfora social

La ciencia ficción es un género que provoca reacciones encontradas. Hay mucha gente que lo rechaza. Entiende que los marcianitos o las naves espaciales no van con ellos. Por otro lado, están los que adoran el género, y desatan fenómenos frikis, a veces desmesurados, que han encontrado en Internet el mejor terreno para propagarse. Puede que District 9 sea un producto perfecto para explicar la existencia de estos dos grupos. Que ha generado pasiones entre los aficionados al género es algo que está fuera de toda duda, no hay más que darse una vuelta por el ciberespacio (en IMDB ha recibido una puntuación de 8,4). Y habrá quien no sienta interés en verla porque nos habla de una peculiar invasión extraterrestre. A estos últimos hay que animarles a que la vean y salgan de su error de base. Sí, salen seres alienígenas. Y les podrá gustar o no, pero no por eso. Porque la película no va sobre eso. District 9 es una magnífica reflexión sobre la intolerancia, la inmigración y la naturaleza humana.

Se tiende a minusvalorar el poder de la ciencia ficción para hablar de la realidad, pero la Historia está llena de ejemplos de sentido contrario. Es imposible no acordarse de Ultimátum a la Tierra cuando uno piensa en las mejores películas sobre la guerra fría. O pensar en La invasión de los ladrones de cuerpos si se trata de la caza de brujas del mccarthismo. O rememorar La guerra de las galaxias para entender la respuesta optimista de Hollywood a la depresión en que quedó sumida la sociedad americana tras la guerra de Vietnam. Ahora, District 9 se suma a esta ilustre lista por ser una de las películas de los últimos tiempos que mejor nos habla sobre la intolerancia, sin necesidad de tomar como punto de partida una situación real (con lo que, además, se eliminan los prejuicios que se puedan tener sobre ese hecho).

Llega una nave extraterrestre a la Tierra, y se coloca sobre Sudáfrica, sobre Johannesburgo. En la nave no hay invasores, sino refugiados, millones de seres de los que sabemos poca cosa y que han llegado a nuestro planeta en lo que en el mar habríamos tachado de patera, sólo que mucho más grande. Las autoridades crean un gueto para alojar a estas criaturas mientras se piensa qué hacer con ellas. Ha nacido el distrito 9, una zona de miseria, crimen y corrupción en la que malviven los extraterrestres. Sólo por elegir África como escenario, esta película ya tiene un inmenso valor. Porque rompe con esa tan extendida costumbre en el cine de que las invasiones sólo se produzcan en Washington o Nueva York. Y, aunque sea indirectamente, quizá consiga que alguna mirada se detenga en el país sudafricano y en lo que sucedió allí durante algunas décadas.

Y es que ahí está el origen de la película, en el Apartheid. Su director, Neill Blomkamp, nació y creció en Johannesburgo y trasladó sus vivencias a este escenario de ciencia ficción. Que nadie se rompa la cabeza pensando quién demonios es Blomkamp, pues éste es su primer largometraje. Pero no su primer trabajo. De hecho, District 9 está basada en un cortometraje, Alive in Joburg, que él mismo dirigió en 2005. Este llamó la atención de Peter Jackson, el responsable de la saga de El Señor de los Anillos, y le escogió para que dirigiera la adaptación al cine del videojuego Halo. Como ésta película no vio finalmente la luz, Jackson le ofreció a Blomkamp treinta millones de dólares para hacer la película que quisiera. Y fue ésta. Igual que no sonorá el nombre del director, tampoco lo hará el de su protagonista, Sharlto Coopley, ya que es su primer papel y al parecer no tiene ningún interés en seguir trabajando como actor.

La película captura desde el principio, rodado como un falso documental. Poco a poco, la ficción evidente se va introduciendo en la trama, con planos que ese documental no podría de ningún modo conseguir, y va evolucionando hacia la historia que se quiere contar, aunque sin renunciar a magníficos insertos de la televisión o de cámaras de vigilancia. Poco a poco, con una naturalidad ejemplar, con un estilo formidable y con una manera de rodar magnífica, quizá impropia de un debutante. Quizá lo más convencional de District 9 esté en su climax final, donde se producen las concesiones más evidentes y abundantes a la ciencia ficción menos reflexiva y más de acción, pero estas concesiones son también necesarias para satisfacer al aficionado a los buenos efectos especiales (elemento que, en cualquier caso, es indispensable en el género). Se llegaron a rodar seis finales, que sin duda veremos en el DVD.

District 9 funciona a todos los niveles. No importa que no tenga grandes nombres o un presupuesto desorbitado. Ni el desconocimiento de los actores ni el nivel de los efectos especiales (muy buenos en los primeros planos, flojean algo más en los planos abiertos) suponen lastre alguno al filme. La ciencia ficción sí que está en plena forma, y esta película es una muestra evidente porque prima la imaginación, el talento y la metáfora social. Chapeau.

lunes, octubre 12, 2009

'Ágora': hermoso envoltorio, lagunas narrativas

La trayectoria de Alejandro Amenábar cubre con buena nota una nueva estación más. Ágora es una película notable, a partir de la cual se podrán mantener muchos debates sobre la capacidad real de este cineasta español, una rara avis en una industria como la nuestra, que tiene los pies en ella pero la mente lejos, realmente lejos. Su formación, a nivel de aficionado, procede de Hollywood. Admira a Hitchcock, a Kubrick, a Spielberg (la herencia de éste último es especialmente notable en esta su última película). Y por eso domina el cine de género. Eso lo supimos desde su debut, en Tesis. Ahora también sabemos también que domina el cine espectáculo con un talento innato y preciso, con un dominio absoluto de lo que sucede delante de la cámara y fuera de su enfoque, tanto de la imagen como del sonido, que desemboca en un envoltorio hermoso.

Lo que hace de Ágora una película especial es que se trata de una rareza en nuestro cine que, además, abre caminos nuevos. Muchos siguieron las diferentes sendas abiertas por Tesis, Abre los ojos y Los otros. Mar adentro fue para Amenábar la posibilidad de demostrar que no sólo sabía moverse en el cine de golpes de efecto. Pero también llegamos así a la debilidad de Amenábar: la historia. En Ágora, como le sucedió también en sus anteriores películas (aunque las sorpresas escondieran en parte esas lagunas), no termina de aclarar qué nos está contando. No sabemos si es la historia de una filósofa aficionada a la astronomía que vive en una época de fanatismos religiosos o la historia de los fanatismos religiosos alrededor de una filósofa aficionado a la astronomía. No sabemos si es una historia más grande que la vida o una historia de amor intimista.

En esa indefinición temática en la que se mueve Ágora, a Amenábar se le escapan bastantes cosas, sobre todo el ritmo de la película. El relato, dividido en dos partes, sufre muchos altibajos, y sólo cabe preguntarse cómo le ha afectado el recorte final de quince minutos tras el pase de la película en el Festival de Cannes. Quizás le haya beneficiado, y eso dice poco del guión (obra del propio Amenábar y de su inseparable Mateo Gil) y de las pretensiones del director. Amenábar es un espléndido espectador, sabe lo que quiere ver y con la cámara lo captura con maestría, pero le cuesta articularlo como guionista. Como le pasa también en su faceta de músico. Para esta película ha aprendido que otro punto de vista puede enriquecer el producto final. Por primera vez no es él quien compone la música y deja esa labor en manos de Dario Marianelli, cada vez más interesante, quien compone una potente y muy adecuada banda sonora que ayuda a la película. Puede que el mejor paso ahora para Amenábar sea dirigir una película escrita por otro.

Porque dirigir, lo que se circunscribe a la tarea de dirigir, Amenábar lo hace de fábula. En Ágora da un paso de gigante con respecto a sus anteriores películas, y lo evidencia en los planos más cargados de simbolismo (todo está en las formas elípticas), en los experimentos formales que se permite (un plano del revés) y, sobre todo, en los espléndidos dos climax de la película (bien podría decirse que es lo mejor que ha rodado hasta hoy), el asalto a la biblioteca de Alejandría (es sencillamente magistral la forma que tiene de sugerir el avance de los cristianos mostrando únicamente cómo van cediendo los cerrojos de la puerta) y la resolución final de la historia. La segunda parte, de hecho, gana en intensidad porque las piezas que en la primera mitad quedaban deslabazadas empiezan a cobrar sentido. Incluso algunos actores, como es el caso de Max Minghella (hijo del fallecido director Anthony Minguella), crecen en este segundo y último acto.

Rachel Weisz es una actriz de importante prestigio, pero que a mí no termina de convencerme. No consigue dar a Hipatia el carácter que emana de la figura histórica, aunque uno no puede dejar de preguntarse si es por ella o por el entorno que le rodea, principalmente esos altibajos en el guión. A veces Amenábar parece prestar más atención a sus secundarios, y con ellos sí transmite lo que busca. Borda su papel de Amonio, un cristiano vehemente, el actor israelí Ashraf Barhom (al que se pudo ver en La sombra del reino), y con él sí se van entendiendo a la perfección los cambios de punto de vista que pretende ofrecer la película. Al final, Alejandría se convierte en el mejor personaje de la película. Amenábar consigue meterse y meternos en la ciudad antigua y sentir que estamos allí, en la Historia, aunque en esta historia no logre meternos tanto.

Ágora es una película notable, producto de un realizador capaz de plasmar en la pantalla la realidad que quiera con clase y categoría, pero también evidencia algunas conocidas lagunas narrativas que lastran su cine (lo que le crea a Amenábar ciertos detractores entre la crítica). Pero es, insisto, un intento noble y notable que deja un regusto dulce, crítico pero dulce, al salir del cine. Por lo que muestra, por cómo lo muestra, por las vías que abre en la industria cinematográfica al mostrarlo y porque es la obra de un director que no tiene miedo a saltar al vacío, con o sin red. A veces le sale mejor, a veces le sale peor. Pero Amenábar crece en cada película, ofrece algo nuevo de sí mismo y de su capacidad para rodar. Y eso, hoy en día, vale su peso en oro.

jueves, octubre 01, 2009

Enemigos públicos, héroes eternos

Cuando uno escribe historias de superhéroes, es difícil resistir a unir a Superman y Batman. Se hizo en la serie de animación del Hombre de Acero de los años 90 (la primera historia se llegó a comercializar en DVD con el título de Superman / Batman La Película; fantástica, por cierto) y la del Caballero Oscuro de la presente década. El cine todavía espera ver a los dos héroes juntos (lo intentó hace años Wolfgang Petersen). En el cómic, ambos personajes han caminado juntos casi desde su existencia, a finales de los años 30 del siglo pasado, en la serie World's Finest Comics primero, en las colecciones regulares de ambos personajes, en números especiales y, más recientemente, en la serie Superman & Batman. El primer arco argumental de este cómic mensual es el que ha servido de referencia a Warner Animation para su última película basada en héroes de DC Comics: Superman / Batman: Public enemies. Una película cuya principal razón de ser es agrandar la ya de por sí inagotable leyenda de dos héroes eternos.

Dada su breve duración (66 minutos), es fácil entender la gran simplificación a la que se ve sometida la historia original, que abarcó seis números de 24 páginas. El cómic no era precisamente una obra de arte irrepetible ni un sesudo análisis de los personajes, sino un simpático entretenimiento que tenía su principal atractivo en la ingente cantidad de héroes y villanos que desfilaban por sus páginas. Como gancho, el guionista Jeph Loeb (muy recomendable la lectura de sus dos grandes trabajos para Batman, El largo Halloween y Dark Victory) ofrecía también alguna que otra pincelada sobre los orígenes y el futuro de Batman y Superman. La película prescinde de todas esas subtramas y se centra, además de en las numerosas escenas de acción (motor principal de la película, que nadie espera una historia existencial), en la relación de amistad entre ambos superhéroes. Bromas, chistes privados y mucha confianza. Interesante de ver, sin duda, por atípico.

Atípico es también el comienzo de la película, ya que plantea un mundo en crisis, más o menos como la que se está viviendo en la actualidad, pero en un escenario aún más desesperado, con revueltas sociales incluídas. Una pena que sólo sea el prólogo de la película, el gancho con el que justificar que Lex Luthor, el mayor enemigo de Superman, haya llegado a convertirse en presidente de Estados Unidos (para así, y tras varios acontecimientos, declarar a Superman enemigo público y ofrecer una recompensa por su cabeza), y no el motor argumental de la cinta. Bien distinta (y tremendamente atractiva y novedosa) podría haber sido la película de haber seguido esos derroteros, pero la acción manda y es la pieza esencial de esta cinta. De hecho, hay una traslación casi literal del cómic a la pantalla de casi todas las luchas (y sus diálogos). Con la misma y sencilla ambición, no demasiado elevada, de ver en acción a cuantos más personajes del universo DC como sea posible.

Paradójicamente, lo mejor de la película no está en las escenas de acción (sencillas, bien resueltas, pero no muy originales para quien conozca las aventuras de Superman y Batman; prima más el deseo de satisfacer al fan, de hacer una lectura casi directa del cómic, que el de hacer algo diferente), sino en las pequeñas conversaciones entre los dos héroes. Las alusiones de Superman a Lois Lane y su vida conyugal; los detalles que evidencian que, pese a aser como la noche y el día, Superman y Batman se conocen como lo que son, dos viejos y grandes amigos. Es decir, la perspectiva más novedosa, sobre todo para quienes estén acostumbrados a ver a los paladines de Metropolis y Gotham sólo en el cine y por separado. Visualmente, Public enemies es tan atractiva como cabría esperar, con el destacable detalle de respetar los diseños de los personajes que el dibujante Ed McGuinness hizo para la versión original en las viñetas.

No es una película imprescindible en la mitología de ambos héroes, pero sí un buen entretenimiento, como casi todas las recientes películas animadas que está produciendo sobre héroes DC (Justice League: The new frontier, Green Lantern: First Flight, La muerte de Superman y Wonder Woman -estas dos últimas ya editadas en DVD en España-). La película se acaba de estrenar en DVD en Estados Unidos, ya veremos cuándo llega a nuestro país... si es que llega. En todo caso, siempre es un placer escuchar en la versión original la voz de Kevin Conroy, el mejor Batman animado posible.

martes, septiembre 22, 2009

Llorar y reír

Durante años he pensado que nadie llora o ríe mejor en pantalla que Michelle Pfeiffer. Con la risa y con las lágrimas, es una actriz que siempre me ha conmovido. Aunque rechazara películas magníficas. Aunque hiciera otras que no estaban a la altura del inmenso talento que tiene como actriz. ¡Cómo la eché de menos en esos cuatro años que estuvo lejos del cine y cómo celebré su retorno cuando se estrenó Stardust! Para mí, Michelle siempre fue y siempre será única desde que descubrí a Isabeau en Lady Halcón. Por su risa. Por sus lágrimas. Pero lo que todavía no sabía es que también tenía la capacidad de hacer las dos cosas a la vez de una forma tan tierna, natural y sensible. Lo he descubierto en Yo soy Sam, donde Michelle da vida a una abogada que casi por casualidad acaba llevando el caso de un deficiente mental al que quieren retirar la custodia de su hija pequeña. No, en realidad, da vida a una abogada cuya vida personal es un fracaso que no se puede permitir porque ella no ha perdido nunca. Por eso llora. Y por eso acaba encontrando motivos para reír.

Se llevan 36 años, pero comparten esa especial y rara cualidad de iluminar la pantalla con su risa o sus lágrimas. Pocas personas saben hacerlo y en Yo soy Sam confluyen dos. Dakota Fanning es una niña prodigio. El término es horrible, sí, pero describe a la perfección a una niña que con siete años ya era capaz de aguantarle secuencias a Sean Penn. La vi por primera vez en la menospreciada La guerra de los mundos de Spielberg. Me encantó esa pequeña niña rubia de grandes ojos azules. Después me dejó sencillamente alucinado en la notable miniserie Abducidos, producida por el propio Spielberg. Y ahora la veo, aún más pequeña, en Yo soy Sam. Y se ríe como nadie. Llora como nadie. Y me hace llorar cuando le dice a su padre que no tiene por qué sentir que sea diferente a otros padres porque "ningún otro padre juega con su hija en el parque". O cuando le dice que no quiere aprender a leer palabras que su padre no sepa leer también. Dakota Fanning tiene ya quince años y ya ha rodado la segunda entrega de la saga Crepúsculo. Ningún niño me había entusiasmado tanto desde Haley Joel Osment. Ninguna niña desde Natalie Portman. Ojalá no me echen a perder a Dakota.
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Os preguntaréis cómo es posible que me centre en estas dos actrices para hablar de Yo soy Sam, una película en la que el inmenso Sean Penn se sale una vez más dando vida a un deficiente mental, en un filme pensado para el lucimiento del actor protagonista. La respuesta es sencilla. Estas dos mujeres, estas dos actrices, estas dos sonrisas, tiene algo diferente. Algo único. Algo que conmueve. Y Sean Penn también, claro, pero llega un momento en la película en el que te das cuenta de que estás llorando y estás riendo con el personaje de Sean Penn, pero gracias también a todo lo que hacen y dicen su abogada y su hija. Yo soy Sam es una película con aspecto de telefilme pero que crece gracias a sus actores (también Laura Dern y Dianne Wiest), que tiene un final insulso y sin fuerza, escamoteando demasiadas cosas que merecía la pena mostrar, pero un desarrollo tan divertido como emocionante, además de un sentido homenaje a la vida a través de los Beatles (por cuestiones de derechos, no pudieron incluir canciones de los de Liverpool). Sin duda a causa del trabajo de sus actores, conmueve. Y eso ya vale mucho.

lunes, septiembre 14, 2009

Los cameos de Stan Lee

En la introducción de un volumen de Spiderman publicado no hace mucho, Stan Lee se definía a sí mismo como "el tipo que ha hecho cameos en casi tantas películas como Hitchcock". ¿Cómo? ¿Te estás preguntando quién es Stan Lee? Eso es que no eres muy aficionado a los cómics de superhéroes. Pues Stan Lee es el tipo que revolucionó el género en los años 60 creando la mayoría de personajes principales de lo que hoy conocemos como el Universo Marvel: Spiderman, Daredevil, la Patrulla-X, Hulk, los 4 Fantásticos... Un tipo que a lo largo de los años se ha ganado el cariño de todo el mundo, incluso aunque su fama eclipsara el mérito de colaboradores suyos como el gran Jack Kirby. El de Stan Lee fue uno de los nombres de los que me vino a la cabeza cuando hace unos años se le dio el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia a J. K. Rowling, por haber creado una mitología aún más duradera y universal que la de la madre de Harry Potter.

Volviendo a la frase inicial, desde hace unos cuantos años Stan Lee ha convertido el cameo (suerte de broma privada que, por desgracia, parece estar recluída en el cine fantástico) en un arte y, sí, puede que el referente más claro sea el propio Hitchcock. El creador del Universo Marvel ha aparecido en casi todas las adaptaciones cinemagráficas de los personajes a los que dio vida (la página de Stan Lee en Wikipedia ofrece un listado muy completo). Sus apariciones se han convertido ya en un momento muy especiales de películas que ya de por sí son especiales para los aficionados al noveno arte. Y es un precioso reconocimiento en vida de un hombre que ha creado leyenda, al que gracias a sus creaciones se recordará para siempre y que ha ofrecido innumerables momentos de diversión y entretenimiento a incontables personas en todo el mundo. Aunque todos ellos me han arrancado una sonrisa (reconozco que el de la primera X-Men es el único que no vi en la película y tuve que buscarlo después), sin duda mi favorito es el cameo en Los 4 Fantásticos y Silver Surfer, donde hace de sí mismo, recreando una escena que él mismo escribió hace más de cuatro décadas.

Una entrada como ésta sólo puede acabar con el grito de guerra del propio Stan Lee. ¡Excelsior!